Manolo Rubio

Hoy os traigo, más que una entrevista, el resumen de una larga charla entre viejos amigos, porque me doy cuenta de la dificultad que entraña sentarse con alguien, a quien conoces desde la más tierna infancia, para hacerle preguntas sobre su vida sin que la conversación acabe por derroteros impredecibles. Ya sabéis, como cuando dos abueletes se sientan a hablar de sus batallitas. Algo así fue el rato que compartimos el otro día Manolo y yo.
No trato de desvelar, ni mucho menos, la historia de Danza Invisible, porque sé que es archiconocida de todos los aficionados. Y para los que tengan interés en profundizar en los orígenes del grupo recomiendo el libro de Salva R. Moya “Compañeros de camino”. Yo solo voy a mostrar al Manolo que yo conozco; viejo amigo, compañero de clase y de alguna que otra aventura juvenil y, por supuesto, vecino de Torremolinos.
Aunque nació en Cantoria, un pequeño y pintoresco pueblo de Almería, se reconoce como torremolinense.
Reconozco que no fue una sesión ortodoxa ni muy profesional que se diga. Solo fueron fotos de unos amigos apoyados por flashes de estudio. Manolo atendió mi petición de acudir con algún objeto personal, y se presentó con su vieja guitarra, que lo acompaña desde hace más de veinte años, y uno de sus dos discos de platino. Tiene, además otra media docena de oro, que no usamos en esta despreocupada foto con que acompañar el resumen de nuestra charla.

Concierto 35 aniversario Danza Invisible, auditorio 18 marzo 2017

—Mis padres ya vivían en Marbella, y cuando mi madre estaba para dar a luz se empeñó en que quería que yo naciese en el pueblo. Y así fue. Solo estuve siete días allí, luego volvimos a la Costa del, Sol donde he pasado toda mi vida, pero claro, nacer, nací en Cantoria.
—¿Entonces cuando viniste a Torremolinos?
—No lo recuerdo, puede que tuviese dos o tres años.
—Vaya, yo pensé que fue cuando entraste en la Paz.
—No, que va, antes estuve en el Vigía, el colegio de monjas. A la Paz llegué en tercero de EGB, y fue donde conocí al profesor que de alguna manera marcó nuestras vidas. Bueno, qué te voy a contar que tú no sepas— me dice mientras me señala con la botella de cerveza en la mano.
—Sí, aquellos años fueron, cuanto menos, surrealistas. Menos estudiar, hacíamos de todo.
—Si Andrés Sopeña hubiese conocido a aquél profesor y a la clase en general, podría haber escrito dos “Florido Pensil”.
—Ya te digo, aquello era un despropósito de clase. ¿Hay algo de entonces que recuerdes especialmente?— Se para un segundo antes de continuar —no sabría decirte… — de pronto estalla como si los recuerdos le llegasen en tromba.
—Había jefes de todo ¿recuerdas?, yo era jefe de armario, estaba el jefe de pizarra, el de ventana… ¡ah! y el jefe de puerta, que en una ocasión no dejó de entrar al director del colegio. ¡Recuerdo que le cerró la puerta en las narices ordenado por el profe! Madre mía.— Nos reímos al recordarlo —¿cómo se llamaba?—
—¿Quién?— pregunto confundido —Sí hombre, el jefe de puerta
—Tadeo
—Sí eso, Tadeo. Manda cojones que loco estaba aquél profe.
—Mejor no sigas contando cosas de aquella clase, que me vas a hacer un spoiler del relato que estoy escribiendo.— le informo mientras me río al evocar todos aquellos recuerdos.
—Pues tú fuiste testigo de primera mano, porque lo de la carta anónima que encontraste… manda cojones. Recuerdo cómo se le cambió la cara al leerla. Le decían las verdades del barquero, menuda se lió con aquello.
—Dímelo a mí que sufrí las consecuencias en primera persona.
—Creo que a raíz de aquello se inventó el concurso 40 palos para el mejor. Menudo loco, aquellas clases las recuerdo como un cachondeo, un auténtico despropósito.
—Sí, menudo elemento. Pero cambiemos de tema que desvelamos el contenido de mi relato.
—Me lo enviarás ¿no?
—¿El qué?
—Coño, el relato.
—Sí hombre, sí. Vas a flipar. Pero sigamos con esto que desvariamos ¿Recuerdas si en el cole ya te gustaba la música?

Inauguración calle grupo danza invisible septiembre 1994

—Me gustaba, como a todos, supongo, aunque me acuerdo que quería ser batería, también decía que me moriría con 120 años. Con lo de tocar la batería, me equivoqué, veremos con la edad de cascarla.
—¡Es cierto, recuerdo que te gustaba golpear los libros y le estuches con los lápices! Si no me lo comentas no lo recuerdo.
—¿Entonces cuándo empezaste a enredarte en el mundo de la música?
—Fue en el instituto, con catorce o quince años. Me compré mi primera guitarra acústica con el dinero que gané aquél verano trabajando con mi padre metiendo los cables de teléfonos en los tubos, porque no había cables instalados para cubrir la demanda. Era un trabajo duro, pero logré reunir las 14.000 ptas. que costaba la guitarra.—sonríe mientras se lleva la mano a la cabeza— Menudo pollo me formó mi padre, decía que estaba loco. Pero era mi dinero y tomé mi decisión
El entonces alcalde, Miguel Escalona, le hace entrega de la placa conmemorativa el día de la inauguración de la calle Danza Invisible, en 1994.
—¿Recuerdas aquel libro de acordes que fuimos a comprar juntos en una tienda de instrumentos musicales que había en calle Casablanca, frente al hotel el Pozo?
—Síïï, claro, yo es que no tenía ni idea y debía de empezar por algo. Practicaba con los acordes conocidos, pasaba horas con la guitarra.
—Doy fe,—le digo corroborando sus palabras— en el recreo venías a mostrarnos tus punteos, eras incansable. Y ahí empezó todo ¿ no?
Concierto Danza Invisible, El Regreso, plaza La Nogalera
5 septiembre 2015
—Bueno, conocer a Cristobal fue decisivo— dice refiriéndose a Chris, el bajo de Danza. —lo conocí en el instituto, ya sabes, tenía más acceso a la música pop y conocimientos de grupos que cualquiera de nosotros. Su hermano, desde Inglaterra, le enviaba cintas grabadas con música que aún no había llegado aquí, y revistas que hablaban del tema. Estaban en inglés, pero él me las traducía. Descubrimos que teníamos cierta afinidad musical, y nos íbamos a practicar con la guitarra a los pinos. Reconozco que nos saltábamos más de una clase— su expresión de culpabilidad la reviste con una de sus sonrisas bonachonas. —fue en aquellos días cuando me dijo que le gustaría tocar el bajo, y empezamos a gestar la idea de hacer un grupo. Ese fue el embrión de Adrenalina. Luego llegó Paco que se compró una batería y un poco más tarde Gerardo, que puso la voz. Y así nació Adrenalina. Nuestra primera actuación fue en el instituto.
—Sí, recuerdo aquella actuación, era una fiesta para recoger fondos para el viaje de estudios. Por cierto, ¿qué sentiste la primera vez que subiste a un escenario, uno de verdad, con gente que pagó para veros? —Piensa unos segundos antes de responder —Hace mucho tiempo de eso, pero siempre he sentido una carga de responsabilidad porque todo saliera bien.
—¿Y no sentiste nervios?
—Sí, claro, al principio siempre está uno nervioso, pero sobre todo me puede la responsabilidad de sacar todo lo que tengo. ¿Sabes? Después de tantos años, ya me da igual donde actúo, si en un pub con treinta personas o en un estadio de futbol, la carga de responsabilidad no varía.
—Pero tú ya no tienes nada que demostrar.
—Sí, siempre tengo algo que demostrarme a mí mismo.
—¿Qué tal ves el panorama musical actual con el de las décadas de los 80 y 90?

Pregón feria San Miguel. Septiembre 2002

—Creo que hay un problema, y es que la gente hoy sigue aquello que oye por la radio, lo fácil. No se preocupan de buscar nuevas alternativas, y lo que se oye, en general, no suele ser bueno. A mi me resulta desolador. Creo que antes había más inquietudes musicales. Se investigaba y se buscaban grupos más allá de los que se pinchaban en la radio, hoy se tragan lo que les echen. Y lo jodido es que cuando oyen algo bueno se sorprenden y les gusta, pero no continúan buscando. Es triste.
—¿No te parece paradójico que en un mundo con la facilidad de comunicación que tenemos ocurran estas cosas.
—Pues sí, pero no es solo con la música. Ocurre con el cine, la literatura y hasta la gastronomía, la gente no se complica la vida, lo quieren todo hecho, consumen lo que les echen y eso es terrible. Pienso que estamos aparcando la sociedad de las personas para crear una de consumidores, que consuman sin pensar. Es muy desolador. Alguien por ahí arriba está interesado en que la gente no piense.
—¿Y qué me dices de aquel concierto, ya mítico, de vuestro regreso a Torremolinos?
—Uf, fue algo excepcional, nosotros lo pasamos muy bien, pero veía que la gente se lo pasaba aún mejor. Fue una experiencia inolvidable.
—Sí, se habló mucho de aquel concierto, en la foto de la portada del libro “Compañeros de camino” se os ve realmente entusiasmados.
—Sí, sí. Fíjate, precisamente yo la primera foto que vi fue la tuya que es idéntica a esta— me dice señalando la portada del libro— que la hizo Wosky (fotógrafo del grupo) —y se podía ver la Nogalera completamente llena.
—La hicimos hombro con hombro, desde el altillo del batería. Fue impresionante veros tan entusiasmados a vosotros, y detrás al público en plena ebullición que llegaba a la calle San Miguel. Nunca olvidaré aquella escena.
Hay algo que me sorprende de ti en las actuaciones en las que te he visto, y es que no te inmutas. Incluso aquél inolvidable día del «Regreso». Quiero decir, que aunque el ardor general del público suba al máximo, tú permaneces aparentemente tranquilo con tu guitarra y tu teclado. A lo tuyo, inmutable, como si no te afectara el clamor de fondo.
—No te creas, claro que noto las vibraciones del público, pero yo sé cual es mi sitio y qué se espera de mí. Para esa comunicación visual que dices, por encima de la propia música, está Javier, que es un crack. Yo nunca tuve afán de hacerme ver en el escenario más allá de lo imprescindible, lo que quiero es que la gente oiga lo mejor que podemos dar, y en eso yo aporto mi grano de arena. Pero sentir emociones, todas. Y aquel día en especial, porque la gente nos preguntaba por qué no actuábamos en Torremolinos, pensaban que no queríamos. Pero claro, si no nos llamaban, no podíamos venir, aquella noche se deshizo el maleficio— me dice mientras sonríe mostrando cierta emoción.
—Vamos que la fama no es lo tuyo.
Concierto 35 aniversario Danza Invisible, auditorio
18 marzo 2017.
—Nunca la perseguí. Mira, la primera vez que me di cuenta de lo que resultaba ser famoso fue en el metro de Madrid. Iba con una antigua pareja, y en el anden de enfrente un grupo de chavales me señalaron comentando: “Mira ese es de Danza”, y una se llevó las manos a la cabeza: “ay, ay, ay, síii, es él— me cuenta mientras también se lleva las manos a la cabeza imitando a los chavales y sonríe. —Y yo me dije: “¡Coño, me han reconocido! Ese fue mi primer contacto con la fama.—Continua riendo.
—Oye, ¿dime qué se siente al tener una calle en el pueblo?
—¿Qué pueblo?— ahora vuelve a carcajearse con su risa sin complejos al ver mi cara de sorpresa.
—Que cabrón. ¡Coño! La calle que te pusieron en Torremolinos
—Ya, ya— continua riendo —es que en Cantoria me pusieron otra, la calle donde nací. Calle Manolo Rubio y abajo, Danza Invisible.— ahora hace un gesto subiendo los hombros sin dejar de sonreír —fue en el 2018 aunque aún no le han puesto la placa. Jeje. Pero qué quieres que te diga, pasear por Torremolinos y ver el nombre de tu grupo en una placa, no deja de tener su punto.
—Siempre me pregunté cómo llegaron los Raperos del Sur a cruzarse en vuestro camino. Cuéntame cómo fue ocurrió.
—Bueno, aquello fue un cúmulo de circunstancias, nosotros montamos una discográfica, que por cierto se fue al traste, y los Raperos grabaron un disco con nosotros. Los conocíamos, era gente de aquí, el Miguelón, Willy y Jesús Sánchez. Amigos y buena gente. El caso es que había un tema en el álbum en el que trabajábamos al que le iba bien algo de rap al final. El tema, como ya sabes, “Naturaleza Muerta”, del álbum Catalina. Los Raperos no hacían un rap muy ortodoxo, pero le daban un rollo malaguita que enganchaba, y grabaron el tema con nosotros. A raíz de ahí los invitamos a subir al escenario y fue un éxito. Finalmente, por circunstancias, solo quedó Miguelón. Aquella experiencia fue algo puntual, pero de la que guardo muy buenos recuerdos.
—Por cierto, hay una duda que me corroe. Sé que junto a ti y Chris, también forman parte de Danza, Antonio y Javier Ojeda. Pero cuando os veo en el escenario a veces cuento seis o siete músicos…
—Sí, sí, bueno desde que invitamos a irse a Ricardo Texido han pasado varios baterías, ahora tenemos, desde hace más de diez años, a Miguelo, (Miguel Batún), también suele acompañarnos Fernando Hidalgo, guitarra y vocalista y, ocasionalmente, y aunque técnico de sonido, Paco Vilches también colabora con la percusión. Pero el corazón de Danza somos los cuatro que mencionaste.
—¿Y cómo ves el futuro? Quiero decir, que ya tenemos una edad ¿eres de los que piensas morir en el escenario?

—¿Morir en el escenario?— suelta una carcajada —¡Anda ya! Ohú, que disgusto se iba a llevar el público. —continúa riendo —Pero en serio, mientras el cuerpo aguante y la gente se lo siga pasando bien con nosotros, pienso continuar. Ten en cuenta que ahora ya vienen a vernos tres generaciones. Es realmente emocionante. Este año celebramos nuestro 40 aniversario, pocos grupos de pop pueden decir que hayan durado tanto.— Me doy cuenta de que para Manolo, Danza es una extensión de su familia. Se siente muy unido al resto del grupo, de quienes solo sabe dar adjetivos positivos. Supongo que la actitud de los demás es como la suya, por lo que no me extraña que ante tal cohesión el conjunto se mantenga unido otros 40 años.
—Antes de acabar, Manolo ¿podrías señalar la época más negra del grupo?— se queda meditando unos segundos antes de responder.
—Mira esto — y me señala una palabra escrita en su camiseta: “CYMY”.
—¿Qué significa?
—Cuando se inició la pandemia empezaron a caerse actuaciones como piezas de dominó. Se presentaba un buen año y se fue todo al carajo. Cuando me llamaban para decirme que se anulaba otro concierto mi respuesta era siempre la misma: “Coño Ya, Mierda Ya”. Al final cogí las iniciales y formé esta palabra, que me estampé en camisetas. Ahora suelo ponérmelas a menudo, incluso en las actuaciones, supongo que me recuerda que las cosas se pueden torcer en cualquier momento y empeorar hasta el límite.
Durante el pregón de la feria de San Miguel (septiembre 2002)

Tengo que dar por concluida la “entrevista” o lo que esto haya sido. Pero por seguir charlando le pregunto por la familia, la salud, los hijos… Entonces me nombra a su hija y se le cambia el semblante. Supongo que todos los padres empatizarán con él en esto.
—Tengo una hija,— noto que se le escapa un cierto brillo de orgullo en la mirada— que también se dedica a la música. Es sorprendente con solo 21 años ya compone sus propios temas y ha sacado un disco.
—De casta le viene al galgo.
—En serio, Huesca, deberías oírla, no es porque sea mi hija, pero hace cosas interesantes.— yo pienso que es esa pasión de padre que todos tenemos lo que lo mueve a alabar el trabajo de su hija, y me insiste en que la oiga.
—Se llama Mar, pero su nombre artístico es Mar Louise. Búscala en Internet y ya verás.— le tomo la palabra y veo que tiene música en Youtube, lo pincho y… ¡joder! me sorprende. Me sorprende su sonido sencillo pero de cierta complejidad en la composición que muestra una profundidad más allá de lo evidente, y una voz dulce que lo acompaña. En conjunto, sin ser un entendido, me parece genial.
—Sacó hace poco un disco, un EP “Songs for the Bus” y ya está trabajando en otro. Toca la guitarra, el ukelele y el piano y compone en inglés.
—Te va a superar, Manolo
—Y yo encantado.
—Hasta aquí Manolo Rubio, guitarra de Danza Invisible y fundador del grupo. Un hijo de nuestro pueblo que hoy he traído aquí, no solo por su trayectoria profesional y por haber llevado el nombre de Torremolinos allende nuestras fronteras, sino porque, sencillamente, es buena gente, y esto lo sé de primerísima mano.

Escribo estas últimas palabras en la tranquilidad de mi despacho, con “I don´t know you” de fondo. Uno de los cinco temas de Mar Louise que ya añadí a mi lista de “favoritos

Ahora no me digáis que no es para estar orgullosos de compartir pueblo con gente así.

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