José Losada «Carrete»

Tiene 84 años, aunque no está seguro de ello. Nació en una era en Ventas de Zafarraya, fue bautizado en Granada y registrado en Antequera, aunque de esto no hay constancia.
José Losada Santiago, Carrete, heredó el apodo por su madre La Carreta. Una sufrida mujer a la que recuerda con dolor y cariño.
Con cinco años empezó a bailar sobre las espigas de trigo que recogían en los campos convirtiendo el carro en una era improvisada.
Lleva 60 años en Torremolinos y toda una vida bailando.
Aunque le cuesta recordar el nombre de todos los sitios donde trabajó de joven, sí que recuerda exactamente lo que sentía y lo que hacía.
—Todavía tengo las puntas de las espigas en las plantas de los pies de cuando bailaba de chico sobre el trigo. Y se han hecho como granillos negros, como callillos. Son como puntillas de alfiler pero yo me peleo con ellos así.—Y da un zapateao con fuerza
—¿Y cuando empezaste a ganar dinero con el baile?
—Profesionalmente con unos 12 años, con los Vargas, en el tablao el Refugio, que estaba en Málaga, en la calle Marquesa Moya, en los cincuenta.
—¿Y no ibas al colegio?
—Sí, bueno, al colegio iba antes. Al reformatorio cuando me cogían, claro que yo dejaba que me cogieran, así me daban de comer ¿sabes? Y además me bañaban. Allí me tiraba dos o tres meses, me escapaba y luego dejaba que me cogieran otra vez.
—¿Pero por qué te metían en el reformatorio?
—Pues por pedir limosna en la calle. Entonces la cosa estaba mu mala. Yo me quedaba a dormir en la calle y me llevaban al Hogar de Fátima. En los cuarenta pasé mucha hambre, en aquella época había mucha miseria. Y había que buscarse la vida como fuera. Hasta que me cansé y me fui de mi casa. Ya ya no quería ir más al reformatorio porque lo que yo quería era bailar. Entonces fue cuando me recogieron los Vargas. Él era un guitarrista, el Niño de Almería, tenía cuatro o cinco hijos— ahora se pone serio al recordar aquella época— buena gente.
—En qué fecha viniste a actuar a Torremolinos?
—A principios de los sesenta, en una residencia de ancianos cerca del Remo. Luego en el hotel el Remo y más tarde en el Mañana, y así hasta Algeciras.
—Y qué recuerdas de aquella época?
—Uf, aquello era otro mundo. Torremolinos era un barrio de pescadores. Recuerdo como tiraban del copo. y poco más. Luego los señoritos venían los sábados y se hacían sus fiestas, en el hotel El Remo.
—Y bailabas para extranjeros?
—Que va. Los que venían eran españoles, aunque claro, podía venir algún extranjero, sobre todo americanos, pero los que más, españoles.
—Entonces ya empezaste a verle color al asunto
—Bueno, esta Costa siempre ha sido muy humilde, había poco donde rascar. Mucho campo y playa con sus pescadores y un puñado de barcas. Anda que no ha cambiao esto na, ojú.—Se lleva la mano a la cabeza para ponderar lo del cambio— Yo he estado en muchos sitios, pero escucha, estas playas que tenemos nosotros desde Almería hasta Algeciras, en pocos sitios Juanlu. Es que es como una calle de playa.

—Qué sientes cuando bailas, Carrete?
—Uy, siento mi vida. (Vuelve a zapatear aún estando sentado) siento ese don que Dios me ha dado y yo cada vez que me echo a bailar es como si se me abriese el cuerpo poco a poco. Y como me gusta me siento bien. Es maravilloso. Vamos, hasta el asma se me quita, que llevo el cacharro ese encima y se me olvida cuando estoy en el escenario.
—Supongo que a lo largo de tu vida habrás conocido a muchos personajes ¿cuál destacarías?
—Uf, no sé. Es que creo que los he conocido a todos.— Piensa haciendo memoria mientras sonríe— Hay muchos grandes como Camarón, Paco de Lucía, Antonio Gades, Carmen Amaya, Ava Gadner, Antony Quin, Briggitte Bardot… no sé, muchos. Han sido muchos años chiquillo. Mira, había un periodista, José María Amado, que se los traía de Almería, cuando rodaban allí, y a fin de rodaje daba una fiesta. Tenía su casa entrando al Calvario, (no sabe precisar el lugar exacto) Y allí invitaba a todos los artista. —se para un segundo— pero vamos, yo lo único que quería era comer, na más.
—No me digas, pero con tantos artistas…
—Naa, yo quería comer. Mira, la señora Carlota Alessandri decía: “traerme al niño, al Carretillo que saca a las mujeres a bailar”. Tendría yo doce añillos. Eran unos peaso de mujeres que no veas; artistas todas, unos personajes… pero yo no las conocía. Yo me moría por acercarme al buffet y comer. Es que el hambre es mu mala niño.
—¿Pero ya en los sesenta la cosa cambió no?
—Siii, muchísimo. Mira, también bailaba en la Venta Torreblanca, en Fuengirola, que venían los reyes, aunque entonces eran principes. Y allí hacían sus fiestas, que no lo sabía nadie. Hoy sé que venían gentes muy importantes, pero yo no me daba cuenta, porque no sabía quienes eran. Yo na má sabía que eran señoritos.
—Vamos que tu solo pensabas en comer— Se ríe
—Mira una vez vi en la mesa una cosa negra ¿sabes? Unas bolitas negras, que a todos les gustaban mucho.
—Eso sería caviar
—Ya, pero yo no quería na de eso. Mira Juanlu, a mi dame un cacho jamón y déjame de estas tonterías.— Ahora nos reímos los dos.
—¿Pero tú qué comida prefieres, Carrete?
—A mi me gustan las cosas antiguas, un buen potaje, una cazuela de fideos, un buen puchero y mojar pan en el tocino, cosas que se peguen al riñón. Yo no quiero cosas raras. Aunque ahora tengo que comer poquito, porque hay que cuidarse. Pero a mi dame cosas antiguas— dice sin dejar de reír.
—No, pero en serio. No veas como se divertía y comía aquella gente, luego volvía uno al barrio y no veas la diferencia. Yo me decía ¿esto cómo es posible madre mía? Es que no lo entendía porque la diferencia era mu grande. Por eso agradezco la suerte que he tenido en la vida. Por esto —y vuelve a zapatear con gracia— esto ma´salvao la vida, niño.— dice refiriéndose al zapateo.
—¿Y hasta cuando?
—Pues no sé. Mi mujer me dice que descanse ya, que ya está bien, pero esto es mi vida, Juanlu. Aunque sé que llegará el día que ya no pueda seguir. Eso sí, yo llevo una vida sana; ni bebo, ni fumo, vamos como un deportista.
—¿Podrías contar alguna anécdota de algo curioso que hayas vivido?
—Buf, me han pasao una pila de cosas. Pero si me han escrito hasta un libro. Tengo tantas que así de pronto no sabría decirte. —De pronto levanta el bastón en señal que acaba de recordar algo y continua:

XXXI Festival Flamenco de Torremolinos. 2019

—Mira, una vez el rejoneador, Ángel Peralta, hizo una fiesta en el Remo y nos juntamos la Paquera de Jerez, los hermanos Montoya, Porrina de Badajoz, Chiquito de la Calzá, Los Vargas y yo. Yo de aquellas na má que tenía un pantalón, unas botas y una blusa, ese era el vestuario que tenía. Y el ganadero Alvaro Domeq me puso mil pesetas grandes en el filo de la piscina y me dijo: “Ven aquí, mira, aquí te las pongo, ve al trampolín y tírate a la piscina”. Yo me quedé cortao, pensando si sería una broma, pero claro yo vi las mil pesetas y los ojos me echaban chirivitas. Es que era mucho dinero, Juanlu. Así que no lo pensé, me subí al trampolín vestido como estaba y salté. Claro, cuando las botas se llenaron de agua parecía un pato mareao, y no podía salir de la piscina. La hija fue la que me sacó del agua. Me cogió de aquí —dice señalando el hombro— y me sacó.
—¿Pero tú qué edad tenías?
—Pues unos catorce añillos. Allí nos daban de comer. A los artistas nos mandaban a que nos dieran algo en la cocina, pero yo me escurría y me iba al bufé, porque entonces esas mesas tenían gloria bendita.—se ríe mientras lo recuerda— es que yo era muy travieso. Pero pillaba un plato, lo llenaba y me iba junto a los compañeros.
—Trabajaste con Chiquito, no?— mientras habla no deja de golpear el suelo con su bastón, como si se ayudase con el ritmo.
—Sí, 50 años. Era un hombre maravilloso, otro que se buscaba la vida igual que yo y también luchó durante mucho tiempo matar el hambre. Estuvimos en el tablao el Jaleo, allí venían grandes cantaores y guitarristas. Estuvo Paco de Lucia, Sabicas, Terremoto… y otros muchos. En primera fila solía estar el Baron Rothschild, en su silla de ruedas, que me acuerdo que tenían que bajarlo a pulso por las escaleras. A veces nos daba unas propinas exagerás para repartir entre los artistas.
—Tú has viajado mucho ¿no?
—Sí, muchísimo, por toda Europa y últimamente estuve Nueva York. En Londres bailé en el teatro más grande, allí bailó Fred Astair. Pero también he estado en Marruecos y muchos otros sitios que ya ni recuerdo.
—¿Qué artista destacarías porque te haya gustado?
—Fred Astair—responde sin dudarlo— Porque lo veía que era muy natural. Y yo he cogido cosas de él y lo he metido en mi baile flamenco.—dice mientras vuelve a zapatear— aunque yo lo hago a mi manera. Pero el más grande, para mi, del mundo del flamenco ha sido Antonio el bailarín, que no veas como zapateaba.
—Estuviste 14 años de monitor en el Ayuntamiento de Torremolinos
—Sí señor. Y también lo compaginaba con mis cosillas, gracias a eso hoy me queda una paguilla. No es gran cosa, pero me da para vivir.
—¿A cuantas personas crees que has enseñado a bailar flamenco?
—Uuuf. A muchas, y sigo enseñando. De hecho ahora es cuando puedo hacerlo de manera más personal, y trato de enseñar todo ese baile que tengo dentro de mi, de todo lo que he visto y he vivido, que ha sido mucho, Juanlu, muchísimo.
—¿Y antes cuantos alumnos tenías por curso?
—Ohú, no sabría decirte, pero más de cien cada año, seguro. Aunque a lo largo del curso había quien lo dejaba.
—¿Algunos se han dedicado al baile?
—Sí, sí, algunos hay. Y me da alegría porque les veo que tienen mi escuela y mi estilo. Pero claro, en las clases había de todo. Había mujeres que venían a quitarse peso, y yo les decía: “Si estáis gordas irse a quitarse la pringue a una sauna o a un gimnasio, aquí se viene a bailar”.— mientras habla no dejamos de reímos
—¿Y no se enfadaban?
—Que va, se echaban a reír. Menuda se liaba.

XXXI Festival Flamenco de Torremolinos, Jose Losada (Carrete) y Luisa Chicano. 2019

—Además de la pobreza, también tengo entendido que conociste la riqueza.
—Sí, bueno, el dinero lo he querido para disfrutarlo, para vivir. Y he comido lo mejor que he podido, vamos, siempre en plan de pobre, pero bien, hasta donde he podido.
—¿En plan pobre?
—Sí, buena comida de la que me gusta, sin cosas raras. Ya sabes.
—Comprendo, porque para poca miseria, ninguna.¿No?
—Nooo, miseria ninguna, que ya he pasado mucha y ya no quiero más
—Siempre que te veo vas vestido como un figurín.
—Sí, siempre me ha gustado la ropa. Es que yo antes, de chaval, solo tenía una chaqueta, que la usaba para todo, hasta para dormir. —Entonces se para y se echar a reír antes de continuar— mira, la chaqueta tenía en la manga un cordón verde que yo decía que era de brigada. —Dice mientras se señala el antebrazo derecho y sin dejar de reír continua— y era de pasármelo así por la nariz— me muestra como lo hacía y los dos estallamos en risas— y claro cuando se secaba quedaba una lista verde. Y yo decía que eran galones de brigada. Es que la miseria es mu mala, chiquillo. Pero vamos Dios me ha dado fuerzas para salir de todo eso y yo se lo agradezco.
—¿De los sesenta, qué podrías contarme de Torremolinos?
—Bueno, yo recuerdo el Remo y luego el Mañana, que era una gran sala de fiestas, puede que la mejor de la Costa en aquella época. Actuábamos los sábados, que era cuando venían lo señoritos.
—¿Y si ahora, con lo que sabes, volvieses a tener 15 años?
—Oooooh, con lo que yo tengo aquí en la cabeza, y en los pies —vuelve a zapatear— me comía el mundo.
—Pero bueno, Carrete, lo vivido, vivido.
—Eso sí es verdad. A mi me ha pasado de todo, pero de todo. He sido pobre, he tenido mucho dinero, lo he gastado. He disfrutado, he sido feliz y también he llorado muchas lágrimas. La vida ha sido dura y también amable. Pero hay que tomarla como viene, porque es así. Nunca deja de darte sorpresas, cuando ya crees que todo va a ir bien, te da un palo y cuando crees que no puede ir peor, empeora. Pero de pronto da otra giro y te pone arriba. Es la leche, nunca deja de sorprenderte, para bien o para mal. Yo ahora estoy tranquilo, ya no quiero más líos.—Entonces recapacita— Claro que si tuviese 30 años menos me liaba otra vez, le echaba dos cojones y pa´lante.— se ríe— Yo nunca me he quedado llorando en el sofá, siempre he salido a buscarme la vida.
—Pero ahora puede decirse que has triunfado por fin. Tienes un nombre en Málaga y fuera de la ciudad.
—Pues sí, pero no veas lo que me ha costado. De todas formas yo sigo llevando mi niño dentro. Porque dentro de mi hay un Carretillo que sigue dando guerra. Puede que el cuerpo no me acompañe siempre como yo quisiera, pero mi Carretillo no descansa. Ya no tengo el vigor del niño, pero la experiencia me permite hacer otras cosas que mi Carretillo no podría.
—Vamos que el Carretillo se desboca y es el Carrete quien lo mete en verea.
—Ahí está.

Festival flamenco, auditorio. 2009

—Pero bueno, tú sigues activo.
—Sí, pero claro, me noto que no es lo mismo.
—Pero ahora ya has conseguido estar arriba.
—Pues no lo sé. Pero ahora estoy muy bien, Juanlu. Lo tengo todo. No soy rico, pero tengo todo lo que necesito y veo que la gente me quiere y me respeta ¿qué más se puede pedir? Gracias al Señor que me ha conducido por el camino bueno, porque cada vez que me desviaba venía y me metía otra vez en verea. —ahora soy yo el que se ríe y él insiste— ¡Que sí hombre, que es así! Yo tengo mucho que agradecerle al Señor.
—Pero la vida no deja de sorprenderte y darte sustos
—Eso es verdad. Pero para eso está la inteligencia. No se trata de saber muchas cosas de los libros, porque aquí— y se señala la cabeza— tenemos miles de sentimientos que hay que saber conducir. Porque ahora estamos hablando, pero no dejamos de pensar y hay que saber aprovechar las cosas como vienen y agradecer lo bueno que nos pasa.
—Te veo muy creyente.
—Yo creo mucho en Dios. Mira, yo lo primero que hago cuando me levanto es asearme, tomarme mi manzanilla y rezarle a Dios y a mi mujer Josefa, que en paz descanse y que fue muy buena y nunca olvidaré. Luego me siento y me pongo a escribir y a leer un poquito.
—¿De qué santo eres devoto?
—Yo soy devoto del mundo y creo mucho en Dios, en Él tengo fe.
—¿Pero no tienes ningún santo o algún Cristo o Virgen a la que le tengas devoción?
—No, mi único santo es Dios, al que le pido que me de fuerzas y ya está. Yo hablo directamente con Él, no necesito intermediarios. Mi religión siempre ha sido vivir, respetar y ayudar siempre que pueda, porque a mí me han ayudado tanto que yo no puedo dejar de hacerlo.
—¿Es mejor el mundo de hoy o el que conociste cuando eras niño?
—Hombre, el de hoy es mucho mejor. Mira esos niños que saben más que los ratones coloraos. Con esas carreras y esos estudios. Con sus mentes más abiertas. Nosotros éramos más cerraos, no voy a decir que más “agilipollaos”, pero estábamos tontos porque no sabíamos nada. Solo sabían los cuatro ricos, los de los señores que podían pagarle el colegio a sus hijos, pero el pueblo estaba fatal. Hoy eso ha cambiado, y hay de todo para todos. La cosa está más repartida. Esto es una maravilla para los chavales de hoy, aunque también lo tienen crudo porque la vida no es fácil. Pero los ves con veinte años y lo que saben, y antes no sabíamos na, era una pena. Solo sabían los que podían pagarse su carrera.
—Antes de acabar ¿tienes algún proyecto entre manos?
—Pues mira, el día 20 de septiembre, estrenaré un espectáculo en la Taberna Flamenca Pepe López, el antiguo Jaleo. Se hará en honor a Falla: “Carrete baila a Falla”, como siempre voy a dar todo lo que tengo. También bailarán Luisa Chicano y Carmen Álvarez. Al cante estarán Alejandro Estrada y Carmen Ruiz y a la guitarra Antonio Soto y Rubens Silva. Merecerá la pena ir a verlo, sobretodo a los aficionados al buen flamenco.

Este ha sido José Luis Losada, Carrete. Un personaje que emana una gran dignidad y respeto. Un hombre que ha sabido vivir la vida aunque le han tocado tiempos difíciles. El mayor de ocho hermanos, ya bailaba con cinco años sobre las espigas de trigo; ha pasado hambre y se ha bebido la vida a grandes sorbos. “Porque la vida es para vivirla”, dice sin dudarlo.

Es un artistas de raza, hecho a sí mismo, y fue el año pasado cuando redondeó sus triunfos, porque estrenó “Quijote en Nueva York” en la gran Manzana. En Londres tuvo una actuación que pasará a la historia y además, en Torremolinos, fue homenajeado y se erigió una estatua suya en el centro de la ciudad, donde perdurará por siempre.
Carrete ha conseguido a lo lardo de su vida varias menciones y premios, aunque ser la undécima persona en recibir el Premio Leyenda del Flamenco, lo emociona. Hay quien lo llama el Fred Astaire del flamenco, aunque yo creo que si el americano hubiese tenido los difíciles comienzos y oportunidades que tuvo Carrete, no habría llegado tan lejos.
De niño acudía al cine Rialto, a veces con el dinero de la batata que tenía para comer. Pero ver bailar a Fred Astaire en aquella pantalla grande lo hacía soñar, aunque también le servía para refugiarse del frio, hasta que lo acababan echando porque se pasaba horas allí.
Este gitano con clase y estilo, se casó cuatro veces, incluso una de ellas en Santa Mónica, por el rito mormón. Tuvo siete hijos y le fallecieron tres.
Proveniente de una familia de lo más humilde ha pasado a convertirse en un grande de Torremolinos y de Málaga.
Hablar con él ha sido toda una experiencia. Su sencillez y la sabiduría que le otorgan los años vividos en un mundo cambiante, lo hacen un fantástico contertulio. Porque sabe mezclar con sencillez su empírica filosofía de vida con su arte flamenco. Realmente me he sentido honrado con poder traer a mi rincón a este Hijo de Nuestro Pueblo, cuya vida derrocha espíritu de constante lucha por la superación y la perfección. Y sigue luchando, como él dice: Mientras el cuerpo aguante.

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