Rafael Montes Ortega

A sus 64 años, Rafa es uno de los mejores profesores y el más creativo de los que me he cruzado en mi vida. El mejor si cuento su dedicación fuera del horario lectivo. Conozco a Rafa desde mi adolescencia, y puedo asegurar que pocas personas han dedicado tanto a su profesión como lo ha hecho él. Cuándo lo conocí era un joven que nos daba clases particulares a unos pocos alumnos, sobretodo clases de recuperación. Pero a medida que fue pasando el tiempo y creó la Academia Nobel, nos mostró a todos que había otra manera de enseñar y de hacer las cosas. Nobel ha sido durante muchos años una academia humilde, instalada en locales comerciales de un barrio no menos humilde, pero que alcanzó renombre en Torremolinos y fue una referencia en la enseñanza gracias al esfuerzo y dedicación de sus profesores, entre ellos Rafael Montes, al que hoy traigo a este rincón de Hijos de Nuestro Pueblo. Él, junto a su amigo Juan Santana, que en paz descanse. Conformaron un tandem difícilmente superable, al que luego se sumó Paco Ortega para completar el equipo.
Tengo que decir que lamento profundamente la ausencia de Juan, porque una terrible enfermedad se lo llevó allí a donde vayan las almas nobles. Pero no quiero olvidarlo porque también lo conocí, y sé lo buena persona y lo excelente profesional que fue en vida.

—¿Cuándo te percataste de que enseñar era lo tuyo?
—Ya con 13 años sentía la inquietud de enseñar, me viene desde la infancia. Siempre me han gustado dos cosas, la investigación y la enseñanza, por lo que me siento muy afortunado puesto que he podido hacer las dos. Investigué porque pasé muchos años en la Universidad y después he continuado con la enseñanza hasta el presente, vamos, ya hasta que me jubile.
—Ya veo que te va la marcha
—Siempre me ha encantado transmitir conocimientos, de hecho puedo pasarme cada día explicando la misma cosa y me sigue motivando.
—¿Por qué no te has dedicado a la enseñanza reglada?
—Es que me siento más libre trabajando como lo hago, aunque no voy a negar que mi mujer me lo ha reprochado más de una vez, y no puedo condenarla por ello. Mira, en la urbanización donde vivo coincide que residen muchos profesores de instituto y cuando llega el verano todos están de vacaciones y, claro, yo trabajando. Y encima con más faena que en todo el año. Y claro, ella me ha machacado esto durante mucho tiempo, pero yo me he sentido más libre. Y he hecho las cosas a mi manera sin encorsetarme con la normativa educacional de turno, por lo que siempre he disfrutado con mi trabajo.

—Claro, trabajas más en verano porque das clases de recuperación a chavales que suspenden.
—Bueno, esto es una verdad a medias. Es cierto que tenía más estudiantes en verano por las recuperaciones, pero también venían muchos para saber más de su futura especialidad. Jóvenes con vocación en una determinada rama de la ciencia, que querían complementar esos conocimientos que habían adquirido en el colegio, o a verlos de otra manera. A eso es a lo que más me he dedicado y lo que más me gusta, ya lo sabes. De hecho es lo que estoy haciendo ahora.
—Eso nunca lo comprendí, si van bien, ¿para qué más clases particulares?
—Verás, es gente que se marca una meta y quiere conseguirla a toda costa. Por ejemplo— se para para pensar un instante— un alumno quiere ser médico, pues yo desde que se lo propone, que suele ser de jovencillo, le ayudo a prepararse para eso. Los guío por el camino que sé que necesitarán para conseguirlo. Y aunque muchos temas coinciden con la enseñanza reglada, hay otros muchos que se salen del guión pero que sé que le serán muy útiles. Sobretodo me alejo de los temarios cerrados que te exigen en los institutos
—Pero supongo que en tu éxito influye también las formas además del contenido de lo que enseñas. Yo te he visto implicado en temas que van más allá de tu obligación como profesor, llegas mucho más lejos que los profesores de la educación reglada. Vamos que sueles sacar los pies del tiesto y te sueles implicar más de lo obligado.
—Sí, bueno, pero me he comprometido porque yo creo que es una cuestión vocacional. Hay quien me dice que tengo un don con los niños, pero reconozco que cuando me topo con un chaval o una chavala que va mal en los estudios y consigo entablar contacto y transmitirle esas cosas que mencionas, sé que me los acabo ganando. Y a veces despiertas vocaciones que tienen dormidas, porque mira Juanlu, yo pienso que todas las personas tenemos un potencial, unos lo evidencian a diario, pero a otros hay que saber sacárselo, y ese creo que es mi trabajo. Y para ello tienes que dedicar mucho tiempo y que te guste lo que haces.
—Tú es que creo que te pasas un poco.
—Puede ser, de hecho hay veces que le he dedicado a preparar una clase dieciséis o diecisiete horas. He pasado muchos domingos trabajando desde las siete de la mañana hasta las ocho o las nueve de la noche, solo para que la clase sea comprensible y amena. Hay mucho esfuerzo detrás de cada clase, no se trata solo del par de horas de contacto con los alumnos, sino de toda la puesta en escena para que el mensaje cale.
—Creo que eres un vicioso de tu trabajo.
—Es posible. Es una forma de verlo. Pero hoy ya no puedo hacer esas cosas, ya sabes, la edad no me permite ciertos excesos. Aunque ahora tengo más experiencia, veo que he madurado y sé coger atajos, pero oye, la ilusión no la perdido y sigo teniendo esa necesidad de transmitir. Eso que comentabas de sacar los pies del tiesto, no es algo que haga de manera preconcebida, es algo que me sale de forma espontánea.
—Háblame de tu paciencia, porque sé que no es normal. ¿La ejercitas o te viene de serie?
—Mira, hay una frase que dice que la corona de la ciencia tiene dos joyas, la paciencia y la experiencia. Y yo creo que es verdad, hay que tener ambas cosas. La experiencia se adquiere con el tiempo, pero la paciencia de debe de venir, al menos, un poco de serie, como tú dices.
—Ya, pero una cosa es tener paciencia cuando investigas metido en tu mundo, sin que te molesten, y otra es bregar con adolescentes con las hormonas desbocadas.
—Sí, claro. Y llevas razón, pero creo que el secreto se basa en ver al alumno como algo novedoso que tratas de “cambiar” en cuanto a su percepción de lo que representa la enseñanza. Cada alumno es motivo de investigación, hasta conseguir descubrir el cauce por el que puedo transmitirle lo que necesita saber sin interferencias por su parte. Porque cada alumno es una persona con sus peculiaridades, no un número como suelen verlo en la Universidad. No creo que exista la misma emoción en una y otra forma de enseñar.
Al alumno que no puede, lo veo como un problema al que debo de buscar solución, y si no lo resuelvo es mi error. Por eso, cuando algún chaval no aprueba y le digo que me siento fracasado, no lo entienden. Pero es así, porque no he sido capaz de llegar a él para hacer que estudie. Eso sí, lograrlo me produce un estado de felicidad difícilmente explicable, de no sentir esa emoción habría colgado los hábitos hace tiempo.
—A ver, dame algunos datos, por ejemplo, ¿cuándo comenzaste a dar clases, tienes una fecha? —Sonríe y me mira como si supiera que me va a sorprender.
—Más que una fecha tengo una edad, mi primera clase la impartí con siete años.
—No jodas—
—Que sí. Resulta que me aprendí el Catecismo de memoria y las monjas me llevaban de monja en monja y decían “mira el angelito”—No puedo evitar interrumpirlo con una carcajada— Sí tú ríete, pero y entonces me decían “recitalo” y allí empezaba yo: “Dios, nuestro padre que está en los cielos…” y les decía el Catecismo de memoria. Entonces decidieron que lo recitara a los otros niños a la hora del recreo, y para que no se escapasen los ataban a la pata de la mesa.
—¿Cómo que los ataban a la mesa?
—Como te lo digo Juanlu, literal, para que no se escaparan. Y yo les largaba el rollo a ellos mientras estaban allí atados. Claro, cuando salíamos de clase era cuando yo cobraba, y lo hacía en especias, porque me daban de capones —En estos momentos no aguanto la risa, ni él tampoco, nos carcajeamos de lo lindo, pero continúa— Pero es que tenían razón, leche, si los tenía avasallaitos a los pobres. Yo, dándoles el tostón a la hora del recreo, Juanlu, y claro, se vengaban. Pero sí, esas fueron mis primeras clases, al finalizar el curso me dieron un diploma y todo, pero los capones también me los llevé.— Más risas— Luego ya, con trece años sí que cobraba dinero, iba a hoteles y a casas a dar clases particulares, entonces a los que hacíamos eso nos llamaban preceptores.
—Seguro que tendrás alguna anécdota graciosa de esa época. —Claro que sí —Me dice mientras sonríe y comienza a hablar bajito— Mira, resulta que le daba clases a una niña de primaria. Era casi como yo, porque solo tenía 13 años aunque yo aparentaba más. —Sí, tu siempre has sido mu revejío, le digo en tono de guasa. —Llevas razón. Pero escucha. Yo le daba matemáticas, y la niña siempre contaba con los dedos —Mientras habla hace el gesto y cuenta con los dedos— 1,2,3,4… Y yo ya estaba harto de verla contar con los dedos y entonces le dije: ¡Se acabó, hay que contar con la cabeza! Y se lo dije mientras me señalaba la sien. Y entonces dejó los dedos y empezó de nuevo: 1,2,3,4… —Y ahora me arranca otra carcajada cuando lo veo meneando la cabeza de un lado a otro mientras cuenta del mismo modo que lo hacía su alumna.— También recuerdo las clases de un chavalín pequeño, al que le estaba enseñando a escribir, para animarlo le dije: ¡Venga, que le vamos a escribir la carta a los Reyes Magos! Y de pronto el niño se me echa a llorar todo desconsolado ¿Pero qué te pasa? Le pregunto preocupado al ver el arranque inesperado del pequeño. “… que no me sé la dirección de los Reyes” —Y volvemos a arrancar a reír.— Y así estuve dando clases a pequeños y a alumnos de bachillerato.
Academia Nobel. Rafael en una de sus clases de física durante la década de los 90.

Academia Nobel. Rafael en una de sus clases de física durante la década de los 90.

—¿Recuerdas a algún alumno de aquella época por algún motivo especial? —Pues ahora así, no sabría… bueno sí, el alumno de mayor edad que tuve fue un cura. Don Adrian, no sé si lo conocerás.—Claro, él me dio clase de religión en el colegio y además fui monaguillo suyo— Yo también fui monaguillo con él. Don Adrián era entonces profesor de religión en el instituto, cuando terminó quiso hacer magisterio, y aquél verano yo le di clases de matemáticas para prepararlo. Fue a partir de entonces que empecé a dar clases a pequeños grupos.
—Háblame de esas clases a grupos. Y de eso a lo que yo le llamo sacar los pies del tiesto. —Pues posiblemente la mejor época fue a finales de los ochenta y los noventa. Se creó una asociación juvenil que tenían la sede en las propias aulas. Nosotros no pertenecíamos a ella por razones de edad, pero colaborábamos con ellos en todo, incluso dejándoles las aulas como sede. Y hacíamos cosas curiosas. Mira, los sábados, por ejemplo, montábamos talleres. Entre ellos, por ejemplo, de esencias aromáticas, y hacían perfumes que luego vendían para con el dinero hacer más experimentos. Ya sabes, comprar cacharros y esas cosas. Pero vamos que la asociación estaba aprobada por la Junta de Andalucía, era una cosa seria. Se llamaba Generación´90. También hacíamos un periódico y todo tipo de actividades, asistíamos al teatro, hacíamos excursiones a lugares como Cazorla, íbamos a restaurantes… en fin de todo un poco. Solo había un par de normas en la asociación: que no había edad para divertirse y que divertirse no estaba reñido con aprender. Vamos, que podías aprender y divertirte al mismo tiempo. Esto incluso estaba recogido en los estatutos. Fue una época muy bonita, como también lo fue cuando llevábamos actividades extraescolares a los colegios.
—¿Y cuánto duró?
—No sabría decirte una fecha exacta, pero yo tengo relacionado el fin de la asociación con la llegada de la ESO. Mira, recuerdo que lo último que tratamos de hacer fue pasar un fin de semana en un parque natural de la sierra Sub-bética cordobesa. La idea era desayunar y comer allí y pasar una noche, además de ver el parque, visitar también a los Amigos de la Asociación del Asno, el Museo del Aguardiente… y, en fin, un montón de cosas. Pero los chavales no querían porque decían que llegarían tarde a Puerto Marina. Este fue el principio del fin de la asociación y ocurrió al poco de entrar la ESO. Que probablemente fue casualidad, pero coincidió con el cambio de modelo educativo, eso lo recuerdo perfectamente. Eso sí, al principio hubo mucha gente, más de setenta u ochenta socios. Llenábamos un autobús y nos faltaba sitio.
—Vamos que no parabais
—Pues no. Es que hacíamos de todo. Mira una vez me fui a Cazorla y me traje el coche lleno de plantones de pinos que plantamos aquí en la sierra de Torremolinos. Además jugábamos a juegos de mesa como el Trivial, ajedrez… y hacíamos muchos experimentos en la academia, porque la idea era acercarlos a la ciencia y que la vieran como algo divertido. Hacíamos muchas actividades.
—Los teníais motivados
—Esa era la intención. Y llevo como orgullo que cuando llegaban a sus institutos, los profesores les preguntaban extrañados que dónde había aprendido esas cosas. Porque en el instituto no las hacían, bien por falta de tiempo o porque no venía en el programa. Pero lo cierto es que nosotros, incluido yo, disfrutábamos mucho con esas actividades. Creo que he tenido mucha suerte de trabajar con gente joven, Juanlu, porque los jóvenes te dan buenas vibraciones.
—Sí, bueno, pero también hay que saber conectar con ellos.
—Eso sí, claro. No te voy a engañar, todo no ha sido un camino de rosas, también he tenido chavales que se han atravesado. Vamos que no había “filing” entre ellos y yo. Mira, hubo una chica que me dijo que iba a venir a quemarnos la academia con nosotros dentro.
—¡No jodas!

Rafael en uno de los experimentos con alumnos. Década1990.

—Como te lo digo Juanlu. Pero es que cuando yo vi a los amigos por Torremolinos llamé a mi compañero Paco y le dije que estuviese preparado para llamar a la Policía, porque no descartaba que fuesen capaces de pegarnos fuego. Pasamos una temporada angustiosa. Luego se disculpó y me pidió que le diese una oportunidad y resultó ser una bellísima persona, pero al principio, puf —Se calla y deja de escapar aire ruidosamente entre los labios indicando que fue duro.— He pasado algunas rachas complicadas. Mira, poco después de tu época —Me señala recordándome que yo también fui alumno suyo— resulta que a los chavales les dio por escaparse de casa. No sé, era como una moda. Y más de uno me acabó llamando de madrugada para decirme que se había ido de casa. Y ahí me tienes, vistiéndome a las tres o las cuatro de la madrugada, para salir a buscarlo. Y llamar a casa de sus padres antes de salir, -porque no había móviles-, para tranquilizarlos, que ya iba yo a hablar con él. Y allí que me iba con el chaval a un bar a tomarnos un café mientras se desahogaba conmigo. Pero ya te digo, aquello fue como una moda. Ahora no los echas de casa ni con agua hirviendo —Me dice mientras nos echamos a reír.— ahora han aprendido que se está mejor en casita.
—¿Cuantos alumnos han pasado por tu academia?
—Pues no sabría decirte, nunca los conté, pero seguro que miles. Desde que empecé a dar clases han pasado 51 años, y con la academia desde el 82, más o menos desde que me casé.— ¿Pero en la academia a cuantos les dabas clase al año?— pues calcula que al principio eran de 300 a 500 en un año. Así que echa cuentas.
—Una jartá.
—Pues sí. Pero yo me he sentido muy realizado en mi trabajo y muy afortunado, y también he aprendido mucho de los chavales. Me quedo más con la experiencia que con los números.
De Rafa puedo decir, sin miedo a equivocarme, que ha sido un auténtico creativo en la enseñanza. El padre de un alumno lo llamó “El último mohicano de la enseñanza”, y no le faltaba razón. Nació en Cabra y con cuatro años lo trajeron a Torremolinos. Su primer colegio fue el Vigía con las monjas, cuyos terrenos entonces llegaban al edificio N-340.
—Recuerdo que era como un cortijo. Pero en cuanto hacíamos la comunión nos echaban a los niños del colegio, así que fui al Miramar y de ahí pasé al colegio La Paz, con don Liborio. Que tenía las clases en donde luego estuvo Protección Civil.—Se para y reflexiona un instante— Don Liborio era un personaje.
—Sí yo también lo conocí. Menudo perla.
—Mira Juanlu, en una ocasión, recuerdo que como castigo puso a un grupo de alumnos contra la pared y les tiraba trompos, que les requisó por jugar cuando no debían. Se los tiraba a la piernas, como si los estuviese fusilando. Lo de pegarte bofetones como panes era de lo más habitual. —Ahora me pone una expresión en la que adivino que lo que viene me va a sorprender— Te voy a contar otra anécdota curiosa. La única vez que a mi me han pegado con un palo fue en la academia Miramar, porque se cayó un papel al suelo y pagamos todos los que nos sentábamos alrededor. El maestro había cambiado la vara de bambú, que se le rompió, por un listón de madera lleno de astillas. —Que cabrón— Ya te digo. Pero oye, yo nunca olvidé el palo que recibí injustamente. Y resulta que al paso de los años, tuve a la hija de aquél profesor de alumna en la academia— ¡No me digas!— Pues sí. Un día vino el padre a hablar conmigo, le recordé aquella época y me reconoció. Estuve hablando con él largo y tendido, y me resultó una persona encantadora. Me confesó que estaba muy arrepentido de como actuaban entonces. Pero claro, era otra época.
—Seguro que sí. La época era la que era y la gente, incluidos los profesores, no actuaban igual que ahora. Perdona que meta este inciso, pero en mi próxima novela hablo exactamente de esto. Cuento mis recuerdos de clase y por supuesto, exculpo al profesor que usaba la vara con nosotros con insólita frecuencia, porque creo que también fue víctima de aquellos tiempos y de las circunstancias.
Y ahora, cambiando un poco de tema ¿a qué lugares de Torremolinos solías ir de joven?
—Pues con unos 13 o 14 años, recuerdo que en la zona de Eurosol había una discoteca que se llamaba don Corleone, y allí iba la gente jovencita. Y luego la zona de Carlota Alessandri, lo que llamábamos Montemar, aquello estaba plagado de discotecas, yo solía ir al Number One y al Joy. Hasta que mi padre le hizo un trabajo al dueño del Piper´s, al que yo fui de ayudante, y al dueño se le ocurrió, que sería buena idea hacer fiestas para universitarios los fines de semana. Y entonces hablé con los de medicina que las acabaron organizando los domingos mientras que los de ciencia y magisterio lo hacíamos los sábados. El Piper´s ponía el local y un camarero, el resto lo poníamos nosotros. Allí conocí a la que hoy es mi mujer. Aquella fue una época bonita, al menos para mi.
—Dime un grupo de música— The Corrs. —responde sin dudar
—No quiero acabar sin que me cuenes otra anécdota, que sé que las tienes a porrillo.
—Mira, ya funcionando la ESO, y lo digo sin acritud. —sonríe mientras me mira— En una clase estábamos hablando de la reproducción asexual, y le pregunté a una alumna, creo que de cuarto, no lo recuerdo bien. Que me pusiera un ejemplo de algún animal que se reprodujese asexualmente. Y la chica no lo dudó. Dijo, “Pues nosotros”. ¿Cómo que nosotros? Explícame eso. Y toda convencida me dice: “Pues del mismo modo que vamos “a comer”, “a dormir” también vamos “a sexuar”. —Arrancamos a reír al mismo tiempo— Todavía lo recuerdo y me doy con la cabeza contra la pared.
Pero hay otra anécdota que todavía te va a gustar más —me lo dice con mirada acusadora y y yo ignoro por donde me va a salir— Un alumno me vino del instituto a la hora del recreo, y me pidió que le explicase una serie de preguntas de física que no entendía. Yo se las aclaré mientras él tomaba notas. Luego volvió al instituto y me enteré de que lo que quería era dar el cambiazo a un examen. Y de hecho lo hizo, incluso pisoteó el papel para que pareciese que se había caído. —¿Pero para qué lo pisó?— No lo sé, dímelo tú. Creo que querías que pareciese que se había caído ¿no?. Lo planificaste a la perfección, pero según supe te equivocaste de montón y lo mentiste junto a los de latín.
—¡Que cabrón! ¿Te acuerdas de eso?
—Ya te digo que me acuerdo, incluso lo he contado cienes de veces a mis alumnos como anécdota. —Y volvemos a arrancar a reír una vez más

Este ha sido Rafael Montes Ortega, un personaje al que decidí traer a este rincón porque lo considero un motor imprescindible para muchos estudiantes del pueblo. Un hombre que ha sabido sobrepasar sus responsabilidades educativas y ha sacrificado su ocio en pro de sus alumnos, dedicándoles el tiempo que consideraba necesario hasta conseguir las metas marcadas. Creó una academia a la que acudían chavales de otros pueblos consiguiendo que su fama traspasase las fronteras locales. Y todo desde la sencillez y la humildad más absoluta, pero con unos resultados realmente sorprendentes debido, sobretodo, al empeño de los profesores que lucharon denodadamente por alcanzar el objetivo fijado: sacar lo mejor de cada alumno.
No debo olvidar a su compañero Paco Ortega, otro incondicional de la enseñanza. Y quiero hacer una mención especial a Juan Santana, que nos dejó ¿hace diez años? y que sé que dejó un hondo vacío en Rafa. Ambos iniciaron esta aventura juntos, aunque el primero ya no podrá concluirla.
Además, deseo dejar constancia de que no he traído a mi rincón a Rafa, en representación de sus compañeros de la Academia Nobel, solo por ser excelentes profesionales, que lo son. Sino porque han sabido dignificar el nombre del barrio donde se instalaron, y de Torremolinos a través de su trabajo, y además me consta que han sido, sobretodo, buenas personas, igualando esta virtud a su calidad como profesionales.

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