Remedios Fernández Campoy

Hoy me he quedado gratamente sorprendido con la visita, a mi rincón, de Remedios Fernández Campoy. Una de las pocas personas que pueden decir que nacieron en el Castillo del Inglés, personaje al que no llegó a conocer por pocos años.— Aún conservo la canastilla donde metía las pesetas que iba a repartir— Me confiesa sonriente.
Cuñada de Isabel Manoja (Hija predilecta del pueblo), Remi es una de esas señoras que irradian una exquisita elegancia envuelta en una sencillez que la realzan aún más. Me confiesa que tiene casi ochenta años, que cumplirá el próximo mes de julio, pero yo tengo la impresión de tener ante mi a una joven y lúcida mujer, a pesar de ser albacea de una parte importante de la Historia Chica de Nuestro Pueblo.
Su jovialidad es desbordante, como lo son sus ganas de emprender proyectos o colaborar con ellos, aún sin ánimo de lucro. Remi, junto con su hermano, Miguel, regentaron la que ha sido la tienda de discos más reconocida de Andalucía y probablemente una de las más nombradas del país. Distribuían a sus clientes de otras ciudades de España discos que recibían expresamente desde el extranjero, además de surtir a las numerosas discotecas y salas de fiesta de Torremolinos. La tienda se llamaba Misol, y fue todo un referente. Y como suelen decir en algunos grupos sociales de la Red, no eres de Torremolinos si no la conociste.

—Yo estudié en el colegio Medalla Milagrosa y luego continué hasta los diecisiete en el Luján, frente al campamento Benítez.
—¿Y cómo es que se te ocurrió montar una tienda, precisamente de discos?
—En realidad la idea no fue mía. Surgió después de que se vendiese el Castillo del Inglés, alrededor del año 61 0 62. Entonces, como yo no quería estudiar, mis padres pensaron en ponerme una tienda en Torremolinos. Y resulta que en el edificio de Manolo Sánchez, en la calle San Miguel, estaban haciendo locales comerciales. Y fíjate Juanlu, que anteriormente mi tío Antonio Moya, había tenido allí mismo una carbonería: «la carbonería de Moyita», la llamaban. Él era el padre de mis primas, las de Santa Gema.
—¿Pero por qué una tienda de discos y no otra cosa? Es que una tienda de discos me parece algo muy especializado.
—Pues mira, mi hermano era director del hotel Natursun— Observa mi cara de despistao y añade chasqueando los dedos—si hombre el que antes fue el hotel Santa Mónica, frente a las Palomas, arriba por donde vivía Pablo Montes.
—Ah sí, sí.
—Pues como te digo, fue a mi hermano a quien se le ocurrió que me pusieran una tienda de discos, porque no había ninguna en Torremolinos. Y a mí también me pareció una buena idea.
—Vaya, no sabía que no hubiese ninguna tienda de discos antes que la tuya.
—Bueno, en la avenida de Los Manantiales estaba la tienda Öberg´s Fotos. Pertenecía de un sueco, que aunque se dedicaba sobretodo a la fotografía, también vendía algunos discos, pero poca cosa. Así que empezamos con los discos, aunque también metimos, guitarras, castañuelas… pero oye, castañuelas no para turistas, de calidad: de ébano, de palo santo… también vendíamos tocadiscos, incluso recogíamos fotos para revelar, etc. Lo que nunca vendimos fueron souvenirs, que a lo mejor hubiésemos ganado más dinero con eso, porque los discos dejaban muy poco margen.
—Oye, se me hace raro que alguien que ha estudiado en colegios de monjas acabe montando una tienda de discos en un sitio como Torremolinos.
—Pero ¿por qué?
—No sé. Supongo que por ideas preconcebidas, prejuicios, ya sabes.
—Tú ten en cuenta que tanto mi hermano como yo habíamos vivido desde pequeños con extranjeros en Santa Clara. Y es que no te puedes imaginar la de gente de todo tipo que venía al hotel. Mira, por ejemplo, yo de niña jugaba con los hijos de Ladislao Vajda…— Otra vez me ve mi cara de empanao y añade— El director de Marcelino pan y vino, ya sabes.

—¡Ah, claro! Respondo no muy convencido—… también jugaba con las hijas del cónsul americano; amistades con las que he conservado el contacto hasta hace poco. Es que en Santa Clara conocí a muchísima gente de lo más variopinto… — ahora se para un instante para hacer memoria—…mira, allí conocí desde personajes como Imperio Argentina, actriz y cantante folclórica de todos conocida, a András László, un escritor y anticuario húngaro. Lo cierto es que conocí a mucha gente distinta, músicos, bohemios, pintores como Augustus John… No te imaginas Juanlu, lo que pasó por el hotel Santa Clara.—Mientras habla se echa la mano a la cabeza.— Aquello era un auténtico punto de encuentro de personajes de todo tipo.
—Puede decirse que tu infancia no fue la normal de una niña del Torremolinos de aquella época.
—No, yo la recuerdo mucho más cosmopolita, porque todavía el pueblo no había despuntado. Ese cosmopolitismo que años después caracterizó a Torremolinos, yo lo había vivido un poco antes. Pero ojo, no me malinterpretes, que no quiero decir con esto que haya sido más que nadie, solo que las circunstancias hicieron que me adelantase un poco a la mayoría. Fíjate que de aquellas, la calle San Miguel todavía se mostraba totalmente como la de un pueblo del interior.
—Y allí acabaste montando la tienda poco después. ¿Hubo algún diseñador de por medio en su decoración?
—Pues no lo recuerdo. Yo creo que no. Que la decoramos entre mi hermano y yo, además de alguien a quien no le pongo cara y que sabía del tema. Y nos quedó muy bonita. Luego, en otras remodelaciones sí que participaron decoradores, pero yo no podía dejar de meter mucho la mano— me asegura sonriendo.
—Y competencia en Torremolinos, ninguna. ¿No?
—Aquí no. En Málaga estaban Rodolfo Prados o Elisia, pero aquí en el pueblo sólo estábamos nosotros.
—Recuerdas el primer disco que vendiste.
—“Cuando calienta el sol”, de los hermanos Rigual— Responde sin dudar.
—Vaya, veo que lo tienes claro.
—Es que aquél verano del 63 se puso de moda y no dábamos a basto. Era una locura. Yo estaba sola en la tienda y no daba para más, hasta se tuvo que venir mi padre a ayudarme. Fue tremendo.
—Ahora ya no puedo preguntarte cual fue la canción del verano en el año que abriste, me has quitado la pregunta.—Me mira y vuelve a sonreír antes de responder
—No te preocupes hombre, que hubo otra que también tuvo muchísimo tirón, “Et maintenant” de Gilbert Becaud. Ésta también fue un pasada de ventas aquél mismo año.

Primera tarjeta usada por Misol.

—Vamos que fue abrir las puertas y funcionar.
—Ya te digo. Fue tanto el éxito que al año siguiente mi hermano decidió dejar el hotel y venirse también a la tienda.
—Pues sí que vendíais discos.
—No solo discos, también vendíamos muchas guitarras, las teníamos desde quinientas pesetas hasta cinco mil. Todas flamencas. Eran artesanales, nos la hacía un señor de Granada, no recuerdo si de Motril o Adra, pero hacía unas guitarras fantásticas, con policromía. Una maravilla, vamos. Recuerdo que el hombre venía en su motillo, pero le tocó la lotería y dejó de hacer guitarras—Ahora arranca a reír.— El hombre era muy bueno, pero… — se encoge de hombros sin dejar de sonreír.
—¿Y qué recuerdas de aquellos clientes?
—Había de todo, Juanlu. Aunque abundaba la gente bohemia. Pero no esos con aspecto de hippy que vagabundean sin hacer nada y a los que erróneamente algunos llaman bohemios, sino era gente que vestía como hippyes, pero que te llegaban a la tienda y te pedía, por ejemplo, las Variaciones Goldberg, de Bach, con toda naturalidad.
—Vamos que tenían un nivel cultural.
—Mucho. Venían pintores como Gino Hollander, escultores, escritores… y además de todas partes. Yo creo que en Torremolinos descubrieron un mundo que aún era virgen. Desgraciadamente, ese mundo virgen no lo hemos sabido cuidar.
—¿Crees que al construir para dar vivienda a más trabajadores por un lado, y hoteles para acoger a más visitantes por otro, acabamos con aquél paraíso? Lo que se dice, morir de éxito, vamos.
—Pues sí. Mira, por ejemplo, para ese sector servicios se construyeron cosas horrorosas como esos edificios que hay al entrar a Torremolinos. Algo espantoso. Y cosas como esta echaron a perder aquél Torremolinos. Esto ya ha ocurrido en la mayoría de sitios parecidos en el mundo. Un amigo argentino me comentó que estuvo hace como treinta años en un pueblo parecido a éste, Buzios, en Brasil. Un lugar paradisíaco, con rincones equiparables a la Carihuela de entonces, y cuando ha vuelto recientemente ya había cambiado del mismo modo que lo ha hecho la Carihuela.
—Sí, lamentablemente estas cosas suelen ocurrir.
—Es que el hombre es como una termita que se come los paisajes.—Sonríe con pesar— Aunque podía haberse conservado de haber hecho las cosas de otra manera. Pero la codicia ha hecho estragos, Juanlu.
—¿Y qué piensas que se podía haber hecho?
—Mira, nosotros montamos una tienda también en Marbella, en el 66.
—Ah, eso no lo sabía. ¿También estuvisteis en Marbella?

Tienda Misol en calle Cauce.

—Sí, fue la segunda que montamos. Pero mira qué te digo, allí no pudimos hacer la fachada que queríamos, tuvimos que adaptarnos a la normativa del Ayuntamiento y hacerla o de madera o de hierro. ¡Ay, amigo! ya entonces se cuidaban estas cosas en otros sitios.—Se dice a sí misma.
—Pues aquí se ve que no se tomaron medidas.
—En absoluto. Aquí se usaba cualquier material de cualquier manera. La calle san Miguel fue un horror lo que hicieron con ella. No existía un plan estético y cada uno hizo lo que le gustó, sin orden ni concierto. No se respetó el tipismo local ni se marcó un estilo propio, nada de nada. Cada uno iba por libre.
—¿Y eso a qué crees que fue debido?
—Es evidente que, en última instancia, al mal gusto de quien lo montaba. Cada uno modificó desde su buena fe lo que pensaba que era mejor y más moderno, pero en mayor medida el problema se dio porque pertenecíamos a Málaga y el Ayuntamiento de la capital no tenía interés alguno en reglar nada en Torremolinos, solo les interesábamos para recaudar dinero. Pero, Juanlu, ¡es que no teníamos ni semáforos!—Ahora enfatiza con la frase al tiempo que se lamenta.—Fue horrible lo que pasamos en Torremolinos. Bueno, qué te voy a contar.
—Oye, ¿a quién se le ocurrió ponerle MiSol a la tienda?
—Eso fue cosa de mi hermano. Al principio pensaron en ponerle Discos Remi, pero a mi me daba mucha vergüenza, y entonces mi hermano propuso Discos Misol. Y hoy me encanta que me llamen Remi de Misol. ¡No me digas que no suena musical!—Mi dice riendo.

—Mucho— y sin dejar de reír continúa— Pues en portugués suena mejor, Remi do Misol— y ahora ya nos carcajeamos los dos.
—Hay una cosa que siempre me he preguntado. ¿Por qué poner otra tienda en calle Cauce tan cerca de la de calle San Miguel?
—Pues tiene su explicación. En ese local tenía una tienda mi cuñada Isabel, que vendía cosas de piel, y la quería traspasar, así que pensamos que me quedara yo con ella. Es que mi hermano y yo a veces no teníamos la misma visión del negoció— Ahora vuelve a arrancar a reír de

buena gana— ya sabes las típicas diferencias en negocios familiares, Juanlu. Así que para evitar discusiones, me fui a calle Cauce. De todas formas era mi hermano quien me continuaba surtiendo de música, y yo ya metí muchos regalos.
—Pero con el tema de los discos erais insuperables. Porque vosotros recibíais discos de fuera del país, muchas veces en primicia respecto a otros.
—De eso se encargaba mi hermano, que tenía muchos contactos en Estados Unidos y en Inglaterra. Miguel hablaba un perfecto inglés y siempre estaba en la cresta de la ola. También contactaba con empresas española, claro. Pero lo cierto es que todo eso daba pocos beneficios, era más como tener una vitola, porque lo cierto es que si se ganaba poco con los discos en general, con los que nos enviaban de fuera aún era peor, pero hay que reconocer que nos daba prestigio. Y es que nos venía gente de Jerez, de Sevilla, Granada, de Ceuta y Melilla… y de más sitios a comprarnos discos. Y además, tanto a Miguel como a mi nos gustaba mucho la música, y esto nos permitió adquirir un conocimiento musical tremendo.
—Vamos, que miel sobre hojuelas.
—Pues sí.
—¿Y cuándo decidisteis cerrar?
—Pues fíjate, antes cerró mi hermano, pero no recuerdo el año. La renta del local era muy alta y los márgenes con los discos, como ya te dije, eran escasos. Y aquello no rendía. Yo cerré años después, en el 2005. Y es que ya con los CD´s la cosa se puso complicada. Mira, el último disco que sacó la Pantoja en aquella época, que fue en Semana Santa, yo lo estaba vendiendo a dieciocho euros, y un vecino me comentó que había un negro que estaba vendiéndolos en la calle, por allí cerca, a seis. Así que con los escasos márgenes que yo tenía fue cuando me planteé que no podía seguir en esas condiciones. Que sí, que eran discos piratas, y que cuando veían venir a la Policía los metían en la basura para esconderlos, pero aquella situación me dio muy mala espina. Luego se le puso hasta nombre a ese negocio, ya sabes: Top Manta.— me dice tomándoselo un poco a broma.
—¿Y recuerdas alguna anécdota curiosa en la tienda?— Ahora me responde enseguida
—A mi me sorprendió mucho cuando empezaron a llegar los travestis.— Ahora soy yo el que ríe mientras ella continúa sorprendida— Que sí, Juanlu. Es que eso no se conocía. Hoy es normal, pero entonces era algo desconocido. Venían muchos de Canarias, unos tipos enormes y guapísimos, que ya estaban operados, vamos que eran mujeres. Yo me quedaba boquiabierta. Me gustaba hablar con ellos, les preguntaba… y vamos que teníamos buen filing. Es que me llamaban mucho la atención. Había una discoteca donde solían ir, que se llamaba “Le Fiacre”, en la calle Antonio Girón, que estuvo muy de moda. Allí actuaron artistas como María Dolores Pradera, Mari Trini. Y una transformista francesa que se llamaba Coccinelle, ¿No has oído hablar de ella?
—Ni idea.
—Era guapísima— vuelve a enfatizar.— Era una francesa muy guapa.
—¿Francesa o francés?
—Yo qué sé como llamarlo, no quiero meter la pata. Era transformista. Pongamos que “ella”.—Ahora ambos volvemos a reír de buena gana.— Es que con tanto lío no sabe una que decir.
—Vale, entonces una guapa francesa.
—Eso. Pues venía a Misol a probar música, y la chica se ponía a bailar en mitad de la tienda. Allí probaba si para su espectáculo le iba o no el ritmo.— Me mira con nostalgia y continúa— Aquella fue una época muy simpática.

Fachada de Misol en calle San Miguel.

—¿Y bailaba en la tienda?
—Sí, sí, claro. Hacía su show, para ver si la música le iba bien, y la gente se quedaba mirando. Esto ocurría en la calle San Miguel.
—¿Y algún famoso que pasase por la tienda?
—Uy, muchos. Entonces era normal verlos pasear por el pueblo. A ver si me acuerdo. Estuvo Antonio Bienvenida, el torero, también recuerdo a Camilo Sesto, a Antonio el Bailarín, que por cierto me dedicó un disco, incluso Julio Iglesias.
—¿Y algún susto por intento de robo?
—Bueno, intentos de robo, hubo muchos. Pero eran al descuido, no violentos. Mira, una vez estaba mi sobrina sola atendiendo la tienda y me dijo que había un chico que de pronto salió corriendo, pero que no se había llevado nada. Más tarde nos llamó la Policía Local, que habían detenido a un joven con diez o doce discos, que eran nuestros.—Me cuenta riendo— y mi sobrina no se dio cuenta. Pues fueron veinticinco mil pesetas las que se llevó el nota. —Sonríe mientras toma un sorbo de agua y a mí me parece que ha concluido con la anécdota, pero de pronto parece recordar algo— ¡Ah! pero ahora que me acuerdo, una vez fue algo tremendo. Estando yo en la tienda me entraron tres negras americanas enormes, altas como guardia civiles. Se pegaron al escaparate donde tenía gafas de Versace, que cada una valía más de lo que se llevó el otro en discos. Yo tenía cerrado el escaparate con un candadito, pero mientras dos de las mujeres me hablaban y me entretenían, la tercera vi que trataba de abrir el cristal. Allí había diez o doce gafas expuestas. Les dije que me había dado cuenta de lo que trataban de hacer, pero me plantaron cara. Y yo con lo tímida que soy estaba pasando un mal rato que ni te cuento, pero que ellas no se cortaban, oye. Hasta que amenacé con llamar a la Policía y se fueron. Es que las gafas eran muy caras y no podía permitir que me las robasen.
—Oye, y para ir terminando. ¿De joven dónde solías ir de copas?— Tras un instante responde esforzándose por recordar.
—Me gustaba el Fat Black Pussy Cat, el Bar Central, Pedro´s, el VIP. Es que había mucho donde elegir. Y donde hoy está Casa Juan, había también un local muy bonito; el Smuggler´s, que era una casita que daba al mar.
—Y discotecas, ¿ibas a alguna?
—Claro, solía ir mucho al Tiffany´s, al Le Bilboquet, En la Plaza Costa del Sol, El Refugio, en Pasaje Begoña, que estaba recién hecho. Había una discoteca pintada, así como muy psicodélica, se llamaba Las Algas, en la plaza del Remo, era preciosa y pertenecía a unos americanos. También iba al Le Fiacre en CalleAntonio Girón, al Lali, Lali, cerca del Mesón Antoxo. Bala, Bala donde hoy está San Enrique. Había tantos sitios donde ir… —dice sin disimular cierta nostalgia—
—Y ya puestos, dime algún restaurante de aquella época que te gustase.
—Me gustaba El Cacique, que estaba en el bulto. También a los Pampas, Prudencio, el restaurante Antonio… es que había tantos.

Esta ha sido Remi de Misol, que durante años rigió la tienda de discos de referencia en la Costa. Una mujer cosmopolita donde las haya, que se movió con amigos de lo más diverso, como el escultor Hamilton Reed Armstrong, y su esposa Roxolana Lutchakosky, que era pintora. El decorador sevillano Manuel Ochoa, Nena Huelin, los argentinos Sean Weyer y Ronal Roncero, y por supuesto, Palmira Abelló, pintora independiente que tuvo su estudio en Torremolinos, entre otras muchas personas que marcaron la diversidad en la que se movió durante su juventud.
Fue inseparable de Isabel Manoja, a quien conocía desde la infancia, y junto con Palmira Abelló, formaron un grupo de amigas que para ella resulta inolvidable.
Una mujer de la que se conoce su afición a la música de todo tipo, y que adora el flamenco. Pero lo que muchos ignoran es que es una auténtica fan de la Historia en general y de la prehistoria y la arqueología en particular, así como su temprana afición a la pintura que nunca dejó. Yo la veo como un alma inquieta e incansable, ávida de seguir aprendiendo.
Remi guarda como tesoros sus recuerdos de la época en que vivió en el Castillo del Inglés, recuerda a los hombres que traían fruta en mulas desde Alhaurín el Grande o a las gitanas que vivían en las cuevas del morro: Gabriela e Isabel. Entre otras muchas cosas que marcaron su infancia.
Se muestra como una mujer educada, pero también resuelta, que confiesa haber hecho siempre lo que quiso y que nunca deseó vivir a expensas de nadie. Se casó en la ermita de Montemar y no quiso marchar a Barcelona cuando se lo propuso su marido. —Yo siempre he sabido que este era mi lugar en el mundo. Además soy Chora hasta la médula.—Me dice convencida entre risas.
Se refiere a George Langworthy (el Inglés de la peseta), como don Jorge, y cuando le pregunto cuál ha sido el lugar de Torremolinos que más le gustaba no duda en responder que la calle San Miguel y la plaza de los Arcángeles.
Y como a tantos otros, la traje a mi rincón de Hijos de Nuestro Pueblo, no solo por representar una época esplendorosa de Torremolinos, sino porque además, me consta que es una buena persona y que lleva la educación por bandera.

5 respuestas

  1. Ojú Remi, es Oro en paño de nuestro pueblo, Remi eres la mejor, ♥️😘😘 Juan Piña

  2. Muy interesante.

  3. Avatar de Gregory Benchetrit
    Gregory Benchetrit

    Mi adorada Tia Remi… que fue gran amiga de mi madre antes de yo nacer – siempre la he llamado «Tia».
    La Tia Remi es, sin duda, una de las personas que mas a enriquecido mi vida.
    Me acuerdo perfectamente de visitarla en Misol y lo mucho que añoro esa epoca. Mi primer juguete, un osito de peluche rojo, lo compro mi madre en Misol.
    Me ha encantado esta entrevista y me da mucho orgullio que se reconozca como una de las gran mujeres de Torremolinos!

  4. Avatar de Mercedes Ortiz Troche
    Mercedes Ortiz Troche

    Magnífica entrevista de la persona mas educada y culta de Torremolinos con diferencia.

  5. Avatar de Maria Rosa Guerrero burgos
    Maria Rosa Guerrero burgos

    Es única ! Completa en todo lo que se
    Propone!

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