Hoy, de regreso a casa, me tropecé con mi vecina del quinto. Una anciana viuda que vive en el piso frente al mío. Venía cargada con la compra y le ayudé a subir el carrito por las escaleras que llevan al ascensor. Mientras esperábamos que bajase a recogernos entablamos la clásica conversación insustancial, ya sabéis, que si el tiempo está loco, que si hay que cuidar la salud y cosas así. Pero entre una cosa y otra me preguntó por Marta, mi hija.
—Pues está trabajando en Cadiz.
—Ah, ¿y a qué se dedica?— Ella ya lo sabe, pero la edad le juega malas pasadas con la memoria.
—Es bióloga, y trabaja en la Universidad.
—¿Es profesora?
—No, que va. Se dedica a la investigación. Algo relacionado con nuevos métodos de cultivo. Analiza muestras de tierra de distintos lugares del país. Pero lo cierto es que no tengo muy claro todo lo que engloba su trabajo— dije sin poder disimular el orgullo que siento por mi hija y que me salía por las orejas.
Entramos en el ascensor y entonces me contó una historia sobre ella que yo desconocía y que me dejó gratamente sorprendido.
—Aún conservo un regalo de Martita que me hizo hace muchos años.— Y ante mi cara de sorpresa continuó hablando del tema.
—Creo que no podía tener más de cinco o seis años. Venía con tu mujer en el ascensor, y llevaba un papel con un dibujo en la mano. Yo le dije que era muy bonito. Ya sabes, como se le suelen decir estas cosas a los niños. Exagerando gestos y entonación. Y ella no dejaba de enseñármelo toda orgullosa, para que pudiera recrearme en él.
Y ahí quedó la cosa.
Pero al día siguiente, cuando fui a salir a la calle me encontré un papel en el suelo de la entrada. Era un dibujo que hizo tu hija, que lo introdujo por debajo de mi puerta sin decir nada a nadie.
—Vaya, dije gratamente sorprendido y emocionado por la ocurrencia.
—Pues sí. Aún lo conservo guardado en uno de mis libros— me confesó la buena señora. —y cuando lo veo no puedo evitar recordarla tal y como era antes.
A mí me resultó curioso que, a pesar de sus lagunas de memoria, no hubiese olvidado ese detalle.
Ea, aunque sé que a mi Marta no le gusta que cuente estas cosas, en este caso me ha parecido tan bonito que no me he podido resistir a compartirlo.

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