Miguel Zambrana

Se llama Miguel, es el tercero de ocho hermanos y a sus 69 años sigue mostrando una vitalidad y sentido del humor que, a veces, te hace dudar si no tendrás delante a un chaval de 20.
Este personaje que traigo hoy, hunde sus raíces en lo más profundo de Torremolinos. Originario del Barrio de las Latas, pasó por el Cortijo del Moro antes de llegar a los Pisos del Cura, de donde salió ya para casarse. Pertenece a una saga de amantes del futbol, como lo demuestra la afición de sus cinco hermanos varones, entre los que podemos encontrar a jugadores, arbitro o a él mismo como entrenador.
No puede evitar mostrar cierto orgullo y emoción cuando menciona los nombres de sus hermanos: Paco, José, Juan, de quien dice que fue el que más destacó como futbolista, Antonio o Manolo. Sin olvidar a sus hermanas, María y Remedios, colaboradoras silenciosas en su actividad como entrenador.
—Habéis sido todos en tu familia muy futboleros, ¿no?
—Alguien dijo que hablar en Torremolinos de Zambrana, es hablar de futbol.— refiere con orgullo.
—Perdona que no empiece por el principio, pero siempre me llamaron la atención los comentarios que oía de niño, en los Pisos del Cura, respecto a los partidos que jugaban los Zambrana contra el Torremolinos. ¿Qué me puedes contar de eso?— Me mira y sonríe.
—No fue exactamente así. Aquello fue solo un partido, que se jugó en homenaje a mi padre, Miguel Zambrana Ramos, al que conocían todos en el pueblo, y que fue uno de los fundadores del Torremolinos. Era un hombre dispuesto a hacer de todo por el club, porque su pasión era el Torremolinos. En aquella época, 1976, ya andaba fastidiado con el reuma y se paseaba encorvado ayudado de un bastón. Pero no faltaba a ningún partido para animar a su equipo, y finalmente los propios jugadores le hicieron un homenaje. El Juani estuvo de portero con nosotros, junto con el Pelusa y el Blas; también mis primos Salvador, Pepe, Paco y Antonio, además de nosotros— dice refiriéndose a sus hermanos. Mi hermano José estuvo de arbitró, pero no nos favoreció en nada, que conste. En el primer tiempo solo había tres jugadores que no eran Zambrana, en el segundo hicimos cambios y entraron con nosotros algunos veteranos del Torremolinos, porque había muchos que querían participar en el homenaje. Al final quedamos 2-2, un buen resultado para un emotivo partido entre amigos.
—¿Y qué me cuentas de tu vida? De tu infancia, por ejemplo
—Empecé a trabajar con ocho años cogiendo fresas en el Cortijo Cea. Y ganaba cinco duros al día— lo dice mostrándome los dedos de su mano. —Pero también araba con yunta de vacas, cogía la remolacha, labraba la tierra, cuidaba ovejas… en fin, de todo un poco. Pero a los catorce años le dije a mi amigo Ginés Gonáalez, que trabajaba en el “Wimpi”, que si le hacía falta un «freganchín», o lo que fuera, que me llamase, y un día me llamó. Me pilló regando coles, y no lo pensé. Así que a los catorce años empecé a fregar platos. Allí llegué a segundo encargado, pero luego, a los nueve años, cerraron el negocio. Y me llamó mi hermano Paco para trabajar con él en su ferretería del Arroyo. Así que pasé de servir mesas a despachar ferrerías. Luego monté mi propio negocio de artículos de fontanería hasta que me jubilé.
—Pero a ti te conoce la gente de mi edad por tu etapa de entrenador. ¿Cuándo empezaste a entrenar?

—Bueno, yo empezaría a entrenar a los doce años, más o menos. Esa ha sido siempre mi pasión. También he jugado en varios equipos. Empecé en el Moro e incluso federado en el Carihuela, pero jugué poco. Quizá fueron un par de temporadas, lo que de verdad me gustaba era entrenar.
—O sea, que trabajabas y entrenabas.
—Sí, por supuesto. Y no sin dificultades, porque en hostelería descansar un domingo es complicado. Tenía que hacer encajes de bolillo. A veces para poder entrenar o acudir con mi equipo a un partido, tenía que dar dos días de descanso a cambio de uno. Pero no podía evitarlo, me apasionaba mi afición.
—Alguien me dijo que fuiste tú quien creó la cantera del Torremolinos, con equipos como los alevines o los infantiles.
—Así fue. Al principio entrenaba a equipos de barrio. Fue más tarde cuando vi posibilidades en los chavales que iban asomando y creamos una liguilla donde jugaba el equipo del Moro, El Bajondillo, La Carihuela, y otros, y ahí escogíamos a los que más destacaban. De ahí surgieron los alevines A, B y C y los infantiles. Mi hermano José y yo observábamos a los jugadores para repartirlos en diferentes categorías, sobretodo mi hermano José, que era quien me aconsejaba en esto, su ayuda fue inestimable. Pero fíjate, nosotros no podíamos jugar en el Pozuelo, y menos entrenar, nuestro campo era el de la Ciudad Deportiva de Carranque. Antes no era como ahora. Cuando entrenábamos de noche lo hacíamos donde actualmente está el polideportivo San Miguel, aprovechando el reflejo de las luces del Pozuelo. Todo era un poco más complicado. Pero luego, cuando comencé a entrenar al Juventud, todo cambió. Creé una liguilla local y le di impulso a la cantera. Recuerdo que los sábados podíamos jugar hasta seis o siete partidos.
—¿Y sabrías decirme cuándo ocurrió eso?
—No recuerdo la fecha exacta. Pero yo ya era entrenador del Juventud, a partir de ahí los chavales pudieron entrenar en el Pozuelo, quizá fuese durante la temporada 73/74.
—Supongo que habrás vivido muchas anécdotas durante aquellos años como entrenador. ¿Podrías contarme alguna que recuerdes especialmente?— Piensa durante unos segundos durante los que noto que se pone serio y aprieta los labios.
—Pues sí, han sido muchas anécdotas, buenas y malas. Pero la que yo tengo siempre presente y cuyo recuerdo me llevaré a la tumba, porque además me hicieron llorar, fue en Ronda. Era mi cumpleaños y yo estaba de entrenador del Torremolinos, recuerdo que dije que el mejor regalo que podían hacerme aquél día era ganar el partido. Y ganamos 1-2. Luego en el restaurante donde solíamos ir a comer cuando jugábamos en Ronda, Pepe Lara, que entonces era delegado del club, su hijo Sebastián, el Palomillo, que en paz descanse y los jugadores, me organizaron un pequeño homenaje. Pero era Pepe Lara quien llevaba las riendas. Fue tan emotivo que me hicieron llorar, y todavía recuerdo aquel día como si hubiese ocurrido ayer mismo.
—¿Fue un partido emocionante?
—Mucho. Ya se había cumplido el tiempo reglamentario y el arbitro, Álvarez Cruz, al que yo conocía, no pitaba el final. Yo le hacía señas para que pitase de una vez porque me comían los nervios. Y él me devolvía las señas diciendo que esperase un poco. Entre los nervios y el frío que hacía aquél día, los últimos minutos fueron terribles.
—¿Cuánto cobrabas por entrenar a los equipos pequeños?— entonces me mira y sonríe ante mi ignorancia.
—¿Cobrar? A mi siempre me ha costado dinero entrenar. Mi pago era más en satisfacción que en otra cosa. Mira Juanlu, hasta mi madre y mis hermanas me ayudaban lavando las camisetas del equipo. Por lo que siempre les estaré muy agradecido.
—¿Y ellas tampoco cobraban nada por hacer ese trabajo?— ahora su mirada es de condescendencia.
—¿Qué iban a cobrar, ni cobrar? Si hasta el jabón lo tenían que poner ellas. Y de trabajo no te cuento. Las recuerdo cargando con el barreño de metal para subir al lavadero a lavar las equipaciones de los chavales. Lo cierto es que le tengo que estar muy agradecido a toda mi familia.
—¿Quieres añadir algo más?
—No sé. Bueno sí, fíjate que no he olvidado que me perdí el final del partido del mundial del 78 entre Holanda y Argentina, porque mi mujer se puso de parto y tuve que acompañarla al hospital.
—Hombre, iba a nacer tu primer hijo
—¡Pero es que era la final!— me responde gesticulando por la obviedad, y apenas terminó de hablar estallamos en carcajadas.
—Ah, se me olvidaba. Me comentó tu hermano que siempre que puedes te escapas a una finquilla que tienes en el campo.
—Esa es mi otra pasión— sonríe con aire bonachón. Allí tengo unas ovejas. Ya solo me quedan cuatro, aunque con mi hermano José llegamos a tener unas cien. Pero luego, cuando enfermó, tuvimos que reducir el rebaño a la mitad, porque yo solo no podía llevarlas. Así que nos fuimos deshaciendo de ellas, y últimamente, tras mi operación del corazón, solo me he quedado con cuatro.

—¿Y qué provecho le sacas a esas cuatro ovejas?
—Económico, ninguno. Pero yo disfruto verlas allí en el campo. Me aportan paz. Además le hice una promesa a mi hermano antes de morir, que nunca me desharía de todas las ovejas. Aunque sea solo una, mientras yo viva habrá oveja en la finca.
Este ha sido Miguel Zambrana Herrera, un personaje del mundo del futbol, muy querido por todos los chavales, hoy hombres maduros, que pasaron por sus manos de entrenador.
Antes de entrevistarlo, algunos de sus antiguos jugadores, me informaron sobre él. Destacaron su paciencia, generosidad, entrega en su afición y buen hacer. Un hombre que creó los cimientos de la cantera de nuestro actual Torremolinos por lo que pienso que, su pueblo, no debería olvidar.
En la entrevista pude observar en primera persona su sencillez y pasión por lo que fue el centro de su vida. Un hombre entregado sin medida a los chavales de los equipos a los que entrenó, a los que llama cariñosamente “mis hijos”. Humilde, de campo, pero sobretodo, buena persona. Y, por supuesto, un digno Hijo de Nuestro Pueblo.

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