Hoy traigo a este rincón de Hijos de Nuestro Pueblo a Juan Antonio Torrejón Marín, que de sus 76 años ha pasado más de 50 en Torremolinos, donde han nacido y ha visto crecer sus tres hijos.
Su pasión por la tradiciones lo ha hecho comprometerse y dar impulso a actividades desaparecidas en el pueblo, como la del belenísmo, creando una asociación que da salida a los amantes de esta afición. También ha destacado en la cofradía de los Dolores, donde durante años fue albacea general pasando luego a hermando mayor durante más de dos legislaturas y por si esto fuese poco, además ha sido el encargado durante más de tres décadas de hacer la sardina que hemos quemado cada año al final de las fiestas de Carnaval, convirtiendo el aspecto de la sardina en una característica tradicional del acto.
Lo conocí allá por el 95 o 96, con motivo del montaje del belén, aunque el primero lo hizo en el 93. Su procedencia profesional como escaparatista y diseñador le ayudaron en estos quehaceres. Durante más de veinte años trabajó para la marca Glamour Tobaruela, en Torremolinos, aunque antes, en su Osuna natal, había trabajado en un taller de decoración donde asegura que aprendió muchísimo con el maestro que tenía, al que le está muy agradecido. Allí aprendió a recuperar muebles y objetos antiguos usando procedimientos tradicionales, como la sosa caustica, agua fuerte, tintes, etc.
—Y dime, cómo fue que te metiste en todo este lío de los belenes.

—Pues verás, recuerdo que a principios de los noventa, le encargaron al Che Duran que montase el belén municipal. El Che, que era un artista creativo, quizá demasiado, creo que no supo valorar la tradición que se esconde detrás de esta práctica navideña y diseñó uno a base de imágenes recortadas de madera que luego pintó y colgó con hilos de nailon. Hizo un trabajo laborioso, pero al público no gustó en absoluto. Por un lado eso de tener las figuras colgadas de hilos no se entendió, pero es que cuando hacía un poco de brisa, se mecían sin control de un lado a otro y no parecía serio. Pero cuando hacía viento, ya ni te cuento.
—Háblame de la polémica con el Niño Jesús de aquél belén
—Uf, esa fue otra. Se le ocurrió dibujar al Niño Jesús desnudo, sin pañales, y hubo quienes bromeaban con “la picha del Niño”. Aquello fue muy sonado y ya no se volvió a montar algo así. Por lo que al año siguiente nos ofrecimos a hacer algo más tradicional, creamos una asociación belenista y montamos el Nacimiento usando las figuras de Olot, las más grandes que tiene el belén actual, y que habían comprado un par de años antes. Hubo que restaurarlas porque no las guardaron en optimas condiciones, pero quedaron perfectas. Lo malo es que se seguía haciendo en el patio del antiguo Ayuntamiento y claro, los días de viento se desprendían las telas que estaban grapadas y tiraban las figuras. Yo no daba a basto regrapando una y otra vez el tinglado. Pero es que no había otro sitio, hasta que se trasladó al nuevo Ayuntamiento. Por no haber no había sitio ni para montarlo, que teníamos que hacerlo en el sótano de la parroquia Madre del Buen Consejo.

—Y luego lo hicisteis crecer.
—Sí. Cuando pasó al nuevo edificio el Ayuntamiento se volcó en el belén y se empezó a enriquecer. Junto a un grupo de voluntarios lo montamos allí por primera vez. Nos daban un dinero para ir añadiendo nuevas figuras, e íbamos a Sevilla a por ellas, figuras de J. Mayo, un reconocido artesano. Las hace de barro cocido y son figuras más pequeñas que las de Olot, pero de gran calidad.
—Ea, viajecito a Sevilla por la cara.

—No, que va, eso corría de nuestro bolsillo, por supuesto, igual que lo que consumíamos allí. Pero lo hacíamos porque nos gustaba. Lo que se dice trabajar por amor al arte, aunque no voy a negar que lo pasábamos bien. En esa época comenzamos a hacer maquetas más estables, que duraban de un año para otro, y fuimos añadiendo figuras con movimiento. Y así fue creciendo el belén hasta que en algunos años llegó a ocupar las paredes de medio hall del Ayuntamiento cogiendo incluso la esquina del fondo. Venía gente de fuera para verlo, era una pasada. Fíjate Juanlu, la guía por la que se mueven los Reyes Magos, en su día, llegó a costar casi un millón de pesetas, pero los niños alucinaban viendo entrar y salir a los Reyes de la cueva del portal.
—Pero durante unos años dejasteis de hacerlo. ¿qué paso?
—Pues no lo sé. Pero durante dos años no contaron con nosotros. En el 2020 lo montaron los carpinteros en un escaparate de la avenida Palma de Mallorca, y no parece que el cambio agradase al público. Se disminuyó excesivamente el tamaño y solo se mostraba una pequeña parte. Pero lo del año siguiente fue aún peor, montaron una especie de oficina de ventas en el centro de la plaza Costa del Sol, y allí en una ventana lo pusieron. Era horroroso, y claro, aún gustó menos que el año anterior. Así que volvimos a hacerlo nosotros, y hasta hoy.
—Y ¿recuerdas alguna anécdota de alguno de los montajes?
—Sí, tengo muchas. Por ejemplo, un año, estando de alcalde Pedro Fernández Montes, que ya sabes como era. Pues resulta que durante la inauguración del belén me subí a la primera planta para ver el efecto que daba. Estaba llego de público, cantaba una pastoral y había un tío que llevaba una zambomba como un cántaro de grande y no dejaba de hacer cosas raras con el pie. Me fijé y vi que estaba saliendo agua por debajo de la estructura. Corrí por las escaleras y llamé a mi compadre Andrés: “¡quillo vámonos todos pa´bajo que el río se desborda!” bajamos corriendo y nos metimos por debajo de la mesa mientras seguía la fiesta y las canciones. Descubrí que un pez se había colado por el desagüe y lo atoró. Y allí nos tienes a todos agachados detrás de las piernas de los cantantes y bajo la estructura que soportaba al belén con un montón de trapos y secando agua como locos. Luego el alcalde que se había quedado con la copla me miró y negó con la cabeza, como desaprobando lo que había ocurrido, yo le respondí mostrándole al pez cogido por la cola y meciéndolo como si estuviese vivo. Es que no había sido culpa mía Juanlu, fue un accidente. A partir de entonces pusimos una redecilla en el tubo para evitar que se repitiera el incidente. Lo bueno es que la gente no se dio cuenta de nada.

—¿Y qué me cuentas de tu relación con la cofradía?
—Resulta que en Osuna teníamos en una cofradía a la Virgen de los Dolores y al Nazareno como titulares, y me agradó comprobar que aquí era igual.
De aquellas la cofradía no era como es hoy. El trono del Cristo era muy pequeño, adornado con caracoles alrededor y pintado con purpurina. Se pasaba todo el año en la puerta de la iglesia, afuera. Cuando lo vi salir por primera vez a la calle me sorprendió que parado y todo, lo meciese un poco de aire. Me dio la impresión que la cofradía estaba estancada.
—¿Pero cómo llegaste a implicarte?
—Pues conocía Juan García de la Serna porque le hice la restauración de unos cuadros, entonces al frente de la cofradía estaba Tomás Chacopino. Recuerdo que la cofradía tenía muy pocos enseres, hasta había que pedirle los bastones prestados a otras cofradías de pueblos cercanos. Resulta que el pregonero de aquél año fue García de la Serna, y don Florencio le pidió que se presentase para hermano mayor y a mi que fuese albacea general, y así lo hicimos. Luego Juan cayó enfermo y lo relevó Pepi Montes, que estuvo tres legislaturas, conmigo de albacea. Entonces yo cogí el testigo. Estuve dos legislaturas y el obispado me pidió que continuase un año más debido a la pandemia.
—¿Y qué hicisteis en la cofradía cuando estuviste de hermano mayor?
—Se hicieron varias cosas, pero quizá la más destacable sea el cambio del trono del Cristo, que se lo encargamos a los hermanos Cubero, de Priego de Córdoba, creo que es lo único que no procede del orfebre malagueño Cristobal Martos. Y es que Cristobal nos daba muchas facilidades para pagar. Así que el antiguo trono del Cristo ahora lo lleva la Pollinica, que por cierto es de Olot igual que muchas en Andalucía.—Entonces le diste un cambio a la cofradía.
—No, que va. Yo solo aporté mi granito de arena, pero desde García de la Serna pasando por Pepa Montes, la cofradía ha ido creciendo y mejorando constantemente.

—Y de tu paso por la cofradía ¿qué destacarías? Algún hecho que consideres relevante o alguna anécdota.
—Uy, habría muchas cosas que contar, Juanlu. Por ejemplo, ¿tú sabes que hubo años que repartimos más de 400 cajas de comida en Navidad? Comprábamos al por mayor con el dinero que recaudábamos con las cruces de palma que hacíamos y con los mercadillos que montábamos durante el año. Eran cajas grandes, no te creas, que no tenían nada que envidiar a las que daba el Ayuntamiento.
—¿Y ya no las repartís?
—Ahora los párrocos prefieren que se le de el dinero a Cáritas. Ya sabes, cada cura trae sus normas. Cada maestrillo tiene su librillo.

También he vivido momentos emotivos, en una ocasión mientras Jesús Vílches vestía a la Virgen asistido por su camarera, Micaela Díaz, nos sorprendió ver allí a una señora que solía pasear con su hijo, un joven grueso y grandote, síndrome de Dawn. No sabemos por donde entraron, porque todas las puertas estaban cerradas y allí solo habíamos cinco o seis personas, pero nadie reparó en ellos, hasta que la oímos hablar con la Virgen— noto que se emociona cuando recuerda el hecho— le decía: “Yo no pido nada para mí, lo pido por éste— y señalaba a su hijo— solo te pido salud para poder cuidar de él.” Era una conversación, como si la Virgen le contestase. No veas Juanlu, todos con las lágrimas en los ojos. Luego la buena señora se acercó al altar para encender una vela, pero don Florencio, que ya sabes como era, le dijo: “Pero hija, ¿después del cirio ya llevas vas a encender una velita?
—Sí, Florencio tenía esas caídas.
—Mira en otra ocasión, en una de las salidas procesionales me sorprendió y me emocionó muchísimo ver a un joven sentado en un coche llorando, pidiendo perdón a la Virgen, cuando pasaba por calle Casablanca, porque entonces pasaba por allí—Vuelve a emocionarse y veo que se le humedecen los ojos— Juanlu, cuando veo esto se me ponen los vellos de punta.
Y mira, tenemos un miembro en la cofradía con mucha fe, y cada año entrega su medalla a un desconocido que ve que lo necesita, para que le ayude. Dice que puede ver quien está necesitado y que la medalla puede ayudarle

—Pero la medalla no tiene mucho valor— le interrumpo
—No, no. No es por el valor económico, ya sabes.
—Ah, comprendo. Cuéntame que sientes cuando ves salir a los titulares.
—Eso es muy emocionante, Juanlu, pero también siento mucho nerviosismo, responsabilidad y preocupación, porque hay muchos detalles que pueden salir mal. Ten en cuenta que se hace solo una vez al año y no puede salir mal, la responsabilidad es apabullante. Mira, cuando golpeo la puerta de la iglesia para que salga el Cristo y veo allí a los portadores y a los capataces poniendo todo su empeño, es tremendo. Se mezclan muchos sentimientos; de orgullo, de emoción… pero también de dolor por los que faltan.— se para un momento— Es que yo no puedo olvidar a Victoria que en gloria esté, que me acompañaba siempre. El primer año sin ella fue muy duro, Juanlu. Pero sé que ahora está en un sitio mejor.— Me doy cuenta de que este es otro de esos momentos emotivos de la entrevista y lo dejo hablar sin interrumpirlo.
—Comprendo.
—Me casé cuando ella tenía 18 años y falleció con 62, echa la cuenta de los años que hemos pasado juntos— dice sin poder disimular su pesar. Es muy duro, muy duro. El vacío es tremendo— se hace otro eterno instante de silencio antes de continuar.
—¿Recuerdas alguna anécdota curiosa que poca gente sepa?—entonces me mira y me sonríe.
—¿Sabes que el Cristo ha llegado a salir con mis pantalones del pijama debajo de la túnica?
—¡No jodas!
—Pues sí, antes era solo una estructura, que luego sustituimos por una talla completa añadiendo la cabeza original, porque el resto no existía. Esto se hizo siendo yo albacea y Pepa Montes hermana mayor. Pues como te digo, para evitar que pudiera verse la estructura inacabada bajo la túnica, había que ponerle algo, y usé mis pantalones del pijama.
—Sé que también haces las cruces de palma que se reparten entre el público que asiste a las procesiones.
—Sí, hago cientos, y tengo que guardarlas en la nevera para que no se sequen, pero es una buena fuente de ingresos, que como te dije, ahora entregamos a Cáritas.
—Y qué me dices de tu faceta haciendo sardinas para el Carnaval. ¿Cómo llegaste a esto?
—Uf, eso lo empecé a hacer poco después del belén, todavía con Escalona de alcalde. Porque se me daba bien trabajar el porexpan con el que hacíamos las construcciones. Me propusieron hacer la sardina y acepté. Las primeras las quemamos delante del colegio La Paz, luego pasamos a hacerlo detrás del Hogar de huérfanos, de eso te acordarás.
—Sí, claro, guardo un buen montón de fotos de aquella época.
—Y finalmente se terminó por quemar en la playa, ya sabes en la Carihuela. Recuerdo que un año no se pudo quemar por el viento que hacía, y al año siguiente quemamos dos sardinas.
—Sí, me acuerdo de eso, fue en el 2005 y en el 2006 se quemaron las dos detrás del Hogar.
—Exacto.
—¿Y alguna otra anécdota?
—Claro. Mira, el primer año, frente al colegio la Paz, se me ocurrió ponerle una cachimba en la boca a la sardina. Una grande, así— y me dibuja la figura con la mano en el aire— y dentro le metí unos fuegos de artificio, yo creí que harían una fuente de colores…
—Uy, uy, me estoy temiendo lo peor— lo interrumpo.
Durante la quema de las dos sardinas en el año 2006, porque el viento no permitió quemar una de ellas el año anterior.
—Calla, calla, que no veas. Se ve que cuando la llevaban a hombros la pipa cedió con los movimientos y en vez de tener la boca para arriba se le puso mirando al frente. Y encima cuando le pegamos fuego, en vez de fuente de colores, aquello empezó a lanzar fuego para el frente, como si fuesen misiles. No veas la que se lió. Me acuerdo de tres mariquitas que venían disfrazadas de mantilla, en la carrera para escapar de allí, las pobres tropezaron con la chorraera que había en el parque infantil y cayeron al suelo. Julio, el de Cultura, y yo fuimos a saltar por la valla que impedía el acceso a la gente. Y al pobre Julio, que venía con una flamante chaqueta de cuero, le cayó un trozo de masa ardiendo y le quemó la chaqueta. No veas la cagada de la dichosa sardina.— se echa las manos a la cabezas y riendo continúa —p´abernos matao.
Este ha sido Juan Antonio Torrejón, un personaje más al que añadir a la lista de Hijos de Nuestro Pueblo. Un hombre tranquilo, creativo, amigo de la vida familiar, de las tradiciones y comprometido con ellas. Es un enamorado de Torremolinos y un hombre de fe, cosa que puede apreciarse cuando hablas con él, pero al mismo tiempo es respetuoso con todo el mundo.
—Para mi lo más importante es que nos respetemos— Asegura. Porque según él, buenas y malas personas las hay entre los que creen y los que no. Ir a misa no es garantía de ser bueno, ni mucho menos y no ir tampoco lo es de lo contrario.
Y aunque como él dice —Yo tiro pa´lo mío— le gusta la diversidad de creencias y formas de entender la vida que siempre se ha mezclado en Torremolinos.
—Es que habiendo respeto todo es posible.

Deja una respuesta