Hoy traigo a este rincón de Hijos de Nuestro Pueblo a Ricardo Jiménez Martín, del que podemos decir, sin miedo a equivocarnos, que es uno de los nuestros.
Un calvareño de pura cepa, criado en el pueblo y educado en el colegio La Paz. Su palmarés como portero de fútbol sala es tan largo que voy a obviar detallarlo aquí, y solo nombraré lo más destacado, porque este hombre fibroso de 55 años y 1,80 de altura, ha jugado durante 15 años en Primera División y 10 en la Selección. Ha sido internacional absoluto y universitario.
Ha conseguido:
El campeonato de liga en 1998
El campeonato de copa en 1995 y 2003
El campeonato de la Supercopa en 1995
La Recopa de Europa en 2003
Ha sido Medalla de bronce en el campeonato de Europa en Rusia, en 1999
Y elegido mejor portero de la liga LNFS en 1998.
Y con la Selección:
Campeón del mundo universitario, España 1992
Subcampeón de Europa, España 1999
Campeón IV naciones, Holanda 1997 y España 1998.
Y Campeón del Mundo absoluto, Guatemala 2000
Además es técnico especialista en electrónica de telecomunicaciones, y técnico especialista en delineación de edificios y obras. Sin contar que está titulado como entrenador de primera división.
A mí me sorprende su humildad y fácil accesibilidad. Es un tío llano, directo, no parece albergar muchas vueltas, y su sencillez me resulta realmente sorprendente. La entrevista con él, a pesar de tratarlo por primera vez, se convierte en una charla de amigos sin que me percate de ello.
—¿Tú eres de Torremolinos, no?
—Bueno, yo nací en París, por circunstancias, porque mis padres eran emigrantes, ya sabes, pero a los tres años de edad me trajeron a Torremolinos. Así que me considero de aquí de toda la vida. Además, mi familia materna es del Calvario.
—Vamos que echaste los dientes en el pueblo.
—Hombre, ya te digo, he estudiado en la Paz, he jugao en el Huerto Guerra… en fin.
—¿Y fuiste al instituto aquí también?
—No, yo quería estudiar electrónica y tuve que cursarla en Fuengirola porque aquí no se podía.
—¿Recuerdas a algún profesor de la Paz?
—¡Hombre, a don Francisco Aguilar! —Responde sin dudarlo— Porque aparte de buen profesor, como persona era impresionante. Y mira, años después de dejar el colegio yo me lo he cruzado por la calle y siempre lo he llamado don Francisco, es que no me salía llamarlo Paco o Francisco.
Escucha, —Continua— recuerdo una historia con él que no olvidaré nunca. Resulta que jugando en clase con mi amigo Barrionuevo, que en paz descanse, rompimos sin querer el cristal de una ventana. No veas el cabreo que pilló la maestra, vamos que nos quería expulsar, y eso que tanto el “Barrio” (Así llama Ricardo a su amigo) como yo éramos buenos estudiantes, pero en fin, éramos niños y algo traviesos y claro, pasa lo que pasa… Entonces nos llevó a don Francisco, que en aquella época era director, y él dijo que se encargaría personalmente de imponernos un castigo. Las clases empezaban a las nueve, y el castigo consistió en hacernos ir, durante un mes, cadaa día a las ocho a su casa, ahí donde estaban las casas de los maestros que han derruido para hacer una plaza.—Me explica señalando con la mano.
—Sí, sí. Conozco el sitio.

—Pues allá que íbamos cada mañana y nos plantábamos los dos en su puerta a las 8. Ya ve tú, los dos vivíamos al lao. “Habéis desayunao?” nos preguntaba al vernos. “Anda, veniros conmigo que voy a tomar café” y nos llevaba al bar de enfrente y nos invitaba a desayunar. Imagínate con doce años que tendríamos entonces, nos comíamos a Dios por los pies, y decía: “No me va a salir a mi caro el castigo”—Dice sin dejar de reír mostrando cierta emotividad mientras habla. —Pero el último día se lo contamos a nuestras madres, que nos dieron un dinerillo y le dijimos “Don Francisco, hoy invitamos nosotros” “¡¡Hombre, mira que bien!!”. Y así fue como don Francisco evitó que perdiésemos un mes de clase, porque ya te digo que éramos buenos estudiantes. Eso sí, le costó un mes de desayunos, y yo no lo olvidaré jamás.
—Y antes de la Paz, ¿tienes algún recuerdo?
—Claro, cuando empecé a jugar al fútbol, con Antonio Zambrana, el Bujía, que fue mi primer entrenador, luego cuando se fue a la mili nos cogió su hermano, el Molo. Así que yo empecé en los alevines del Torremolinos, porque en benjamines no me dejó mi padre por ser muy pequeño.
—¿Entonces no empezaste jugando fútbol sala?
—No, que va, eso en Torremolinos no existía. Solo había fútbol con once jugadores, ya sabes. Ni fútbol 7, ni sala ni na. Éramos unos mocos con un balón que nos llegaba a la rodilla y el enorme campo de albero. Por eso siempre llevábamos sollás las rodillas y los codos. Cuando veo con los medios que juegan los chavales de hoy, flipo.
—¿Y cómo es que pasaste del fútbol tradicional al fútbol sala?
—Jajaja, esa es la pregunta del millón.—Se ríe porque parece ser una pregunta recurrente en sus entrevistas— Pues resulta que yo era bajillo para mi edad, y es que los chavales pegan el estirón a los doce o trece años y yo lo hice algunos años más tarde. Entonces, aunque decían que yo era muy bueno, no llegaba al larguero y por mucho que yo quisiera saltar, no había manera. Y claro, mi compañero que ya había pegado el estirón el que salía de titular.
—¿Siempre jugaste de portero?
—Siempre. Mi referencia era Arconada y yo quería ser como él. Es que de portero se nace.
—Comprendo.
—Pues resulta que ya con 14 años empecé a aburrirme un poco y alguien, probablemente el cuñado de Paco Castillo, no recuerdo bien, me comentó que jugaban en plan compadre en las pistas del Palma de Mallorca, y de ahí pasé a jugar con la pastelería Castillo. Claro en el futbol sala la altura del portero no es tan importante, aunque luego empecé a crecer hasta el 1,80 que mido ahora, pero yo ya había descubierto que el futbol sala me gustaba y se me daba bien y me quedé. Luego nos federamos y jugamos en el Primera Provincial. Así estuve unos seis o siete años. Y oye Juanlu, aunque me esté mal el decirlo, pero yo paraba bastante bien.

—¿Mal el decirlo? ¿Por qué? Digo yo que por algún motivo estuviste 15 años en Primera División, 10 en la Selección Española y, de campeonatos ganados, mejor no digo nada. Así que debías parar bien. Lo digas tú o no.
—Visto así, pues sí. Luego me fichó el Ciudad de Málaga, que era de Primera División. Aquél año me salió espectacular y al año siguiente me llamaron cinco equipos, entre ellos el Pozo y me decidí por este. Y el resto es historia.
—Ya te digo. Y volviendo al pueblo ¿Qué recuerdos tienes de los lugares de tu juventud, al margen del deporte,?
—Bueno, es difícil separar el deporte de mi época de juventud. Por ejemplo, de los 13 a los 17 más o menos, recuerdo jugar en el Huerto Guerra, en el Pozuelo y en una pista que había donde hoy está el aparcamiento del Pozuelo, no sé si te acordarás, que la pista era roja.
—Claro, yo estuve en la inauguración. El piso era como de asfalto.
—Correcto, pues allí también íbamos a jugar. Y en temas de salir, iba al Piper´s, como casi todo el mundo, a la sesión de tarde. —Entre risas continua— Vamos, el que no haya ido en esa época al Piper´s es que no es de Torremolinos. También iba a Pueblo Blanco, ahí ya era más mayorcito, con veintipocos. —Se interrumpe un segundo antes de continuar enfatizando sus palabras— ¡Es que yo se lo cuento ahora a mis sobrinos y no se lo creen! Entraba allí a las doce de la noche y salía a las ocho de la mañana ¡Y eso que eran dos callecillas de na! Pero no veas que ambiente Juanlu. Se ponía petao.
—Ya, qué me vas a contar. Yo en aquella época iba a hacer fotos de ambiente para la prensa y flipaba—¡Ah!, y otro sitio de encuentro eran los futbolines, los de la calle “El Peligro” (Antonio Girón). Allí nos veíamos todos. Me encantaba mirar a los mayores jugar a al billar. Pero también recuerdo pasar horas jugando al ping-pong, al futbolín, al billar… allí nos dejábamos las pesetillas.
—¿Trabajaste en algo además de jugar al futbol?
—Sí, trabajé como delineante haciendo dibujos para un primo arquitecto que vino de Madrid. Bueno, me corrijo, en realidad yo le ayudaba haciendo algunos dibujillos. Echaba un par de horas o así pero oye, me gustó tanto, que acabé electrónica y empecé delineación. Me convalidaron los dos primeros años, pero tuve que sacar las asignaturas técnicas durante otros tres, y mientras trabajaba como delineante.
—Y también jugabas
—Por supuesto, también jugaba al fútbol.

—No me digas que no curraste “de verdad”— Le digo de broma
—Hombre, también me iba de peón con mi padre, más o menos desde los doce años. Cuando le salía algún chapú me iba a ayudarle y me ganaba un dinerillo
—O sea, que simultaneabas el juego con el trabajo.
—Y con estudiar. Mira, yo me levantaba a las seis de la mañana y a las siete salía para Málaga en mi Derbi Variant. Iba a las clases en el Politécnico. De ahí volvía a casa, comía y me iba al estudio de arquitectura de cuatro a siete y media; luego me volvía corriendo a casa y me recogía un compañero con coche y me iba a entrenar de diez a once y media. Así que mientras me duchaba y tal, llegaba a mi casa sobre las doce y media o más tarde. Y al día siguiente, vuelta a empezar. Por lo que cuando llegaba el fin de semana y jugábamos fuera, yo estaba encantado. Cogía mi almohada y cuanto más lejos teníamos que jugar, mejor. Porque yo me apalancaba en el autobús y me hinchaba de dormir. Es que claro, cuando llegaba a casa, después de entrenar, mientras cenaba y me relajaba un poco, me acostaba pasada la una y media y a las seis otra vez en pie. Y aunque a esa edad uno es todo energía, también era cansado.
—¿Recuerdas alguna anécdota de tu trayectoria profesional que quieras contar?—Se queda pensativo y haciendo memoria —pues no sabría decirte— pero de repente sonríe y comienza a hablar.
—Pues mira, jugando en Málaga estaba de utillero y masajista Aurelio, un personaje que si has jugado al futbol sala en Málaga seguro que lo conoces. Un día vinieron mis padres a verme jugar, y mientras estaba calentando levanto la vista y veo a mi padre abrazado a Aurelio. Resulta que habían trabajado juntos, mi padre de albañil y Aurelio de encofrador. Con este Aurelio vivimos momentos inolvidables, era un personaje. Un poco pesetero, por lo que a veces le gastamos alguna broma. Habría mil cosas que contar de él, pero recuerdo un día que jugábamos en Salamanca. Te explico, cuando ganábamos fuera teníamos una prima, quiero recordar, que de siete mil pesetas, pero aquél día acabamos el primer tiempo perdiendo 2-1 y Aurelio estaba tela de cabreao, no hacía más que decir —entonces se interrumpe y me pregunta— ¿Puedo decir una palabrota? —Claro, puedes decir lo que quieras— pues decía “hay que ver estos niños, claro, los hijoputas todo el día de juerga, que si las niñas, que si patatín, que si patatán, y así nos puteó todo lo que pudo, aunque reconozco que tenía su gracia. Total que acaba el partido y ganamos 2-3, fue mi primer partido de liga y me salió redondo. Entonces, para mi sorpresa, lo veo salir corriendo hacia nosotros, pero oye, —Puntualiza— que yo no lo había visto correr nunca. Pues se me viene y me abraza “¡¡Niño eres un monstruo, un monstruo!!” repetía celebrando la victoria con nosotros —Mientras me lo cuenta no deja de reír— Claro, que era por las siete mil pesetas que él también se llevaba. Joder, que risa, tío. Pero te digo una cosa Juanlu, aquél hombre, con sus cosas, sus bromas y sus leches era un personaje que le daba cohesión al grupo. Era la vidilla. Si llegabas de mal rollo por algún problema, te soltaba cualquier disparate y te tenías que reír. Guardo muy buen recuerdo de él.

Y, con la pastelería Castillo, ni te cuento los recuerdos que tengo. Fíjate que había quien se creía que yo era hijo de Paco Castillo. Y es que este hombre podría tener un Ferrari o un chalé impresionante con lo que se gastó en nosotros. Además también nos educó en valores como el compañerismo, educación, a ser buena gente… —En este momento me levanto a preparar café, a él le gusta sólo y con azúcar, y mientras lo preparo en mi pequeño office alza la voz y me sigue hablando— Pues sí Juanlu, Paco se merecería un monumento en el pueblo, una placa o una calle. Algo se merece este hombre, porque tú no sabes la cantidad de jóvenes que hemos pasado por su club. Para mí, Paco, es mi padre deportivo. Porque de algo estoy seguro, si he llegado a donde he llegado ha sido gracias a él.
—Dime una cosa— le espeto mientras le pongo el café y le interrumpo la lista de nombres de jugadores de su juventud que me va enumerando y que prefiero no reproducir para no dejar a ninguno fuera por olvido, aunque observo que repite varias veces el nombre de Paco Torrente, al que se refiere como un excelente jugador. —Tengo curiosidad por saber qué se siente cuando se acaba el partido y sabes que has ganado el Campeonato del Mundo. —Se para a pensar un instante antes de responder
—Imagínate el momento más feliz de tu vida multiplicado por cien. Es por lo que has trabajado duro hasta que llega ese día. Y no es que lo pienses, es que lo sientes. No sé explicártelo. Aquél partido que acabó 4-3, con Brasil, siendo ellos los favoritos y nosotros la primera vez que le ganábamos. Fue una pasada lo que sentí, Juanlu, pero no sé explicarlo. Quizá felicidad absoluta. No sé, no piensas en nada, estás como en una nube y la cabeza no te da para más que abrazar y besar a tus compañeros, saltar, gritar, cantar… además ese fue el primer mundial que ganó España. Fue la leche. Pero así y todo, aún recuerdo con más emoción, si cabe, mi primer campeonato de liga, que fue también el primero que ganó El Pozo. Aquél año vino a verme jugar mi familia, allí estaban en primera fila. Cuando faltaban dos segundos para el final del partido, que íbamos 4-2, me chutaron a puerta, despejé el balón y se acabó el partido. Yo salí corriendo en la misma dirección que la pelota y mis compañeros creyeron que la iba a coger de recuerdo, pero a mi el balón me daba igual, lo pasé de largo y abracé a mis padres. Mi mi madre dándome besos, mi padre palmadas en la espalda, mi hermana y mi sobrino abrazados a mí —Ahora me mira con expresión de que no me voy a creer lo que me va a contar y le cambia el tono de voz— Mira, me quedé sin habla, pero literal Juanlu, durante unos segundos no podía articular palabra, no me salía nada. Yo quería decir mamá… papá, ¡Pero no podía, te lo juro! —Ahora veo que se emociona— no sé si fue de la felicidad o de la emoción, pero no me salían las palabras.

¡Me quedé mudo! Imagínate, el pabellón con capacidad para unas siete mil personas, ¡y albergaba más de diez mil! Los pasillos llenos, el griterío era ensordecedor, y aquellos cinco segundos de estar abrazado a mi familia fueron increíbles. Yo trataba de decir mamá… papá —Me repite—¡y no me salía el habla! Nunca me había pasado antes y nunca me ha vuelto a pasar. Porque en Guatemala (Donde ganó el campeonato del mundo) sí, mucha alegría, felicidad y celebración con los compañeros y tal, pero verme allí, con mi familia habiendo ganado la liga en mi campo… fue una sensación que no he vuelto a experimentar nunca. Luego nos fuimos toda la familia a mi piso, que hacía poco que me había comprado allí, en Murcia. —Ahora me muestra una risa nostálgica—Y todos acoplándonos para dormir: en el sofá, en un colchón inflable y donde se podía. Porque claro, yo ganaba dinero, pero no era rico, tenía un piso de dos dormitorios, ya sabes, normal. Y allí toda la familia que fue a verme se vino a dormir, porque ésta es la parte que la gente no ve, la que hay detrás de toda la fiesta y los campeonatos. Y te juro Juanlu, que esos momentos para mí valen tanto o más que las fiestas de todas las victorias. Y por la mañana, con el piso lleno de gente, desmontando todo lo que montamos por la noche para poder desayunar, fueron momentos de auténtica felicidad.
Por circunstancias familiares no ejerce como entrenador profesional de futbol sala. Lo hizo en Suecia, pero no quiere dejar de visitar a su madre, en Torremolinos, siempre que puede— Para mí la familia es lo primero— así que se volvió a Murcia donde trabaja en una empresa. —Me han salido varias ofertas para entrenar en Polonia y otros países, pero estando las cosas así no me puedo ir tan lejos.

Ricardo con la Selección en Guatemala, donde ganaron el Mundial frente a Brasil
—¿Y eso?
—Pues tendría que salir del país, pero actualmente tengo a mi madre enferma, es muy mayor y, bueno, supongo que hay que priorizar. Para mí, poder verla y cuidarla, es más importante que entrenar al mejor equipo del mundo. Sé que no todos lo entienden. Pero mira, Juanlu, yo no sé lo que le queda a mi madre; si un día, un año o lo que sea, pero está muy mayor y quiero aprovechar el tiempo que pueda pasar con ella.
—No todos ven las cosas así.
—Lo sé, pero supongo que cada uno tiene su cabeza amueblada de una manera distinta. Cada cual elige sus prioridades, y yo elegí la mía. Mira, te voy a dar un dato: todas la Nochebuenas de mi vida las he pasado en casa. Todas— Ratifica— Incluso durante la mili, que ese día me tocaba guardia y pagué a un compañero para que me la hiciese y poder pasar la Nochebuena en casa. Que, por cierto, le ofrecí cinco mil pesetas, y él prefirió que le diera una camiseta. Así que por una camiseta —Me dice sonriendo— pude pasar aquella Navidad en casa. —Esto no me hace ni mejor ni peor, pero te ayudará a entender como veo las cosas.
—Y te quedaste pensando cuando te pedí una anécdota. Pero si esta es cojonuda. Venga, cuéntame otra de la mili.— piensa unos segundos y se ríe.
—Mira, cuando juramos bandera, el primer día teníamos que presentarnos a un teniente, en Cartagena, y cuando me ve me dice “¡Coño, tú eres el portero de El Pozo” y yo pensé, hostia, este me conoce. “Pues nada, tú aquí déjate de leches. ¿Sabes escribir a máquina?” Sí, mi teniente “pues te vas a la oficina, no te me vayas a lesionar aquí y la liamos”.
Pero yo veía que al capitán no terminaba de molarle que yo estuviera allí.
Un día, que fue toda la compañía al tiro, el teniente me dijo qu me quedase en la compañía, de cabo cuartel, y eso hice. Pero llegó el capitán: “¿Tú qué haces aquí?”. Pues que el teniente me ha dicho que me quede. “¡Anda, coge el fusil y te vas al campo de tiro!”. Y allí que voy yo con mi fusil colgado al hombro cinco kilómetros andando hasta el campo de tiro. No había dado ni dos tiros cuando me dice el teniente; “¡Futbolista! ¿Tú qué haces aquí?”. Que me ha dicho el capitán que venga. “Déjate, déjate. Pon ahí la munición y tira pa´la compañía no vayamos a liarla”. Y allí que voy otra vez de vuelta los cinco kilómetros a la compañía. Cuando llego me ve el capitán: “¡¿Pero tú eres tonto o qué te pasa?! ¿No te he mandado yo al tiro?”. Sí mi capitán, pero me ha dicho el teniente que me venga. “Pero ¿quién tiene más estrellas? ¡Tira otra vez pal campo de tiro y no se te ocurra volver!”. Y otra vez cinco kilómetros al campo de tiro. Ahora ya me fui directamente al teniente, Ruzafa se llamaba el buen hombre, que se portó conmigo espectacularmente bien. Y ya me dijo “No te preocupes, deja el fusil ahí y te quedas aquí conmigo, y cuando acabemos regresas con nosotros”. Así que cuando terminaron, volví con ellos caminando otros cinco kilómetros.— Ahora me mira con cara de resignación y guasa. —Ese día me chupé veinte kilómetros. Pero vamos, a pesar de todo yo guardo muy buenos recuerdos de la mili, no te creas.
Este ha sido Ricardo Jimenez, un vecino de Torremolinos que ayudó a El Pozo, a ganar prácticamente todos los primeros títulos de su historia. Que ganó el primer Campeonato del Mundo de Fútbol Sala con la Selección frente a Brasil y su foto cuelga del museo de la Ciudad del Futbol de las Rozas, formando parte ya de la historia deportiva de España.

—Debe ser emocionante formar parte de un museo nacional de fútbol.
—Lo que pienso es que, cuando ya no esté y lleve años muerto, yo continuaré formando parte de la historia de El Pozo y de la Selección, y por supuesto de deporte de este país.
—¿Algo que quieras añadir?
—Pues que gracias al fútbol he podido viajar mucho y he aprendido un montón, porque viajar te abre la mente como ninguna otra cosa. He estado en los cinco continentes, lo que me ha ayudado a ver la realidad de otros mundos. Mira, en un viaje de promoción que me pagaba Kelme, estuve en Yakarta: hotel de cinco estrellas y lujos a tutiplen, ya sabes. Pero cuando salía a la calle y veía lo que había, no veas Juanlu —Ahora se echa la mano a la cabeza en señal de desaprobación y sorpresa pasada. Es que no sabemos lo que tenemos. —En este punto me recuerda la entrevista con Josemi, que hizo un comentario parecido cuando habló de su visita a la India
A mí solo me queda por añadir, que sé de buena tinta que Ricardo siempre ha presumido de Torremolinos, allí a donde ha ido. (Y no me lo ha contado él) Cuando le preguntaban de donde era, su respuesta no generalizaba la provincia, sino que respondía concretamente que era de Torremolinos y luego si procedía, de Málaga, y si por el contrario respondía de Málaga, siempre añadía, Torremolinos.
Ricardo es uno de nuestros paisanos, orgulloso de sus orígenes, que ha destacado a nivel mundial y que se sigue sintiendo tan calvareño como el primero.
En fin. Yo abogaría por un reconocimiento municipal, algo que haga perdurar su nombre en nuestro pueblo y que le pueda servir de referencia a nuestros pequeños como ejemplo a seguir.
Si alguna autoridad municipal me lee, solo le pido que lo tenga en cuenta.

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