Hay que tenerlos cuadrados

Los que me seguís sabéis que no me gusta posicionarme políticamente, ni en mi muro ni en mi grupo pero, a veces, como es el caso, me veo obligado a dar un paso adelante para defender aquello en lo que moralmente creo, que no es otra cosa que la libertad que cada uno tiene a vivir como le venga en gana mientras no conculque los derechos ajenos. Por eso he decidido dar mi opinión en un caso que considero, más social y de convivencia, que político.
En primer lugar, el cartel en cuestión, me resulta tan ridículo como aquél que aparecía en una vieja película de Bruce Lee que rezaba “No se admiten ni perros ni chinos”, y que trataba de insultar a los miembros de ese país al compararlos con una especie animal que siempre ha sido valorada por su nobleza y lealtad, incluso en algunos casos, más que ciertas personas. Ofensivo en todo caso por la intención, desde luego, pero ridículo por tan necio propósito.
En el caso que nos ocupa, a esos “maricones”, se les enmarca entre los “apestados” que usan chanclas o gorras, cosa igualmente absurda.
En cuanto al rechazo respecto a las peleas, el cartel de marras, tampoco descubre nada nuevo, pues cualquier establecimiento tratará de evitarlas por puro sentido común, pero claro, sin dar por hecho que la convivencia sea alterada por aquellos que llevan gorras, chanclas o disfrutan su vida y su amor de forma distinta al redactor de semejante libelo.
Y es que, que alguien venga de otro país y pretenda instalarse en este, cuyos códigos morales pueden no coincidir con los suyos, comprendo que pueda resultar chocante. Pero tratar de imponer una conducta contraria al sentir mayoritario al del lugar donde te instalas, ya me resulta de un rocambolesco rayano en lo absurdo y ofensivo, máxime cuando perteneces a una minoría que gusta que le sean respetados sus propios derechos de culto y costumbres por quienes hacemos de anfitriones. Cosa esta ante la que nada, por supuesto, tengo que objetar. Pero leyes de embudo, las justas.
Sin embargo, si tratas de vivir en un país ajeno y te permites ofender y discriminar a aquellas personas que, abriéndote las puertas, comparten una visión distinta de la vida en lo referente a la forma de manifestar sus sentimientos, eso ya me parece delirante. Máxime cuando, el foráneo en cuestión, no duda en atacar con injurias a la máxima autoridad municipal por posicionarse del lado del sentido común, la convivencia y la legalidad.
Como vecino de Torremolinos, y desde que manejo cierta lucidez, he entendido que este pueblo ha actuado, ya desde sus orígenes, como buque insignia nacional en el respeto al otro, sea cual sea su condición de raza, credo, sexual o la que le venga en gana manifestar, siempre que con ello no socave los intereses legítimos del prójimo. Esto lo he “mamado” desde niño, como cualquier otro vecino que se haya criado aquí. Por eso creo que hay que tenerlos cuadrados para venir a casa ajena a tratar de imponer unas repugnantes normas de conducta, tan rancias como ofensivas, excluyentes y que además de sernos ajenas, son ilegales.
Pero es que, esa actitud homófoba, además de atacar la convivencia, se dirige directamente a la línea de flotación de la imagen que siempre hemos dado como pueblo, así como a la economía local, que desde hace años viene promocionándose como un municipio abierto, sin prejuicios y respetuoso con el visitante, tanto si viene de paso como para quedarse.
De permitir esta conducta, que afortunadamente ha sido atajada eficazmente por las autoridades, ¿qué podría ser lo próximo? ¿que no se admitan mujeres, negros, rubios, rockabillys, gitanos, judíos o marroquíes…? Por poner solo un pequeño botón de muestra de lo extremadamente larga que podria ser la lista.
Porque cuando se empieza un melón así y se permite continuar, no se sabe como acabará. Por eso soy de la opinión que, en Torremolinos y ante casos como este, todos tenemos la obligación moral de presentarnos como “maricones”.

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