El silencio en la terraza se rompe ocasionalmente por el característico crepitar de las páginas del periódico cuando, sin prisas, mi padre las pasa y las dobla adecuadamente para poder seguir leyendo. Yo en cambio busco en el móvil alguna noticia que me llame la atención. Sé que para él existen problemas actuales que le hacen gracia o no entiende; como el hecho de que se considere una adicción no poder dejar de mirar el teléfono móvil o que haya niños que se depriman por no tener el último modelo de iPhone que, por otro lado, tampoco sabe qué diablos es.
—Hoy tu hijo creo que ha traído un guisaillo de carne que tiene buena pinta— Le digo porque sé que encantan este tipo de comidas de cuchara que le suele traer mi hermano.
—Ah, pues muy bien. Le echarás un poco de mejunje ¿no?— Se refiere a cayena en polvo, porque un poco de pique le gusta.
—Por supuesto.
—Es que sin un poquillo de pique no es lo mismo.
—Ya, ya lo sé.— Luego los dos continuamos leyendo en silencio. Y yo busco algo curioso que le llame la atención para entablar conversación.
De pronto veo algo que me conmueve.
—Escucha esto, papá— Y seguidamente leo en voz alta la nota de prensa, donde dice que en algún lugar de Estados Unidos, un niño se suicidó porque la madre lo castigó retirándole el teléfono móvil. Entonces mi padre me mira con cara de no acabar de entender de lo que hablo.
—¿En tus tiempos se suicidaban los niños por quitarles un juguete?— Me mira con condescendencia antes de responder.
—¿Qué juguete nos iban a quitar, si no teníamos ninguno?
—Hombre, alguno tendríais
—Mira, cuando encontrábamos una media vieja la rellenábamos de trapos, le hacíamos un nudo y teníamos una pelota. Y no veas como se jugaba con ella. Hasta que se rompía claro. Con las chapas de las botellas también jugábamos.
—¿Y nada más?
—Bueno, y con peonzas y canicas, pero nadie se iba a suicidar por perderlas. Que tontería. Mira, había un juego que me encantaba, la billarda.—Cuando habla del juego veo que le brillan los ojos.
—¿Y cómo se jugaba a eso?
—Facilísimo. Se le sacaba punta a un palo de más o menos un palmo, que se llamaba billarda, se ponía en el suelo y con otro palo más largo, se le golpeaba en la punta y cuando subía le dábamos con el que teníamos en la mano.
—¿Y eso era divertido?
—Joder, nos pasábamos horas jugando. Que si era divertido dice. Mucho más que estar todo el día pegado al chisme ese— dice señalando mi celular. —¿Pero sabes cuándo me lo pasaba mejor?— Me mira sin acabar de completar una sonrisa que le asoma a pesar de su intento por evitarlo, convencido de que no tengo ni idea. Pero yo sé, porque ya me lo ha contado en infinidad de ocasiones, que me va a hablar de Goimil. Una aldea donde tenía familia, sobretodo primos de su edad. Iba con su hermana, un poco mayor que él y pasaban allí varios días. Esos recuerdos de su infancia los atesora como si de oro se tratase, y no desaprovecha ocasión para recordarlos.
Aunque hace años que viene relatando pasajes de aquellas visitas a Goimil, yo no me canso de oírlos. Y es que veo que disfruta con ello. Además, cada vez que lo cuenta me surgen dudas, y a medida que le pregunto, amplía el relato con sus respuestas.
—A ver, sorpréndeme.
—Pues mira, cuando tenía ocho o nueve años, iba con mi hermana a una aldea donde vivían unos primos de mi madre. Y no veas como lo pasábamos.
—Pero los hermanos de tu madre serían muy mayores para jugar con ellos. ¿no?— lo provoco.
—¡No, coño! Jugábamos con sus hijos, que eran de mi edad. Montábamos en burro y corríamos por el bosque jugando al escondite. En verano cogíamos manzanas de los árboles y en otoño castañas, para hacer el magosto.
—Vamos, que vivías como un salvaje.
—Es que la aldea era como un fuerte de esos de las películas de indios ¿Sabes?. Por la noche se cerraban las puertas, que eran de madera, más altas que el techo este— mientras habla señala hacia arriba. —Detrás había un cementerio, no era muy grande, pero era un sitio ideal para jugar al escondite.
—No jodas, ¿jugabais al escondite en un cementerio?
—Claro, era un sitio perfecto, tenía muchos rincones. Incluso nos metíamos en nichos para escondernos.
—¡Venga ya!
—¿Y por qué no? El muerto no estaba allí.— dice lleno de razón.
—Ya, pero jugar en un cementerio…
—Éramos críos, y cualquier sitio era bueno para jugar. ¿Qué tiene de malo un cementerio? Mientras no rompas nada.
—Sí, claro, visto así.
—Y otra cosa que me encantaba era cuando salíamos en grupo a ahuyentar lobos a la caída de la tarde.
—Venga, no te quieras quedar conmigo.
—Anda que no. Llevábamos hondas, latas, palos…
—Pero si eráis unos micacos.
—Ya, ya lo sé. Hoy lo pienso y ni yo me lo creo, pero recuerdo que era divertidísimo correr por el bosque detrás de los lobos, haciendo un ruido del carallo.
—¿Pero los lobos se acercaban a la aldea?
—A veces. Aunque era más normal correrlos cuando subíamos las vacas al prado. Porque nos íbamos con la vacas y las vigilábamos… —entonces lo interrumpo — ¿Pero qué edad teníais?— Coño, ¿no te digo? que ocho o nueve años.
—Joder.
—Ya ves. Y cuando los veíamos acercase, salíamos a por ellos, porque siempre huían. Otras veces eran zorros a los que perseguíamos.
—¿No serían siempre zorros y no lobos?
—Que va, a los lobos los oíamos aullar. Y los perros se volvían locos ladrando. Anda que no se notaba la diferencia.
Cuando volvíamos con las vacas, se cerraban los portones de la aldea y quedábamos dentro. Entonces, por la noche, nos sentábamos en torno a la lareira. Allí calentitos esperando a que se hiciese la comida.
—¿Y qué solíais comer?
—Unos cachelos con chorizo, o caldo (se refiere a caldo gallego), y cosas así.
—¿Y de postre?— Se me queda mirando como si hubiese dicho una idiotez
—¿Postre?— Amos, no me hagas reír.—Y es que el postre era un lujo que no se podían permitir, pero de repente parece que recapacita— Bueno, bueno, en estas fechas— hace referencia a que estamos en otoño— se echaban a asar unas castañas, eso sí. Y anda que no estaban ricas…
Entonces miro la hora. Se hace tarde y tiene que comer.
—Te voy a calentar la comida que trajo tu hijo
—¿Qué es?
—Un guisaillo de carne.
—Ah. Vale. ¿Le echarás un poquillo de mejunje ¿no?
—Pues claro.
—Es que sin un poco de pique no es lo mismo.
Me voy a la cocina para calentarle el almuerzo, le preparo la mesa y le pongo el vino. Por supuesto no olvido añadirle un poco de cayena al guiso. En pocos minutos está todo listo.
—¡Señor! Cuando usted quiera— Le digo con ironía mientras cuelgo una servilleta doblada de mi brazo izquierdo.
—¿Ya está la comida?
—Sí señor. Y no querrá usted que se la traiga a la terraza ¿verdad?
—No, todavía puedo llegar a la cocina— dice con sarcasmo mientras se levanta con dificultad
—¿Y qué es lo qué hay?
—Un guisaillo de carne que trajo mi hermano.
—Ah, muy bien. Échale el mejunje, que sin un poco de pique no es lo mismo.— Habla mientras camina lentamente en dirección a la cocina.
—Descuida— Le respondo mientras pasa delante de mí.
Demeli Rohu el 26 de diciembre de 2025
Nota: La lareira es un lugar en la casa tradicional gallega destinado a hacer el fuego para cocinar y para calentar la vivienda.

Deja una respuesta