La pelota de Nivea

Hoy, cuando llegué con el periódico del día, lo vi abatido y me paré a observar lo menguado de su cuerpo, ya sabéis, ese puñetero tributo que los años se cobran en traicionero silencio. Delgado, como nunca, lo observé mientras permanecía sentado en su pequeño buró.
Cuenta monedas y mueve viejos sobres y papeles que debieron ser importantes en su día. Hoy, caducados ya y sin valor alguno, actúa como si continuase llevando la comunidad del bloque, cosa que hizo durante años, pero ahora aquella obligación solo es real en una proyección de su memoria, totalmente ajena a la realidad. Ignoro qué se esconde en sus pensamientos, pero parece que ésta actividad lo entretiene y lo hace sentir mejor. No obstante, como iba diciendo, esta mañana lo noto abatido, más lento y cabizbajo que de costumbre. Lo cierto es que se me hace difícil asumir esta nueva imagen paterna, casi irreconocible si lo comparo con aquél hombre que conocí en mi niñez; fuerte, decidido y de un genio irreductible.
Hoy, lamentablemente, apenas si conserva una chispa de lo que fue.
Por ejemplo, recuerdo un día de fuerte poniente en la playa casi desértica del Castillo del Bil-Bil, desde entonces ya se habrán descolgado del calendario unos cincuenta y cinco o cincuenta y seis veranos pero yo aún puedo ver con impecable nitidez el oleaje lateral que corría con rapidez en dirección a Málaga. El poniente era tan fuerte que mi hermano y yo, que jugábamos despreocupados en el rebalaje, nos desplazabamos repetidas veces varios metros en dirección a la capital, y sin percatarnos en absoluto del movimiento. Digo esto para aclarar que aquél temporal de poniente no era poca cosa.

Entonces vimos venir un helicóptero de Nivea, sabíamos que era de Nivea porque de aquellas no solían pasar otro tipo de helicópteros sobrevolando la costa. Y aunque aún estaba lejos, todos le hicimos señas gritando como posesos desde la playa. Supongo que el piloto o quien fuese, nos vio y se apiadó de nosotros, porque apenas si había en la playa media docena de sombrillas además de la nuestra. Entonces dejó caer dos o tres balones azules, de aquellos con las letras grandes y en blanco de NIVEA, sobre nuestras cabezas. Pero el viento los desplazó mar adentro volando a varias docenas de metros de nosotros. Ninguno de los playistas se atrevió meterse para cogerlos, pero mi padre no se lo pensó. Se lanzó al agua en persecución de uno de los balones. Lo vi alejarse nadando tras él, confundiéndose con las olas, hasta que solo pude ver la pelota convertida en un puntito azul, pero mi padre desapareció ocultado las olas. Todavía puedo ver a mi madre con su bañador oscuro, su pamela de esparto natural y su cara de preocupación murmurando entre dientes algo así como:
—Tú verás con la dichosa pelotita…— Mi hermano, más pequeño que yo y ajeno a todo, no entendía lo que pasaba, en cambio reconozco que yo también me asusté, sobretodo cuando perdimos de vista también a la pelota detrás de las rocas del Bil-Bil.
Mi madre no podía disimular la cara de angustia y a mi se me ató un nudo en la garganta que me dificultaba respirar con naturalidad. Así fueron pasando los minutos, que me parecieron eternos. Yo permanecía pegado a mi madre con la vista puesta en las rocas tras las que desapareció mi padre, mientras mi hermano, sumido en su mundo inocente, no dejaba de jugar en la arena. Pero para mi madre y para mí, el tiempo se dilató infinitamente. Hasta que un buen rato después, que a mí me parecieron horas, lo vi llegar a lo lejos cruzando por encima de las rocas negras y con el Bil-Bil de fondo. Llevaba el balón bajo el brazo y una sonrisa de triunfo dibujada en su cara. No sé hasta donde llegó nadando y arrastrado por el Poniente, pero hoy estoy seguro de que debió rebasar la playa de Santa Ana, como poco.
Mi madre respiró, yo respiré y mi hermano gritó ¡Papaaaaa, pelotaaaaa! Tan feliz el puñetero.
Lo gracioso es que nos entregó la pelota para jugar y en una de las patadas que le dí, el viento volvió a arrastrarla mar adentro y las olas la alejaron nuevamente y con rapidez en dirección a Melilla. Mi padre estaba tumbado bajo la sombrilla y se incorporó rápidamente cuando nos oyó gritar. Entonces intervino mi madre con decisión.
—¡Ya está bien, Juan, con una vez ya tenemos bastante!— Mi padre vio la pelota alejarse, luego nos miró con resignación y antes de volver a tumbarse en la toalla sentenció:
—Ahora jugáis con la arena.— Y se echó una camiseta sobre los ojos para protegerse del exceso de claridad.
Pero hoy, aquél hombre seguro de sí mismo, fuerte y decidido, se me presenta apenas como una sombra de lo que fue.
—¿Qué te pasa papá? Te veo un poco chuchurrío— Le grito animosamente desde el pasillo.
—Pasarme no me pasa nada. Es que me he levantado nublado como el día.— Me dice justificando su estado a pesar de que el día amaneció despejado.— Además, ha refrescado ¿no? ¿O es que me lo parece a mí?— Hace tanto calor como en días pasados, pero le doy la razón porque sé que lo hará sentirse mejor.
—Sí, hoy parece que refrescó un poco.— Entonces se levanta para ir a sentarse en el sillón de la terraza, un espacio que ha convertido en su santuario particular. A pesar de la camiseta que lleva puesta, se le adivinan fácilmente las costillas y otros huesos del cuerpo. Se podría dar una clase de osteología con él como modelo.
Camina despacio, aunque su orgullo trata de disimular su evidente fragilidad. Cuando llega a su sillón se deja caer con un largo suspiro de relajación y al poco coge un cigarrillo de la cajetilla.
—¿Otro?— Le llamo la atención.
—Pero si este es el primero. Ahora estoy fumando muy poco.— Me responde convencido, pero yo veo que hay tres colillas en la cenicero que limpió mi hermana la noche anterior. Y no es que me mienta, es solo que no recuerda que los fumó. De hecho y como ejemplo, cuando he llegado, hace como una hora que se marchó mi hermano, que cada día le trae la comida que prepara en su bar, pero el no lo recuerda.
—¿Que te ha traído hoy el Carlos para comer?
—¿El Carlos?— Me responde a modo de pregunta haciendo una mueca de extrañeza. —El Carlos no ha venido hoy por aquí— Sin embargo yo he visto la fiambrera que ha dejado sobre la mesa de la cocina y sé que, invariablemente, pasa a saludarlo y echar allí un rato. Y no, mi padre no me miente, es solo que no se acuerda.

En este instante un pensamiento se trastabilla entre mis neuronas, porque no sé yo a cuento de qué, me viene nuevamente a la cabeza la pelota azul de Nívea. Y me pregunto quien recogería, hace más de medio siglo, aquella pelota huérfana que yo pateé inconscientemente al mar, haciéndome sentir culpable entonces y… puede que ahora también.

9 de octubre de 2025

9 respuestas

  1. Avatar de Beatriz Bustos
    Beatriz Bustos

    Que bonita historia y que bien contada.
    Somos afortunados por poder seguir disfrutando de la compañía de nuestros padres y es precioso recordar las vivencias, sobre todo, con tanto cariño y amor como demuestran tus escritos.
    Gracias

    1. Gracias a ti por tomarte la molestia de leerme.

  2. Tal como ir a una biblioteca de libros antiguos, o visitar algunos de esos castillos que conservan manuscritos en vitrinas para impedir un rápido deterioro y todos podamos saber y disfrutar de su existencia, exponiendo su incalculable valor. Eso es un PADRE.
    PD. Y por la pelotita vas tú con los huevos, si eres capaz…
    Un abrazo 🤗

    1. Ay Zeñó, lo que tengo que aguantá.🙄

  3. Hola Juan Luis, ¿vas a volver a escribir un libro por entregas en el blog como hiciste con Memorias de clase?
    Un saludo y suerte con tu nuevo blog.

    1. De momento no es mi idea, estoy trabajando en una novela, esto son recuerdos que me apetecen dejar escritos.

  4. Avatar de Pepe Ferrer
    Pepe Ferrer

    Te honra transmitir estas sensaciones con tu padre, Creo que a todos se nos asoma a nuestra memoria vivencias propias y esto es por lo bien que transmites cosas tan intimas que parecen que son propias. Felicidades Juanlu

  5. Avatar de Pepe Ferrer Duque
    Pepe Ferrer Duque

    Nuestros padres para la mayoría de nosotros eran verdaderos héroes vistos desde los ojos de un niño. La mayoría lo eran, pero por motivos menos triviales; al menos los de la generación que nos antecede a nosotros. En tiempos tan difíciles supieron darnos valores, educación estudios y no regatearon en esfuerzos para que así fuera. Además de contribuir a los cambios que nuestra sociedad iba necesitando.
    Se acerca el 19 de Marzo así que felicidades a todos los padres de bien y a ti Juanlu por tan maravillosos relatos.
    Gracias.

    1. Así es. Los tiempos cambian, pero los padres siguen siendo padres.

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