Estoy sentado junto a Paco Castillo en la terraza del bar Díaz, en la Falange, la hija de Chico (propietario del local) nos sirve la bebida con su habitual sonrisa, en tanto yo le coloco a Paco el micro en el cuello de la camisa y hago algunas comprobaciones con la grabadora. En apenas unos minutos ya lo han saludado al menos media docena de personas, él se siente a gusto y yo me convenzo de que este es un lugar idóneo para hacerle la entrevista, porque el ambiente no puede ser más favorable.
Cuando empezamos la charla, más distendida que formal, observo que Paco se muestra como un hombre sencillo, del que percibo que no le gusta alardear de su pasado.
Probablemente si lees esto y no eres del pueblo, no lo conozcas, aunque seguro que conoces su pastelería de la calle Pez Dorado, Pastelería Castillo, un lugar que siempre ha destacado por la calidad de su producto y que ahora regentan sus hijos Carmen y Juan Ramón.
Sin embargo, como digo, yo no llego a este personaje por su profesión, sino que lo hago animado por boca de quienes lo conocen y saben lo que se sacrificó por muchos chavales de Torremolinos en su “otra cara” personal.
—¿Entonces naciste en Torremolinos?
—Sí, en calle Buenos Aires, mi padre era Ramón Conejo.
—¿El del carro con mulos que recogía los escombros?
—El mismo— Reconozco que acaba de darme un golpe de nostalgia, porque Ramón Conejo vive oculto en mi memoria como uno de esos viejos recuerdos de niñez. Aún lo recuerdo dando de beber a sus mulos en la fuente del Calvario.

Paco ha sido uno de esos españoles de aquella época en la que comenzaban temprano su vida laboral, de hecho a los 12 años ya era botones en unas oficinas sitas bajo el antiguo cine San Miguel, de ahí pasó a aprendiz en una cerrajería y poco después entró de pinche en el hotel Nautilus, donde permaneció tres años. Pero un giro del destino quiso que tuviese que cubrir una baja en la pastelería del hotel y ahí descubrió lo que a la postre sería su profesión.
—En el Nautilus aprendí un montón, pero no tenía posibilidades de ascender, así que aproveché que me llamaron del Pez Espada y allí, en los siete años que estuve, llegué a jefe de pastelería.
Más tarde, en la primavera del 73, inauguró el hotel Cervantes como jefe de pastelería, y toda la repostería que se sirvió aquél día fue hecha por él.
—¿Entonces todo lo que se sirvió te lo curraste tú?
—Bueno, la parte de la pastelería. La de la cocina la llevaba Manuel Reina Antón, que era el jefe de cocina.
—¿Y te quedaste en el Cervantes?
—Sí, allí estuve otros tres años. Guardo muy buenos recuerdos de aquella época. Luego me salió una plaza en una pastelería francesa, pero ahí fracasé.
—¿Cómo que fracasaste?
—Es que yo fui con la intención de aprender cosas nuevas y acabé enseñando al francés de la pastelería. Ese fue un fracaso mío.
—Hombre, cometiste un error, pero de ahí a un fracaso, va un abismo.
—Bueno, llámalo como quieras. Pero no me salió bien, porque no aprendí nada. Así que de ahí me fui a una pastelería belga en Marbella, Papillón se llamaba. Allí estuve muy contento, pero llegó la hora en que decidí montarme por mi cuenta y abrí el obrador en la Falange. Y fue bastante bien. Fíjate que hasta el dueño de Papillón venía a comprarme los pasteles. Pero protestas de los vecinos por la temperatura de los hornos me obligaron a mudarme a calle Pez Dorado, donde aún siguen trabajando mis hijos.

—¿Recuerdas alguna anécdota de tu trayectoria como pastelero?
—No sé, ahora así de pronto…— me hace un gesto con el que trata de decirme que se quedó en blanco y de pronto continua— pero mira, recuerdo que estando en el Cervantes hice un galeón de caramelo, con el que gané el segundo premio de la Costa. Creo que aún guardo alguna foto.
—Y dime una cosa, de tu juventud ¿qué lugares recuerdas que frecuentases?— ahora se para un momento para reflexionar.
—Pues no sé… iba mucho con mi novia a la Ponderosa, también nos gustaba ir al Guerola y a un bar en el Pasaje Pizarro, al que se subía en ascensor, estaba encima del Calamar de Plata, el Juan José se llamaba. Ese estaba muy bien.
Recepcion club futbol sala benjamin campeones España ganado en Jerez, entrenador José Luis Díaz delegado Paco Torrente presidente Paco Castillo
1994
—Ahora cuéntame cómo y cuándo te metiste en este lío del futbol sala, que es el motivo por el que te conoce más de la mitad del pueblo y por el que estamos aquí.
—Puf. Ni años. Todo empezó con el Gañoteo, un equipillo que formamos entre algunos amigos y con el que jugamos e incluso ganamos algún torneo. Luego el equipo se disolvió, pero yo le había cogido gusto al tema y me cedieron la plaza, ahí empezó mi romería de sacrificios— mientras habla no deja de sonreír. —Fue el inicio de mi “ruina” pero también de mi satisfacción personal.
—Tú creaste el Futbol Sala Torremolinos, ¿no?
—Sí, pero antes, en el 82, empecé con el Pastelería Castillo Futbol Sala, luego tres años después nos federamos.
—Me dicen las “malas lenguas” que no te conformabas con sacar adelante tu equipo, sino que también enseñabas a otros muchos chavales.
—¿Y qué iba a hacer? Si querían jugar, no los iba a dejar afuera. Digo yo que es mejor que jueguen al fútbol a que anden por ahí bandíos ¿no?
—Eso no te lo voy a discutir. Pero no ganabas nada con ello.
—Dormir tranquilo por las noches ¿te parece poco?— en su respuesta puedo observar que lo tiene claro.
—En absoluto. Pero es que me cuentan esas mismas “mala lenguas” que cuando empezaron a pagar a los monitores, tú preferiste que fuesen tus propios alumnos más destacados quienes cobrasen por ello, incluso llegaste a adelantarles dinero de tu propio bolsillo cuando se retrasaban los pagos.— Paco se encoge de hombros quitando importancia y no responde—
—¿Y cuándo pasa el Pastelería Castillo a llamarse Futbol Sala Torremolinos?
—En 1993, era un club ya con casi cien jugadores. Y eso que entonces el fútbol sala era poco popular. Un día el presidente del Torremolinos, que entonces era Alonso Díaz, me dijo: primo te vas a cargar el futbol en el pueblo, porque te estás llevando a todos los chavales. Y yo le respondí la verdad, que yo solo me llevaba los que ellos rechazaban. ¿Pero qué podía hacer? Si los críos querían jugar, mejor jugando que en la calle.
—Comprendo. Pero tengo entendido que eso te costaba dinero.
—Pues sí, y no era poco.
—¿Pero qué tenías que pagar?— ahora me mira y sonríe ante mi manifiesta ignorancia.
—Pues mira, las equipaciones corrían por mi cuenta, pero ojo, que una equipación de aquellas se subía de las cien mil pesetas y a veces de las ciento veinte mil, que no eran como las de ahora que por treinta euros te las ventilas. Y por supuesto tenía que pagar por usar las pistas. Había chavales que no tenían zapatillas adecuadas para jugar, y no los iba a dejar que jugaran en esas condiciones, así que también se las compraba. Y por supuesto transportes, bocadillos… y cuando hablo de transportes quiero decir que a veces incluso pagaba taxis, buses. En ocasiones los llevaba en mi furgoneta. Mira, alguna vez he llegado a meter a doce chavales en el 4L,— me lo dice asombrándose él mismo— eso hoy sería una barbaridad pero entonces, ya sabes, todo era diferente.
—¿Y los padre no colaboraban?
—¡Que va! Antes no era como ahora. Es que ni los llevaban a los entrenamientos ni iban a verlos jugar, y de gastar dinero en ellos, ni pensarlo. Y no digo que fuesen malos padres, ni mucho menos, pero es que las cosas eran así. Se pensaba de otra manera. Hoy parece lo más normal que se impliquen en las actividades de sus hijos; pagan cuotas a clubes deportivos, les compran complementos de deporte, pagan transportes, los acompañan y comparten tiempo con ellos. Pero antes era totalmente diferente.
—Lo sé, yo también he conocido esa época. Lo de jugar al fútbol se consideraba una diversión, del mismo modo que se veía normal que los niños estuviésemos todo el día en la calle. Pero afortunadamente eso ha cambiado.

(Foto cedida por Paco Torrente)
—Ah, se me olvidaba, también tenían sus revisiones médicas. Venía de málaga un traumatólogo, Antonio Sánchez, y revisaba a los chavales uno por uno, a veces más de cien jugadores que venían allí a la pastelería.
—¿Y eso lo pagabas tú también?
Equipo subcampeón de Andalucía en 1998 (Foto cedida por Paco Torrente)
—Claro. Luego hice amistad con Manolo Sánchez, también vecino del pueblo y nunca le podré agradecer lo que hizo. Él es médico, y empezó a pasarle las revisiones a los jugadores sin cobrar ni un duro. Vamos, que nos íbamos a comer y también pretendía pagar él, pero hasta ahí podíamos llegar.—me dice lleno de razón— Manolo ha sido un pilar en el club, eso sin duda.
—¿Y qué tal se os daba la competición?
—Pues la temporada 1999/2000, llegamos a ser campeones de Andalucía y terceros de España, jugamos en Galicia y nos vinimos sin perder un solo partido.
—Y todo este esfuerzo lo hacías mientras sacabas la pastelería adelante.
—Hombre, claro.
—¿Crees que ha merecido la pena tanto sacrificio y gasto?
—Pues lo cierto es, que de no haberlo hecho, hoy podría tener más dinero pero… —se para y reflexiona unos segundos— pero también tendría muchas menos satisfacciones y amigos. Así que las cuentas son más que positivas.
—¿Has calculado cuantos jugadores han pasado por tu club?
—Uf, muchos. No sabría decirte cuantos, pero han sido cientos de chavales.
—¿Y recuerdas a algunos que hayan destacado?
—Me pillas a traspiés. Hay tantos que han destacado por una cosa u otra que no sabría decirte.— vuelve a reflexionar y me comenta preocupado que no quiere dejarse a ninguno en el tintero.
—No importa, seguro que quien lea esto comprende que te pillo un poco a traición, solo algunos nombres, por si hay alguno que yo conozca.
—Pues, por ejemplo está Paco Torrente, que era un crack , o Joseillo Díaz, al que no puedo olvidar, el tío se escapaba saltando la valla del cuartel de aviación cuando hacía la mili para venir a jugar conmigo, lo quiero un montón. El Tomás, que también estuvo de entrenador; Salvador Beltran — ¿el del supermercado Beltran?— le interrumpo sorprendido.— El mismo. Este jugaba de portero, y mira, un día le partieron un dedo de la mano de un balonazo y se le puso así— y me indica con la mano una posición imposible, lo que me hace pensar lo doloroso que tuvo que ser— así que lo tuve que llevar al Clínico.
—No veas el plan
—Pues sí. También recuerdo a Eusebio, que está en el colegio de monitor, a este se le clavó la lentilla en el ojo, se asustó mucho porque pensaba que se quedaba ciego. Lo pasó fatal, también lo tuve que llevar al médico. Luego acabó de entrenador, otro crack el tío— compruebo que habla con orgullo de sus jugadores, casi como lo haría un padre de sus hijos. Pero con Eusebio se le cambia la expresión.
—Todavía me acuerdo de como lloraba porque no lo saqué en un partido, y aunque no lo creas, me pasó factura y no lo olvidé nunca. Luego traté de compensarlo sacándolo de titular en el siguiente, pero aquél disgusto que le di por no sacarlo lo voy a recordar siempre.
—¿Algún nombre más?— apenas tiene que pensar unos segundos y continúa
—A ver: Francisco Marín… Youseff… Rafa Cuevas.. Torreblanca, perdona— se interrumpe— es que no puedo recordar de pronto a todos. Pero no quiero dejar atrás a Ricardo Jiménez Martín, que recuerdo que cuando llegó era una bolilla, pero era muy bueno. A este le pagué el viaje para que fuera a fichar por el Pozo a Murcia, él dice que soy su padre adoptivo del deporte, que eso me lo diga alguien como él, me paga todos los quebraderos de cabeza (Ricardo ha sido Campeón del mundo absoluto, campeón del mundo universitario, Subcampeón de Europa, Campeón IV naciones). Y por supuesto también ha sido entrenador, otro crack.
Mientras permanecemos en la terraza del Díaz, no deja de pasar gente que lo saludan. Personas del pueblo de todas las edades, lo que nos interrumpe constantemente y hace más complicado que coja el hilo, pero a mi me da una idea cristalina de quien es Paco Castillo en el pueblo.
—¿Y no recuerdas alguna anécdota curiosa de algún partido?
—Me haces preguntas, así de pronto que me pillas que no sé qué decirte— me responde un tanto contrariado, pero de repente parece recordar algo que le llama la atención.—¡Una vez en Sevilla tuvimos que salir escoltados por la Guardia Civil!
—No jodas, pues cuenta que eso promete.
Campeones de Andalucía en 2000 y terceros de España del mismo año. Posan para la foto: Ginés, Pino, José, Adani, Manolito, Ernesto, José el Coino, Alexis, Lázaro, Juanmi, Paquito, Jorge de Mata, Miguel Marín y el propio Paco Castillo.
—Fíjate, íbamos perdiendo en el primer tiempo 5-0. Y en el descanso, en el vestuario, nos dijimos de todo para meternos en el partido y los chavales salieron concienciados, hasta tal punto, que acabamos ganando 5-9. No veas la que se lió. Querían matarnos. Así que se vino para nosotros la Guardia Civil y nos dijeron que ni nos duchásemos, que nos escoltaban al autocar, que el público quería pegarnos. Eso no se me olvidará nunca.

Este ha sido Paco Castillo, otro Hijo de Nuestro Pueblo. Un hombre del que me admira su sincera sencillez, esa que solo los grandes que no saben que lo son poseen. Actualmente es un vecino que disfruta del cariño que le profesan todos los chavales, hoy hombres, que pasaron por su club y que saben lo que se sacrificó por ellos. De sus logros personales, del que quizá se siente más orgullo, fue del reconocimiento que le hizo la peña La Güena Gente por su esfuerzo en apoyar el deporte del pueblo y el más emotivo el homenaje que le prepararon los jugadores de todas las categorías en 2016, donde se dio cita una representación de antiguos jugadores de todas las categorías para reconocerle su labor de tantos años.
Hoy está felizmente jubilado de su vida laboral y retirado de la actividad deportiva, pero asegura que sigue disfrutando viendo jugar a los chavales. De hecho, después de su primera retirada del mundo deportivo, su nieto Jesús lo hizo volver a implicarse en el futbol sala, de la mano de Paco Torrente, Pepe Arribas y su yerno Jesús Ríos con quienes aún cosechó algún título más.
Habría mucho más que contar de este club, pero como sabéis, este hueco que hago en mi muro, lo reservo para las personas.
He de reconocer que he estado sentado frente a un hombre, cuya trayectoria desinteresada apoyando a los chavales de nuestro pueblo en la práctica del futbol sala me ha dejado impresionado, y todo mientras sacaba su negocio adelante.
Juzguen ustedes
Nota: Quiero agradecer la colaboración tanto de Pepe Arribas como de Paco Torrente, así como de Sergio, recepcionista del hotel Cervantes, a la hora de implicarse para ayudarme a llenar algunos huecos de información que han ayudado a hacer más exacta esta entrevista.

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