Yo hago mi cama

Hoy, cuando llegué a su casa, él salía del baño. Llevaba la espalda encorvada y los brazos visiblemente separados del cuerpo. Su caminar era lento e inseguro, arrastraba pesadamente los pies y su cabeza la llevaba gacha observando cada paso, como si caminar le resultase un esfuerzo casi insuperable, supongo que fue por eso que no reparó en mi presencia.
Yo no he vuelto a escribir nada desde que lo hice sobre su aventura fluvial en las aguas heladas del Cabe, hace unos días. Pero hoy, cuando lo tuve frente a mí, experimenté una epifanía que puso, ante mis narices y de golpe, una realidad incomoda. Y es que, a pesar de verlo todos los días, en este preciso instante he comprendido sin inútiles hipérboles, lo que el tiempo puede hacer con nosotros observando lo que está haciendo con él. Fue como si de pronto se me iluminase un pensamiento que llevaba años larvado, escondido entre mi tejido neuronal sin atreverse a asomar siquiera. Sencillamente me impactó la imagen de mi padre fundida en la fragilidad de un anciano. De repente lo vi como alguien ajeno y desconocido que me mostraba, con toda la crudeza posible, una realidad imposible de esquivar y de negar, y esto me puso al borde de un vertiginoso precipicio de sentimientos contradictorios.
Cuando se giró dándome la espalda, en dirección a la terraza en busca de su viejo sillón, reparé en la asistenta, que había parado de fregar. Ambos cruzamos la vista por un instante con cierta complicidad y juraría que nuestros pensamientos al verlo caminar con manifiesta inseguridad empatizaron ante el paso de un hombre reducido, por el correr de los años, a la sombra de quien fue.
—Hola, ¿Qué tal hoy?— Le pregunté a ella a modo de saludo. Mi padre en ese momento giró la cara y me vio, pero no dijo nada y continuó en dirección a su sillón.
—Todo bien, —respondió la joven, que era el segundo día que venía en sustitución de la auxiliar habitual.
—Otro día de calor ¿no?
—Sí, a ver si llega ya el fresquito, que trabajar así no hay quien lo aguante.
—Pues sí.— Y diciendo esto seguí los pasos de mi padre para sentarme un rato a charlar con él en la terraza.
—¿Qué te cuentas hoy?— Le pregunté sin esperar a sentarme.
Su respuesta se hizo esperar, antes encendió un cigarrillo sin prisas y dejó que su cara quedase envuelta en humo. Luego habló con la seguridad de quien sabe exactamente lo que está diciendo.
—Pues nada ¿qué quieres que te diga? Que me levanté, hice mi cama, barrí, fregué, me preparé el desayuno y recogí la cocina.— De todo lo que dice que hizo solo lo de desayunar se ajusta sin duda a la realidad. A veces es cierto que hace la cama, el resto lo imagina. Pero no miente. Está realmente convencido de que hace lo que dice, porque desde que falleció mi madre, va para veinte años, ha venido haciéndolo invariablemente cada día. Hasta que el Tiempo lo atrapó y lo comenzó a desmantelar pieza a pieza, sin prisas, eso sí, pero sin pausa.
Yo lo imagino como un ordenador que comienza a dar pequeños errores avisando de que algo está a punto de petar en el sistema, aumentando cada vez la gravedad de los errores.
—Bueno, entonces todo bien ¿no?
—No me quejo.
—Haces bien en no quejarte, que hay quien está peor.
—Y mejor. Pero yo estoy bien. Mira; hoy me levanté, hice mi cama, barrí, fregué, me preparé el desayuno y recogí la cocina. —Me vuelve a repetir como si tratara de convencerme de que está perfectamente.
Continuamos hablando unos minutos, y la auxiliar se acerca para que le firme su asistencia. Se despide y la acompaño a la puerta. Cuando regreso junto a él, me pregunta con expresión de ignorar lo que pasa.
—¿Pero ésta a qué viene?— Me pregunta a pesar de que una asistenta viene varios días en semana para ayudar con la limpieza, pero como por circunstancias no está viniendo Loli, la habitual, a la que ya está acostumbrado, no acaba de encajar las nuevas caras que temporalmente se presentan en su casa.
—A echarnos una mano en la casa con la limpieza— no le comento nada sobre que también mira que se tome las pastilla, le toma la tensión, etc. Porque se sentiría ofendido en su orgullo. Para él, mostrar debilidad, lo hace sentir inútil.
—Que tontería, yo no necesito a nadie. Yo me levanto cada día, hago mi cama, barro y friego el suelo, me preparo el desayuno y recojo la cocina. No necesito ayuda de nadie.
—Ya lo sé, papá. Pero es que tu hija se puso muy pesada con que viniese alguien a echar una mano. Cosas de mujeres, ya sabes.
—Sí, hijo, sí. Pero es una tontería.
—Le cambio de tema, y al poco vuelve a contarme con pelos y señales, como si fuese la primera vez, el día que se bañó con su primo Lito en el rio congelado y tuvieron que romper el hielo.
—No veas la que me lió tu abuela.
—Me lo imagino.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *