De hélice y estacha

Acaba de comer y durante el café procuro hablar con él de algún tema que le interese. En este caso llevamos un rato charlando despreocupadamente de sus viejos recuerdos de mili que almacena como un tesoro. La memoria reciente le viene fallando habitualmente y de manera evidente desde hace unos meses pero, aún con sus lagunas, los viejos recuerdos los conserva prácticamente intactos. Aunque eso sí, olvida haberme contado las mismas historias una y otra vez y las repite como si fuese la primera vez que las narra.
—¿Un chupito de aguardiente de hierbas, papá?— Le pregunto para alargar un poco la sobremesa.
—Bueno, si no se va a enterar nadie, pónmelo.— Responde bromeando antes de continuar con sus historias del servicio militar.
Ya me ha contado varias anécdotas de su época en la marina, sobre todo le gusta hablar de cuando estuvo embarcado en el Xauen, un viejo guardacostas de la Armada Española que había participado en el desembarco de Alhucemas y que, durante la época en que mi padre sirvió, había sido reconvertido en buque oceanográfico dedicado a cartografiar los fondos marinos de las costas españolas. En él estuvo de cabo sanitario durante varios años, y solo conserva buenos recuerdos de su paso por la Armada en general, pero sobretodo, de aquél buque oceanográfico en particular.
Me cuenta que eran pocos en el barco, alrededor de unos treinta hombres, contando marineros y oficiales. Y que el ambiente que se respiraba era como el de una familia. Claro que él se alistó como voluntario con solo diecisiete años, y como me ha confesado en más de una ocasión, lo hizo huyendo del arado. Y es que, a pesar de que su padre era labriego, siempre ha manifestado que el campo no le gustaba en absoluto. Quizá porque de niño debía levantarse una hora antes, o algo más, cada mañana para ir a echar una mano en las labores agrícolas antes de ir al colegio, lo que supongo que no era plato de gusto para un chaval. También tenía la tarea, que alternaba con su hermano, de llevar las vacas a pastar al campo, cosa que siempre procuraba encalomársela a él, al que parecía no importarle o incluso disfrutaba con ello. En fin, que las faenas agrícolas y ganaderas no estaban hechas para mi padre, y en cuanto se le presentó la ocasión, puso tierra de por medio, dejando atrás la vida rural en su Monforte de Lemos natal y con solo diecisiete años.
Su lista de anécdotas de mili, donde permaneció ocho años, es larga. Aunque ya me las conozco todas o casi todas.
En esta ocasión me cuenta que, estando atracados en el puerto de Vigo, una estacha se enredó en la hélice del barco, por lo que no se atrevían a arrancar los motores para zarpar por miedo a causar un daño mayor.
—Y allí estaba el primer oficial con el capitán, hablando de lo que debían o no hacer, pero no acababan de encontrar un solución.— Me lo dice como si se esforzase en hacer memoria, y dejando entrever cierto orgullo por su hazaña. Hace apenas diez minutos que me acaba de contar la misma historia por segunda vez, pero yo finjo oírla como primicia.
Sorbe con fuerza por la nariz antes de continuar, tratando de arrojar interés sobre el relato.
Así que me fui directo para el capitán, que estaba hablando con el primer oficial, y le dije que si me autorizaba, yo podía cortar la estacha.— El capitán me miró con cara de no creerse lo que le decía.
—Pero hombre Juan, la hélice está a más de tres metros de profundidad.
—Si me deja puedo intentarlo— dice que le respondió —Al fin y al cabo ¿qué tenemos que perder?
—Eso también es verdad.— Dice que afirmó el capitán sin estar muy convencido.
Entonces cuenta que alguien le dio un cuchillo afilado, y que después de quitarse la ropa, se lanzó al agua con el cuchillo en la mano y vistiendo solo un pantalón corto.
—El agua estaba fría de carallo.—Me reconoce sonriendo mientras evoca aquellos momentos con nostalgia manifiesta.
Yo me lo imagino como si fuese Tarzán. El caso es que se sumergió, y aunque reconoce que no logró cortar toda la cuerda, sí la debilitó lo suficiente para que al arrancar los motores, la rotación de la hélice acabara por deshacerla.
De todo esto, lo que mejor recuerda (supongo que porque lo sufrió en sus carnes) es lo fría que estaba el agua. Se trataba del puerto de Vigo, y la temperatura allí dista mucho de parecerse a la del Mediterráneo. Además era invierno, lo que no mejoraba las condiciones en absoluto.
Hoy, al verlo reducido a menos de la mitad de lo que fue y debilitado por el paso de los años, me preguntó cómo se percibirá a sí mismo. Qué sentirá cuando comprende que necesita ayuda para caminar por casa, para vestirse o incluso para asearse, teniendo en cuenta lo orgulloso que ha sido durante toda su vida. Yo estoy convencido de que lo lleva mal. Es cierto que tuvo su momento de insumisión contra la vejez, pero ésta, tozuda e imparable, se empeñó en mostrarle cada día su incapacidad y hundirlo un poco más en su impotencia. De manera que su rebeldía se ha ido doblegando paulatinamente ante la cruda realidad. Ahora vive preso de querer sin poder. Y el caso es que no padece de dolores ni enfermedad alguna, salvo un incipiente Alzheimer que poco a poco va a ir horadando sus más queridos recuerdos, despojándolos de detalles del mismo modo que se despoja a una margarita de sus pétalos. Y además, la debilidad que le regalan los noventa años cumplidos, lo han obligado a replantearse muchas cosas que quizá en algún momento llegó a creer inmutables y eternas.
—Bueno papá, mírate ahora, aquí estás más de setenta años después para poder contarnos estas aventuras.— Entonces proyecta en mí sus ojos cansados por encima del vaso de licor de hierbas, con una mirada que no sé interpretar, pero en la que percibo que sus párpados soportan un insufrible peso al que se esfuerzan por contener.
—Pero ya ves, hijo. Aquí estou agora, feito unha verdadeira merda
—Tampoco exageres, coño. Que hay quien está mucho peor que tú siendo más joven.
—Xa o sei, xa o sei, pero tamén os hai que están mellor. ¿o no?
. —Se echa el trago al coleto y vuelve a dirigirse a mi.
—Mira, estando en el Xauen atracado en Vigo, en pleno invierno, tuve que tirarme a cortar una estacha que se había enredado en la hélice. No sabían qué hacer, así que me fui para el capitán y…

4 respuestas

  1. Avatar de Ramon del Cid
    Ramon del Cid

    Me gusta el relato , refleja el inexorable paso del tiempo.

  2. Que bonito cuentas siempre todas las historias pero las de tu padre son especialmente dulces y tiernas, a pesar de lo duro que tiene que ser ver como se va difuminando su mente y sus recuerdos
    Gracias por compartir

  3. Ternura por tu parte y crudeza de la vejez

  4. Avatar de AaJulio Sevillano
    AaJulio Sevillano

    Entrañable relato, q conecta cn nuestros mayores antes q el olvido nos alcance.

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