Somos muchos los que, sumidos en eso que llaman “Síndrome de la edad de oro”, olvidamos aquellos detalles cotidianos que nos mostrarían cómo fue la realidad de verdad, no la que recordamos según nuestros respectivos sesgos subjetivos. Pero inconscientemente, nuestro cerebro nos borra esa verdad de la memoria eligiendo, como si de un trailer se tratara, los mejores momentos de nuestros correspondientes pasados. Así que hoy me pongo ante mi teclado para dar forma a uno de aquellos curiosos recuerdos de niñez que mi padre suele contarme. Ya saben, los abuelos nonagenarios se sienten más cómodos hablando de su pasado lejano que de los hechos cercanos, los cuales a veces incluso confunden u olvidan.
Mi padre suele hablarme de su Galicia natal, de un mundo que no me es ajeno porque pude vivir, en primera persona, aquellas última bocanadas de una época que agonizaba y se desintegraba despacio como lo haría una píldora efervescente en un vaso de agua. No obstante, la totalidad de las piezas del mosaico las conserva él y, poco a poco, durante años de ir añadiendo recuerdos en amenas tertulias que a veces repite preso de auténtica nostalgia, me va desvelando la imagen que se esconde tras el sencillo y a la vez complicado puzzle de su lejano pasado.
Me recuerda las carencias que vivió, que fueron muchas, aunque matiza que nunca llegó a pasar hambre. Aquella era una España de posguerra, y las ciudades sufrían una escasez acuciante, pero él vivía en la calle agrícola de un pueblo que gozaba de cierta prosperidad impulsada por el ferrocarril así como de una asentada industria de calzado. Y en su calle todos, o casi todos, tenían sus pequeñas huertas además de unas pocas gallinas y conejos. Y, cuando podían, criaban algún cerdo que surtía de carne a la familia, mientras duraba, claro.
No dejaban de ser pobres, pero se las ingeniaban para bandear la situación.
—Aquellos fueron tiempos duros pero maravillosos,— Me repite más de una vez, siempre embargado por un evidente sentimiento de nostalgia. También, en esa misma calle, los había que sabían valerse, con más maña que otros, de la suerte que les tocó vivir.
Uno de aquellos fructíferos “mañosos” era conocido ampliamente en todo el barrio y, probablemente, en el resto del pueblo. El hombre en cuestión era, sin lugar a dudas, más rico que el resto. Su casa así lo mostraba, con una gran galería blanca que destacaba sobre las humildes viviendas que la rodeaban. Pongamos que se llamaba Rufino. No era un tipo que alardeara de nada y mi padre lo recuerda como alguien cordial con sus vecinos, y muy bien visto por todos. Nunca rehuyó de hacer favores, sobretodo con el teléfono, pues era el único que lo tenía en el barrio y, en tierra de emigrantes como lo es Galicia, que permitiese su uso era muy de agradecer.
Para quienes se pregunten el motivo de la riqueza de Rufino, esta no era otra que la compra y venta de ganado.
—Solía ver subir piaras de cerdos y ovejas que ocupaban todo el ancho de la calle. Venían de la estación del ferrocarril, luego volvían a cargarlos en vagones de tren para venderlos fuera. A veces tengo entendido que se exportaban a Europa, que estaba todavía en guerra. —Me explica mi padre envuelto en humo, mientras sostiene entre sus dedos temblorosos un cigarrillo a medio consumir.
—¿Y cómo hacía para vender ganado fuera del país en una época de tanta escasez?

—Y yo qué sé, yo era un niño. No le iba a preguntar si hacía estraperlo ¿No te parece? Además, tampoco era asunto mío.— Apunta mientras mueve la mano cerca de su cara como si tratase de expulsar ideas tóxicas. —Pero era una excelente persona. Si necesitabas algo y estaba en su mano, te ayudaba sin dudarlo.
—¿Algo como usar el teléfono? —Guarda silencio unos segundo antes de continuar, y su mirada refleja cuan atrevida es mi ignorancia.
—Ayudaba de muchas maneras, había algún año en que mi padre, tu abuelo, se veía en la obligación de vender una de las vacas de la yunta, y cuando venía la época en que lo llamaban para arar alguna finca vecina, no podía hacerlo. Y como ese era el único dinero que de aquellas entraba en casa, entonces acudía al señor Rufino a que le dejara una vaca, y este nunca se negó. No se la alquilaba, se la prestaba durante meses.— dice mientras señala sentenciando con el dedo hacia el techo, para luego continuar sin prisas— Además, fíjate, si a mi padre llegado el caso se le presentaba una buena oportunidad de vender la vaca, como él había estado cuidando y alimentando al animal mientras la usaba, el señor Rufino partía los beneficios según el engorde. Hacían sus cuentas y mi padre se llevaba una parte.
Por cosas así todos lo trataban de «señor Rufino». Pero nada de don Rufino ni leches, porque el trato era de respeto a su persona, que se lo ganaba a pulso. Y él correspondía con el mismo trato de respeto a quien se dirigía a él, fuese quien fuese.— Ahora reconozco que me ha impresionado.
Por mi parte, yo supongo que no sería descabellado preguntarse cómo conseguía el buen señor Rufino los permisos para semejante operación, habida cuenta de la necesidad de carne que tenía el país. Me cuesta trabajo imaginarme cómo lograba realizar estos negocios, sobretodo bajo el férreo control de la dictadura. Pero claro, en Europa se pagaba mejor y supongo que más de una autoridad hacía la vista gorda a cambio de un buen puñado de cuartos, como dicen allí.
Lo que sí está claro es que, en este país, siempre hubo en el ayer lo que continúa existiendo hoy. Con sus matices, claro, porque al bueno del señor Rufino, a pesar de los pesares, lo querían y respetaban en su barrio, al fin y al cabo, él no dejaba de ser uno de ellos ni olvidaba de donde venía. Quizá esa sea la mayor diferencia entre aquellos “mañosos” y los actuales «sinvergüenzas», que hoy se erigen en una supuesta élite superior, marcando distancias con sus vecinos y olvidando sus orígenes. Mientras que los señores Rufinos de entonces se volcaban con los suyos, ayudándoles y mostrándoles el debido respeto a todos. Porque creo que existían unos códigos de conducta y de moral, que hoy pasaron a mejor vida. Y si bien, ambos hacen y hacían del «pecado» mercancía, hay formas y maneras. Por lo que puestos a elegir, yo tengo claro por quien me decantaría, al fin y al cabo ya conocen ustedes aquello de que: «el que esté libre de culpa, que tire la primera piedra. Pues eso.
Y, ahora que lo pienso, creo que yo mismo he caído en el puñetero Síndrome de la edad de oro con que encabezo este escrito.
Es que no tenemos remedio, y yo no iba a ser la excepción.

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