Carlos Ruiz (Padre e hijo)

Esta será una entrevista en la que voy a sacar un poco los pies del tiesto, porque quiero destacar a Carlos Ruiz Conde, el creador de los premios Langosta. Pero, por desgracia, ya no está entre nosotros y trataré de mostrarlo a través de su hijo, que continuó con el legado de su padre mientras le fue posible.

Carlos Ruiz Conde, junto al restaurante La Huerta. 1997

La figura de Carlos (padre) creo que merece motivo de mención por la creación del premio más importante que tuvo en su día la Costa del Sol, los conocidos como Premios Langosta y se entregaban en Torremolinos. Se daban dos: por Cultura y por Turismo.
Yo tuve noticia de ellos, por primera vez a través de, mi entonces compañero y amigo, Víctor Mellado (DEP), un excelente periodista que llevaba la sección de turismo del Diario Sur, profesional de primera fila que nos dejó demasiado pronto.
Comenzaban los años 90 cuando comencé a cubrir el acto, que ya se celebraba en el restaurante La Huerta, en la Carihuela, desde que Carlos lo inauguró en 1989. Recuerdo aquellas cenas con especial cariño, entre otras cosas, por la dedicación que ponía el anfitrión en los detalles. Y como ya he manifestado en otra publicación, guardo un maravilloso recuerdo de aquellos actos, que yo veía como la antesala de las navidades por la fecha en la que se celebraban, de hecho, era mi último acto como fotoperiodista antes del inicio de las fiestas navideñas.

A Carlos lo veía como un tipo meticuloso, muy entregado a su trabajo y yo diría que orgulloso de su creación a la que, como me confirma su hijo en la entrevista, le dedicaba gran cantidad de tiempo y dinero. Mi impresión respecto al acto en cuestión, era que todo le parecía poco y se esforzaba en que saliese a la perfección, por lo que ponía un cuidadoso esmero el día de la gala.
—Cuando mi padre creó los Premios Langosta en 1984,— Recuerda su hijo que llegó a mi estudio cargado de documentación y fotos de los actos— yo apenas contaba con 7 años de edad. Los ideó en el restaurante La Langosta (de ahí su nombre), que estaba en primera línea en la Carihuela. Mi padre, compartía el restaurante con un socio, Fritz, que era un guía turístico de origen alemán. Éste fue quien abrió el restaurante colocando a mi padre al frente como encargado, pero más tarde adquirió el 30% del negocio, pasando ambos a ser socios.
—¿Pero dime, ¿cómo empezó todo este lío de los Premios Langosta?
—Comenzó siendo mi padre socio del restaurante La Langosta. Unos dos años después de empezar como gerente…

Cuando yo cubría el acto me preguntaba el por qué del nombre “Premios Langosta” porque el restaurante donde donde se entregaban se llamaba La Huerta.— Entonces Carlos me mira y sonríe
—Ahí tienes la respuesta. Pero fue un proyecto personal porque el socio, Fritz, se desentendió del premio. No quería que le costara dinero al negocio, así que mi padre asumió todos los gastos.
—¿Y cómo es que se le ocurrió crear los premios?
—Todo empezó con un grupo de amigos, profesionales todos de la Costa del Sol , que solían salir a comer y de copas. Charlaban de sus cosas, supongo que de temas profesionales y de turismo, entre ellos quiero recordar que estaba Juan Antonio Martín, director de Viajes Alhambra y un poco el alma mater del proyecto; Paco Piedra, director del hotel Sol Principe; Victor Mellado, periodista, que llevaba la sección de turismo de la Costa del Sol en el Diario Sur; además estaba Fernando Fragua, director del Flamingo y también lo fue del Sunset Beach Club. Puede que el grupo lo formase alguno más que ahora no recuerdo. En una de aquellas reuniones mi padre expuso la idea y cogieron el testigo. Juan Antonio Martín, fue el que se metió en hacer los estatutos y en darle forma al asunto, aunque todos colaboraron en crear el reglamento y en impulsar la iniciativa. Eran buenos profesionales en lo suyo y consiguieron presentarlo como algo serio que se acabó consolidando.
—¿Y por qué no continuaron con los premios?

Premios langosta, restaurante la Huerta, Victor Mellado y Carlos Ruiz Conde. 1998

—La muerte de mi padre fue determinante.
—Pero tú seguiste con ello ¿No?
—Sí, pero todo lo referente a los premios lo gestionaba él personalmente desde el principio. Pagaba todos los gastos que se originaban, como te dije, el socio se desentendió del tema. Aunque luego, cuando los premios se afianzaron y tomaron relevancia se creó polémica porque entonces sí que le interesaron, pero ya era tarde. Claro que ésta es otra historia.
En fin que mi padre decidió seguir solo con los premios. Al fin y al cabo eran suyos, porque los creó él, los organizó y los pagó de su bolsillo y lo llevaba todo de manera muy personal. Cuando abrimos el restaurante La Huerta, los premios continuaron llamándose “Langosta”. Pero su fallecimiento en el 2002, de forma tan repentina, me dejó un poco fuera de juego, aunque asumí la continuidad de la gala. Pero yo era muy joven y el coste real de los premios y el esfuerzo que conllevaba hacían complicada la continuidad. Pero bueno, yo lo intenté y los mantuve mientras pude.
—¿Tienes una idea aproximada de a cuanto ascendían los gastos? Porque en la gala cenábamos un buen grupo de invitados, y a base de bien. Recuerdo beber un vino excelente, un jamón espectacular… y así con todo, hasta las copas eran licores de primera.
—Pues ahora no puedo decírtelo exactamente, pero se subía de los 6.500 euros ya en el 2002.
—!Vaya¡, una pasta para un negocio familiar.
—Pues sí, y eso sin contar las metopas que se entregaban, que también eran caras. Mira, Juanlu, solo en vinos podíamos dejarnos más de 3.000 euros. Eran vinos de reserva, de ediciones limitadas. Luego estaban los camareros que había que contratar para el evento, todos profesionales experimentados. Y, por supuesto, tanto el jamón, el queso y toda la comida que se servía era de primera calidad. A eso hay que añadir las cajas de los puros que se entregaban a los invitados, que sé que eran buenos, aunque no entiendo mucho de eso.

Pepón Nieto durante la gala de los Premios Langosta con algunos familiares. La Huerta, diciembre, 2001

—Sí, de la calidad de los productos puedo dar fe. Y si no recuerdo mal los puros eran Habanos, creo que Cohibas.
—Y, por supuesto, la noche de la entrega de premios no era la única comida que se daba. Antes, durante el año, el jurado se reunía varias veces y corría a cuenta de mi padre, como era normal.
—¿De dónde salió el diseño de las placas?
—Fue mi padre quien diseñó las placas y Manolo Maldonado, que era contable de La Langosta, se encargó de buscar a alguien que pudiese hacerlas. Manolo era aficionado a temas de arte y le gustaba la escultura y ese tipo de cosas, así que fue quien se encargó de contactar con la persona que finalmente fabricó los moldes. Al final fue él quien se encargó de la operación, aunque claro, quien la costeaba era mi padre.
—Pero la idea de que fuese una langosta…
—Sí, esa idea fue también de él porque, como ya sabes, La Langosta era el nombre del restaurante del que fue socio. Supongo que fue una forma de promocionarlo, pero como ya te dije, el alemán no acababa verlo.
—¿A quienes se daban los premios?
—Pues a personajes relacionados con el mundo de la cultura y del turismo y que hubiesen destacado en sus respectivas profesiones, como el golfista Miguel Ángel Jiménez, el actor Pepón Nieto, el pintor Esteban Arriaga, SELWO, Pasión Vega, Rafael Polo o el tenor Carlos Álvarez, por citar algunos.
Había un jurado, que se reunían varias veces al año y discutían sobre quienes se lo merecían y porqué.
—¿Podrías decirme quienes fueron los primeros galardonados?

Carlos Ruiz Fajardo. Restaurante La Huerta, 2003

—Por supuesto— Entonces me saca unos documentos y un álbum donde guarda fotos y recuerdos de los premios. —Mira, el primero de cultura se entregó al escritor y pintor don Manuel Blasco Alarcón en 1984. Siempre se añadía una leyenda que explicaba la entrega de los premios, en este caso el texto decía: “Por honrar a Málaga y a su gente haciendo tierra y regalando bondades malagueñas”. Y en turismo se galardonó a Rafael Muñoz Ales, “Por su aportación altruista a la provincia de Málaga que ha contribuido al desarrollo turístico de la zona”. Claro que yo entonces no estaba allí, lo sé por los documentos que dejó mi padre.
—¿Y hasta cuando mantuviste los premios?
—Pues los seguí entregando durante cuatro años. Los del 2002, fueron los primeros sin mi padre y los últimos los entregué en el 2005. A don Salomón Castiel, “Por modernizar el escenario cultural de Málaga” y a Don Pedro Turpault, “Por su labor institucional y empresarial a favor del turismo”. Estos fueron los últimos que se entregaron.
—¿No te gustaría ver que vuelven a entregarse?
—Claro que sí, pero sin que pierdan su esencia.
—¿Qué quieres decir?
—Mira, cuando yo dejé los premios pedí una cita con el Alcalde, mi idea era cederle los premios, porque eran los más antiguos de la Costa del Sol. Tenían más de veinte años y no había ningún otro premio en la zona con esa antigüedad.
—¿Y qué paso?— ahora reflexiona valorando la respuesta

—Pues que me propusieron llevarlo al auditorio, sacar el acto del restaurante y celebrarlo en un lugar más grande, y además poder traer a otro tipo de premiados. De este modo el Ayuntamiento se comprometería a colaborar, pero claro, me lo propusieron recién muerto mi padre y no acabé de verlo claro. Era como si lo traicionase, yo no lo vi con buenos ojos y sentí que el Ayuntamiento me daba la espalda.
También hace un par de años se puso en contacto conmigo el Circulo de Empresarios, porque querían retomar el premio.
—¿Y qué pasó?
—Que no hubo entendimiento. No pudimos llegar a un acuerdo.
—¿Y eso?
—Bueno, ellos querían modificar los estatutos, y eso es algo que creó mi padre y yo no quería que se cambiara nada, porque la esencia de los premios era entregar uno por cultura y otro por turismo y ellos pretendían circunscribirlo únicamente a hostelería. Y oye, que no me parece mal, pero creo que estamos hablando de premios diferentes, ¿no? y así se lo dije. Además, los estatutos recogen los motivos de porqué se entregan y en los campos en los que se hace.
—¿Y te parecería bien ampliar la base original con otras disciplinas, tal y como ya ha ocurrido con otros premios? No sé, como añadir una rama de deporte o una asociación sin ánimo de lucro, por ejemplo y por decir algo.
—Sí, por supuesto, añadir sí, pero cambiar las bases para convertirlo en otra cosa, pues no me pareció correcto. Yo no veía claro lo que pretendía el Circulo.
—¿A qué te refieres?
—Digamos que no nos entendimos. Tampoco quiero señalar a un culpable ni ahondar en el asunto, pero las cosas en mi opinión considero que debieron hacerse de otra manera y el asunto se quedó paralizado. Una lástima porque todo esto ocurrió a finales del 2023, y hubiese sido interesante retomar los premios en el 2024, que se cumplía justo el 40 aniversario de los premios.

Carlos Ruiz Fajardo con la metopa del premio Langosta. 2024

—Bueno, nunca es tarde.
—No, por supuesto.
—Ahora cuéntame algo más de tu padre ¿Él era cocinero profesional, ¿no?
—No, que va, él en realidad era pastelero. Comenzó trabajando en el hotel Colón en Sevilla y siempre estuvo de jefe de pastelería. Recorrió un montón de hoteles del país, lo llamaban cuando los inauguraban, realmente era muy buen pastelero. Luego ya se metió en La Langosta.
—Entonces ¿cuándo se decidió meter en la cocina de La Huerta?
—El nunca estuvo de cocinero en la Huerta. Se metía en la cocina a echar una mano. Y claro que sabía hacer todo lo que se servía, pero en La Huerta siempre hubo un cocinero profesional. Al que yo me pegaba para ir aprendiendo.
—Tu madre también trabajó en La Huerta, ¿no?
—Sí, mi madre estuvo primero en La Langosta y luego en La Huerta. Ella ayudaba en la cocina, limpiaba y cuidaba las flores, lo de las flores le encantaba. En La Huerta se dedicaba, sobretodo, a cuidarlas.
—¿Recuerdas alguna anécdota con tu padre?
—Uf, así de pronto no sabría decirte.— Piensa unos segundos antes de responder— Bueno, recuerdo un día que un matrimonio me pidió unas natillas caramelizadas que llamábamos “de las monjas”, se las llevé y me las devolvieron alegando que estaban malas. Yo sabía que estaban buenas, porque las preparé yo mismo, que trabajaba en la cocina y de camarero, pero no iba a discutir con el cliente, así que las devolví. Cuando le dije a mi padre que las devolvieron porque no estaban buenas, en seguida las probó y no se lo tomó muy bien “¡Pero si están buenas!” Ya pero ¿qué les voy a decir? Entonces mi padre, que también tenía su carácter, cogió unas natillas de la nevera y se fue a la mesa a comerlas delante del cliente. —¿Qué es lo que le pasa a las natillas, me lo pueden decir? —Los clientes se mostraron sorprendidos, con cara de no saber de qué les estaba hablando. Entonces me acerqué y le dije al oído, Carlos, (porque yo no le decía papá en el trabajo) que no es esta mesa, que es aquella. “Ah vale” —Lo veo que sonríe con nostalgia— Me respondió con decisión, y se fue a la otra mesa y repitió la operación, “¿Qué es lo que les pasa a las natillas?” La señora, se enfadó mucho y me pidió el libro de reclamaciones, porque decía que mi jefe era una mala persona. Y yo no quería que supiesen que mi jefe era mi padre, así que les dije que si les llevaba el libro me iban a despedir, entonces la mujer me dijo que “vale, déjalo que no quiero buscarte problemas que veo que eres un buen muchacho, pero que sepas que tu jefe es una mala persona, y no te comas las natillas que no están buenas”.— Me lo cuenta mientras sonríe y se encoge de hombros. —y tuve que escuchar como despotricaba de mi padre creyendo que era mi jefe.

Carlos Ruiz Fajardo. 2024

—¿No la sacaste de su error?
—¿Para qué? Consideré que no merecía la pena.
Hasta aquí este anómalo homenaje que no he querido dejar pasar porque considero que Carlos (padre) hizo, en la medida de sus posibilidades, un trabajo merecedor de reconocimiento, poniendo con sus Premios Langosta y a nivel informativo, a Torremolinos en un lugar destacado a nivel provincial y, a veces, también nacional.
Carlos, por lo que vi y me confirma su hijo, fue un hombre serio en su trabajo y buscador incansable de la perfección.
Era originario de Sevilla, donde inicio su carrera profesional en el hotel Colón. Llegó a Torremolinos, después de haber trabajado en la pastelería de varios hoteles en distintas provincias, para encargarse del restaurante La Langosta, y la fatalidad quiso que nos dejase con solo 59 años. El resto ya lo conocéis.
Carlos (hijo), por su parte, ya nació en Málaga. Y llegó a Torremolinos por primera vez con cinco años, cuando su padre se encargó del restaurante que acabó dando nombre a los premios.
Carlos me comenta que es hijo único.
—Mi madre tuvo varios embarazos fallidos antes que yo. Vamos que estoy aquí de chiripa— Me dice sonriendo.
Estudió en el colegio el Romeral y desde muy joven comenzó a trabajar con su padre.
—Ante el mal resultado de mis notas me dijo que estudiaba o trabajaba. Yo ya sabía que estudiar no era lo mío, así que me fui a trabajar con él con 16 o 17 años. Le tenía mucho respeto, mira, cuando le traía malas notas, solo con la mirada me echaba para atrás. Pero era un buen hombre y guardo un buen recuerdo. Trabajamos juntos hasta su fallecimiento en 2002. Yo alternaba la cocina con la sala, hasta que finalmente me decanté por la cocina. Continué con el restaurante La Huerta hasta que cerré en marzo de 2024. Solo falté durante el servicio militar.
—Bueno, y ya para terminar, dime un lugar que recuerdes del Torremolinos de tu juventud.
—El Piper´s —Dice sin dudar. —Era uno de mis lugares favoritos.

Sirva esta pequeña entrevista para honrar la memoria de Carlos Ruiz Conde, que supo aportar su granito de arena en favor de este pueblo nuestro, donde pasó los últimos años de su vida, sin olvidar a su hijo, Carlos Ruiz Fajardo, quien trató de continuar el legado de su padre hasta donde le fue posible y que el año pasado decidió echar definitivamente el cierre del negocio para comenzar otro proyecto.
A modo de despedida dejo aquí la leyenda que aparecía en los menús que se entregaba a los invitados de la gala cada año:

… Porque cada hombre puede, en sí
y desde sí, dar a beber del saber,
la constancia y la amistad.
Y, también, porque cuando se es,
siendo, no se puede ser mejor…

Metopa premio Langosta y libro de honor.

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