Hoy traigo a mi rincón a Miguel Sánchez Hernández, un hombre de 80 años, de origen humilde y sonrisa franca, que ha llegado a ser uno de los empresarios más reconocidos de la provincia, y que sorprende por el entusiasmo juvenil que continúa mostrando por su trabajo. Persona lúcida, de trato fácil, amable y de desbordante sencillez. De quien tengo la impresión que siempre ha sabido ir un paso por delante de los acontecimientos porque supo verlos venir.
Me tropiezo con mi primera sorpresa en cuanto llega, porque para hacer las fotos de estas entrevistas suelo pedir al entrevistado que se traiga algún objeto personal o por el que sienta un especial cariño, y Miguel me ha sorprendido presentándose con una coctelera.
—¿Y esto?— Le pregunto extrañado.
—Para mi es muy importante.— y al ver mi cara de sorpresa añade sonriendo— Ya te contaré.
Así que, sin más explicaciones, pasamos al estudio y comenzamos una breve sesión de fotos.
Miguel, actualmente, es el propietario de la cadena MS Hoteles que engloba los hoteles: Amaragua, Jorge V, Tropicana y Aguamarina, todos en Torremolinos, además del hotel Maestranza de Málaga. Este último con un restaurante de referencia en la ciudad, el “Promesa”, que posee el reconocimiento de la guía Michelín, 1 Sol Repsol y en 2023 fue reconocido como el mejor restaurante de la provincia por la Academia Gastronómica de Málaga.

—¿Dónde naciste?
—Yo nací en un pueblecito pequeño de la provincia de Salamanca, Peromingo, en la comarca de la Sierra de Béjar.
—¿Y cuando empezaste a trabajar?
—Pues mira, yo fui a la escuela hasta los catorce años, luego ya me echaron. Pero antes, con nueve o diez años ya ayudaba a mi padre en tareas del campo y con el ganado. Algo normal entonces.
—¿Cómo que te echaron del colegio?
—Es que solo se podía estudiar hasta esa edad. Era un colegio público, si tus padres lo podían pagar te llevaban a otro colegio y si no, pues te quedabas en la calle, como me pasó a mí el 29 de septiembre de 1959, cuando cumplí los catorce años.
—Que radical.
—Yo ese día, que me quedé literalmente en la calle, esperé a que salieran mis hermanos del colegio para volver a casa. Trataba de suavizarle a mis padres el disgusto de ver que después de tanto esfuerzo para que no perdiéramos un día de clase ahora me veía en la calle. Así que me tuve que ir a trabajar a la tienda de ultramarinos que tenía mi tío.
—Tuvo que ser duro a esa edad
—Un poco, pero aquello fue como un revulsivo. A partir de ese momento sentía que ya comenzaba a ser un hombre y debía empezar a andar por la vida y buscarme mi camino.
—Pero con catorce años solo eras un niño.
—Sí, Juanlu, pero fíjate que yo con catorce años solía moverme con amigos tres o cuatro años mayores que yo. Y es que me entendía mejor con ellos que con los de mi edad.
—¿Y qué tal te fue en la tienda?
—Muy bien. A mí el trato con la gente me encanta. Allí estuve como un año y medio pero claro, mi tío no me pagaba un sueldo y yo así no podía seguir, así que lo dejé y me fui a Béjar, que es cabeza de partido y contaba con una industria textil importante. Allí había un hotel, propiedad de empresarios textiles, y me coloqué de botones. Así estuve un año más.
—¿Y cómo fue que acabaste en la Costa?
—Es que me di cuenta de que allí a lo máximo que podía aspirar era a ser camarero o cocinero de pueblo, y poco más. Así que junto a un compañero que estaba más ducho que yo en temas de hoteles, empezamos a ver la posibilidad de venir a la Costa del Sol o a la Costa Brava, porque ya se empezaba a oír hablar de estos sitios. Y yo tenía mucha inquietud por aprender sobre turismo, idiomas… ya sabes. Así que convencí a mi compañero con quien me llevaba fenomenal y decidimos venirnos a Barcelona o a Málaga. Y dicho y hecho, cogimos un autobús en Béjar y nos fuimos a Madrid.
—¿Pero al final cómo es que decidiste venir a Málaga y no a Barcelona?
—Pues porque no nos sobraba el dinero. Así que al llegar a Madrid cogimos un taxi y cuando el taxista nos preguntó a dónde íbamos, yo le pregunté a él qué estación estaba más cerca, la de Atocha o la del Norte.
—¡No jodas!
—Como te digo. Él respondió que estábamos cerca de Atocha y yo le dije que entonces nos llevara allí. Nos miró sorprendido, pero es que íbamos escasos, y por unas cuantas pesetas elegimos Atocha, es que a nosotros realmente nos daba igual. Íbamos un poco a la aventura. Sólo teníamos la referencia de un señor que tenía un bar en la Costa Brava y otro de Béjar que tenía un bar en Fuengirola.
—Vamos que los proyectos eran escasos.
—Escasísimos— me dice riendo.— Pero escucha, cuando llegamos a Málaga vimos que había taxis y coches de caballo, así que para

ahorrar cogimos un coche de caballos— ahora nos reímos los dos.
—Venga, no fastidies.
—De verdad Juanlu.—me enfatiza— Le dijimos que nos llevase a Fuengirola y para allá que salimos. Al poco ya podía ver el mar y me parecía maravilloso.
—¿A Fuengirola en coche de caballos?— Reconozco que con esto me sorprendió
—Sí, pero espera que te lo explico: cuando le pregunté que cuánto quedaba para llegar, y nos dijo que unas dos o tres horas, me volví a mi amigo y le comente que menos mal que cogimos el coche caballos porque en taxi nos hubiese costado un riñón. Entonces el cochero paró en seco, se vuelve a nosotros y nos dice con cara de sorpresa: “Chavales, ¿pero vosotros sabéis lo que os va a costar esto?
—Os llamó chavales por no deciros pringaos.— Ahora arrancamos a reír los dos.
—Claro, por no decirnos pringaos— repite Miguel sin dejar de reír—Entonces nos dimos cuenta de que habíamos metido la pata y le dije que en el pueblo los caballos los usábamos como un medio económico de transporte y de apoyo a la agricultura y cosas así. Entonces el hombre se nos quedó mirando, dio la vuelta al coche y nos llevó a la estación de Portillo más cercana. “Aquí podéis coger el autobús para Fuengirola, porque como os tenga que cobrar la carrera…” Los dos nos quedamos cortaos. Teníamos unos diecisiete años y acabábamos de salir del pueblo y claro, lo pasamos mal. Pero oye, el hombre no quiso cobrarnos nada y nos aconsejó que preguntásemos siempre, y ese consejo se me quedó grabado y lo he usado en todas las ocasiones: preguntar siempre que no sepa algo antes de meter la pata.
—¿Qué sentiste cuando llegaste a la Costa?
—Para mí todo era asombroso, lo veía todo nuevo. Ya empezaba a
«A mí me
empujó la ilusión
por conseguir
metas,
no el dinero«
subir el número de turistas, que de aquellas podía ser poco más de un 5% de lo que tenemos hoy, porque es que había cuatro hoteles, Juanlu. Pero mi impresión fue maravillosa, me sorprendió el cariño con el que te trataban en las tiendas ya fuera la farmacia, la zapatería o la tienda de ultramarinos, luego estaba el tema de los extranjeros que los veía, llegado el caso, un poco como la antesala para irme a otro país en caso necesario. Y eso de empezar a decir “Yes” “Ouí” “How are you”— dice entre risas.— Era todo como muy exótico y novedoso y a mí me encantaba. Te digo una cosa, el recuerdo que me quedó de aquella Costa del Sol es el de que era una verdadera maravilla.
—¿Y en Fuengirola encontraste trabajo?
—Sí, en el Mare Nostrum, allí estuvimos año y medio. Yo trabajaba en el office de la cafetería, pero cuando acababa mi turno le pedía al maître que me dejase servir la cena, porque lo que yo quería era aprender.—Ahora se pone serio— Y eso se lo agradeceré siempre.
—¿Trabajabas fuera de turno para aprender?
—Claro, no tenía otra manera. Y fíjate como son las cosas, un día

vinieron unos señores que habían comprado los terrenos del hotel Alay. Tuve la suerte de que el camarero estaba ocupado en la barra y salí a atenderlos yo. Me preguntaron que de dónde era, que cuánto tiempo llevaba trabajando allí y cosas así. El caso es que a los pocos días viene otro señor preguntando por mí, era su secretario, para ofrecerme trabajar en la venta de apartamentos, y eso me cambió la vida, Juanlu.
—¿Tan bueno fue el cambio?
—Mira, te cuento: es que confluyeron varios factores. Yo en el Mare Nostrum lo pasaba fatal, y no por el trabajo, sino por factores que a lo mejor hoy son difíciles de entender. De aquellas la gente se iba de Castilla a emigrar a otros países de Europa y desde allí mandaban dinero a sus casas. El encargado de repartir ese dinero era el cartero, y éste se conocía a todos los vecinos, así que todo el pueblo sabía lo que mandaba cada uno. Y claro, yo no mandaba nada y eso también se sabía. Pero yo es que no tenía nada para mandar. Porque lo primero que hice fue buscarme a dos profesores; uno para mejorar la ortografía y ampliar mis conocimientos en general, y el otro para poder defenderme en inglés, que comprobé que era fundamental. Así que si a esto le sumaba lo que pagaba de pensión, pues lo que ganaba se me iba en gastos. De hecho yo ni cogía vacaciones y no dejaba de trabajar. El tema del dinero me ocasionó problemas con mi padre que se pensaba que me lo gastaba con las “suecas” y en juergas, vamos, que era un golfo.

Pero cuando llegué al Alay me doblaron el sueldo y me pusieron vivienda. Además, la secretaria que tenía era suiza y ella me daba clases de inglés y de otras cosas, porque estaba mucho más curtida que yo. Así que fíjate, ganaba el doble y me ahorraba los profesores y la vivienda.
—Desde luego sí que cambió tu vida. Se dobló tu riqueza.
—Ya te digo. Mira, hay una anécdota curiosa que me pasó con mi padre. Como yo había mejorado mi condición económica, le envié mis primeras cinco mil pesetas. Oye, que cinco mil pesetas era dinero. Y mi padre me respondió con una carta emotiva. Ahora estaba preocupado por la forma en que podía haber ganado ese dinero, me decía que a ver si por lo que me decía de no enviar dinero a casa me había obligado a hacer algo malo. Que lo había estado hablando con mi madre y estaban preocupados. Y es que en las cartas que me enviaba antes me ponía verde. Pero después de recibir esta última carta le respondí contándole punto por punto lo que había hecho desde que llegué, y en qué había gastado el dinero que ganaba. Y a los cuatro o cinco días me encuentro a mi padre con su maletilla de cartón a la entrada del hotel— Ahora percibo cierta emoción en sus ojos mientras continúa hablando— el pobrecito había venido desde el pueblo y había tardado dos días en llegar aquí.
—¿Vino a pasar unos días contigo?
—Vino a darme un abrazo y a pedirme perdón. Porque cuando vio cómo me defendía con los extranjeros, el trabajo que tenía y como le hablaron de mí los dueños del hotel y el propio director, la secretaria y todo eso, pues se quedó tranquilo.

—¿Y luego de esto?
—De ahí pasé a barman; luego a maître y después a director de alimentación y bebidas. Aquí yo ya había visto los fallos que había en el hotel. En fin no voy a entrar en detalles, pero yo era quien contrataba los congresos, organizaba los banquetes, etc. y el dueño confiaba en mi y me propuso llevar la dirección del hotel.
—¿Pero qué edad tenías?
—Pues unos 35 años. Y acepté. A pesar de mis todavía escasos conocimientos en algunos temas, cosa que le advertí al dueño. Pero con constancia, trabajo duro, y ganas de aprender, lo fui solventando. Logré rebajar la deuda que tenía el hotel con el banco y que mejoré el funcionamiento del hotel.
—¿Recuerdas alguna anécdota curiosa destacable?—Ahora piensa uno instante antes de responder.
—Tengo muchas cosas para contar, pero en el 77, hubo una huelga general de hostelería que duró catorce días. El hotel estaba lleno y los empleados me dejaron solo con mi secretaria, un conserje belga y el jefe de cocina, en total unos cinco o seis empleados.
—¿Y eso?
—Que viniese de abajo y hubiese dado ese salto no lo veían con buenos ojos, porque yo de aquellas ya era director general del hotel Alay, del hotel San Fermín y de los apartamentos Alay.

—¿Y qué hiciste?
—Pues hablamos con los clientes y les preguntamos quien sabía hacer camas, servir mesas o cocinar. Aquello fue sonado.—Ahora volvemos a reír los dos— Con la ayuda del conserje, que hablaba todos los idiomas del mundo, y a pesar de tener el hotel lleno, aquella propuesta fue un rotundo éxito. Pudimos dar desayunos, comidas y cenas. La gente se apuntaba voluntariamente para ayudar con lo que sabía hacer. Mostraban muchísimo entusiasmo con la iniciativa, el único problema era el idioma para organizarlos a todos, pero otros dos conserjes también se entusiasmaron con la idea y colaboraron. Al final aquello salió en prensa y todo.
—En menudo follón te viste envuelto.
—Pues sí, pero de todo se aprende, Juanlu. Después de aquello entré en AEHCOS y abogué por reunirnos con los sindicatos, porque aquél era un problema gordo y yo entendía que debíamos sentarnos todas las partes, y si se trataba de salarios pues todo podía hablarse.
—Sí, dicen que hablando se entiende la gente.
—Eso seguro. Aunque hay veces que no es tan fácil.
—¿A qué te refieres?
—Pues mira, durante uno de los certámenes del Festival de Cine de Autor, que entonces se celebraba en el Alay, los actores se pusieron en huelga. No veas el follón.—Me mira y se lleva las manos a la cabeza al recordarlo— Organizaron una manifestación y se encerraron en los salones del hotel. La cosa estaba calentita porque se mostraban violentos. Así y todo yo bajé a hablar con ellos, pero cuando vi que habían arrancado las cortinas de terciopelo del escenario y el plan que tenían, tuve que llamar a la Policía.
—Pues menudo show
—Ya te digo. Fíjate que a los policías que llegaron los escupieron en un momento y tuvieron que pedir refuerzos, aquello se convirtió en una batalla campal. Al final los actores salieron corriendo por todo el hotel con los policías detrás. Imagínate el mal aspecto que llevaban después de haber estado tres días encerrados. Los clientes desde los balcones preguntaban qué pasaba y mi secretaria, que me acompañaba, les respondía que estaban rodando una película, por lo que los clientes manifestaban su sorpresa ante la realidad de las escenas. Un espectáculo, Juanlu—Volvemos a reír, él recordando y yo imaginando la escena.
—¿Y por qué te fuiste si te iba bien?
—Bueno, pues los dueños del hotel tenían muchos hijos, dieciocho entre los dos hermanos. Y algunos ya ocupaban cargos en el hotel y lo hacían bien. Así que yo vi que tarde o temprano alguno de los hijos acabaría ocupando mi puesto. Algo normal. Así que adelanté acontecimientos para no verme en esa tesitura. Yo había comprado el terreno donde luego construí el hotel Aguamarina. También había cogido para el Alay la gestión del hotel Málaga Palacio, el Marina de Nerja y los apartamentos Andalucía. También había comprado una participación en los apartamentos Alay, que vendieron a un americano y además había montado dos tiendas de souvenirs con concesión administrativa para prensa; una frente al Siroco y la otra donde al Meliá.
—Vaya, no parabas.— vuelve a sonreír antes de continuar.
—Pues aún hay más; estando de camarero me busqué un sastre en Málaga y me traje las muestras de tela de una fábrica de Béjar para vender las telas. También cogí la representación de una empresa inglesa que llevaba güisquis, champán, cerveza Guiness… Fíjate que ganaba más dinero con todo esto que en el Alay. Pero vamos que los dueños lo sabían, que yo no lo ocultaba.
—¿Pero tú cuántas horas trabajabas?
—Uf, todo el día, todos los días.—me dice mientras me mira serio a los ojos— Descanso poco.

Este ha sido Miguel Sánchez, un empresario que ha destacado de manera singular como profesional. Fue durante doce años presidente de AEHCOS y veintitrés del Consejo de Turismo de la CEA, donde bajo su presidencia se creó la primera Ley de Turismo. Y por si fuera poco, también perteneció durante ocho años a la junta directiva de la Cámara de Comercio, y todo mientras crecía como profesional hostelero.
Ha ganado la medalla de la Junta de Andalucía en reconocimiento a su trabajo en el sector turístico, cosa de la que se siente orgulloso, pero también conserva en casa otras ciento catorce distinciones, todas muy importantes para él, afirma.
“A mí me empujó la ilusión por conseguir metas, no el dinero”, y asegura que la ilusión es el motor que lo empuja y que los errores sirven para aprender.
Lamenta que mientras las instituciones lo apoyaban se encontró con problemas creados por compañeros del sector que no aceptaban que viniendo de lo más bajjo hubiese montado una empresa hostelera… —Pero te aseguro una cosa, Juanlu, estos desprecios más que frenarme, me espoleaban—Me dice mostrando cierto pesar.
También asegura que la Costa del Sol está posicionada como nunca. —Jamás pensé que llegásemos a este nivel— Mientras habla muestra su total convicción.
—Hay quien dice que antes todo era mejor.
—Ya, pero también eran otros tiempos. Todo era más pequeño y más fácil de controlar. Hoy, el aumento en los últimos 10-15 años, ha sido de tal magnitud que no ha dado tiempo a algunas administraciones a ponerse al día, y ha quedado un poco descuidado el tema de las infraestructuras, que hay que adaptarlas a las nuevas afluencias de turistas. Así que las comunicaciones, la limpieza, la ornamentación y eso que llaman “cosmética urbana”, ya sabes: cuidar los detalles. Todo esto hay que mejorarlo.
También es cierto que se ha perdido un poco aquello con lo que empezó todo esto y que fue en lo que nos apoyábamos: nuestro carácter andaluz, nuestro tipismo, la simpatía, nuestras cosas singulares como nuestro arte… todo eso hoy se ha perdido mezclado con todo el aluvión de personas que vinieron de otros muchos sitios, personas que eran necesarias, pero que diluyeron un poco nuestra idiosincrasia, supongo que no hay sistema perfecto.
—¿Y qué solución ves?
Yo creo que lo que debemos hacer es empezar a estudiar la capacidad de carga que podemos soportar con las infraestructuras que tenemos. Analizar nuestras necesidades, como por ejemplo el transporte, que es super necesario. Mira, hay un proyecto de ampliación del aeropuerto que creo que lo va a dejar fabuloso, capaz de mover a cuarenta millones de viajeros pero ¿qué pasa con los accesos al aeropuerto? Porque este aeropuerto va a destacar en vuelos de largas distancias como el primero de Andalucía, pero los accesos todavía no están a la altura. Y son cosas como éstas las hay que corregir.
Si he traído a Miguel Sánchez a este rincón de Hijos de Nuestro Pueblo, no solo ha sido por su trayectoria profesional, de la que está sobrado de méritos, ni por sus reconocimientos institucionales. Tampoco por los cuatrocientos sesenta empleados que mantiene en sus instalaciones, sino porque además de todo eso es, sencillamente, una buena persona, que no es poco. Con él tienes la impresión de estar hablando con aquél joven camarero que un día salió de Peromingo y ayudó a levantar esta Costa del Sol nuestra con su trabajo, y que hoy da empleo a mucha más gente de la que dejó en su pueblo salmantino.
Nota anexa:
—Al final no me has contado nada de la historia de la coctelera.
—Ah, eso. Llevas razón—Me responde sonriente porque esperaba la pregunta.— Pues mira, Juanlu, la época en la que más disfruté fue durante mi trabajo de barman, entre el 65 y el 70, aproximadamente. En aquella época el bar del Alay era el bar de Málaga y yo disfrutaba allí como un enano con mis cócteles y mis inventos. Teníamos hasta una doble vajilla que hice yo con cocos y cañas de bambú. En fin, que a mí todo aquello me llenaba muchísimo, e incluso me presenté al concurso de coctelería. La primera vez quedé el segundo en el provincial, tercero en el nacional y en el internacional, que se celebró en Italia, quedé sexto. Así que a los dos años, en el 67, me volví a presentar y esta vez gané el provincial y el nacional y en Japón quedé segundo. La coctelera la guardo desde entonces, porque era uno de los premios, y lleva grabados los nombres de los miembros de la junta directiva de la A.B.E, dirigida por Perico Chicote. Para mí es de los objetos más preciados que poseo y todavía la sigo usando.
—Vamos que sigues siendo barman.
—Por supuesto. Y oye, el cóctel «Promesa» con el que gané aquél año, hoy lo sigo sirviendo en el restaurante del mismo nombre del hotel Maestranza y, por cierto, con mucho éxito.
—Pues yo no lo he probado.
—¡Pero Juanlu, eso es imperdonable! Que un amigo no lo haya probado.—dice enfatizando sobre el hecho— Recuérdame que te invite a uno.
—Tomo nota— le respondo acompañándolo en las risas.

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