Esta mañana le he llevado el Diario Sur a mi padre, el único periódico que ha leído durante toda su vida, y eso a pesar de que le hemos ofrecido otras alternativas de entretenimiento, pero es inútil, las rechaza todas. Ni revistas, ni otros periódicos ni mucho menos tablets o smartphones con los que mantiene cerradas sus fronteras. Como novedad tecnológica a lo máximo que ha accedido es a tolerar uno de aquellos móviles antiguos, de esos a los que se le abre la tapa para responder a una llamada y se cierran para colgar. Ni WhatsApp, ni Internet, ni nada que huela, aunque remotamente, a novedoso. Ni siguiera acepta ver la tele por la mañana, porque según una norma establecida por él mismo, la tele no se enciende hasta la tarde. Prefiere estar sin hacer nada sumido en su particular cadena nirvánica. Eso sí, no excusa intercalar una cabezadita entre eslabón y eslabón, hasta que aparezco con el dichoso periódico.
En él busca la programación de la tele para subrayar las películas bélicas y de vaqueros, luego lee el articulo de algún titular llamativo, y poco más. Le hemos explicado infinidad de veces las posibilidades que tienen las plataformas de streaming a la hora de elegir películas. Pero su respuesta es, desde hace años, invariable:
—Para lo que hay que ver, prefiero el periódico y la tele “normal”— refiriéndose a los canales que emiten en abierto las cadenas de siempre— ¿Para qué tanto lío de canales?.A mí no me compliquéis la vida.
Es como si ya nada le llamase la atención, como si fuese incapaz de encontrar entretenimiento en nada que no sea su rutina diaria. Solo una cosa parece escapar a su desidia: le gusta contar viejas historias de familia, anécdotas de su infancia y de su juventud y, por supuesto, de la puta mili, de la que reconoce guardar recuerdos maravillosos. Todas estas vivencias, paradójicamente, las recuerda con relativa fluidez en comparación con la escasa retentiva de que dispone en el día a día. Lo que provoca no recordar haberlas contado, por lo que no puede evitar repetirlas, pero eso sí, siempre con un invariable tono novedoso.
Hoy ha vuelto a confesarme, por enésima vez, una travesura de su infancia que llevó a cabo acompañado por uno de sus primos, al que llamábamos Lito. D.E.P.
Todo vino a colación de un comentario mío haciendo referencia a que se había colocado un pijama de manga larga a pesar del calor que todavía hace. Él me miró detenidamente y, manifestando tener más razón que un santo, me respondió convencido:
—Pues muy bien, si tienes calor no te lo pongas. Pero a mí no me compliques la vida.
—Que mal te veo, padre, con lo que tú has sido.— Le digo con fingido tono apesadumbrado. Pero él capta mi ironía al vuelo, coge un cigarrillo, de esos que tiene prohibido por el médico y cuya prohibición se pasa por el arco del triunfo. Lo atrapa entre sus labios y lo enciende sin prisas, tomándose su tiempo.
—Pues tú no te lo vas a creer, pero yo también fui joven.
—Anda ya. Tú no has sido joven en tu vida.
—Lo que tú digas.— Luego de soltar la frase, da una larga calada al pitillo y continúa—Mira, una mañana me fui con mi primo Lito y nos bañamos en el rio. No teníamos más de doce o trece años —Aunque yo ya conozco la historia, que me ha contado infinidad de veces, cada vez la narra como si fuese la primera. Así que le respondo para provocarlo.
—En el rio nos hemos bañado todos. Vaya valentía. (Hablamos del rio Cabe, que pasa por Monforte de Lemos, Lugo, su pueblo natal. Su casa se levantaba a escasos metros de la orilla)
—Sí, pero tú te bañabas en verano y yo lo hice rompiendo el hielo durante una helada un día de enero. Porque aquél año cayó una helada de cojones de mico. Vamos, como no recordaba otra.
—Ya será menos.
—¿Menos? Parecía que había nevado, toda la hierba estaba blanca. Cuando salimos del rio se nos puso la piel morada y todo. No veas como estaba el agua, incluso buceamos por debajo del hielo.—Señala asintiendo con la cabeza y la cara envuelta en humo— Desde luego el agua estaba helada, pero cuando salimos fue peor. Y no podíamos vestirnos porque estábamos mojados.
—¿Y sin bañador?
—Qué cojones bañador. Nos bañamos en pelotas. Nos fuimos rio arriba, allí no había nadie. Y para secarnos tuvimos que correr como liebres, de un lado a otro— mientras lo cuenta sonríe moviendo el dedo como si fuese la batuta de un director de orquesta.
—A quién se le ocurre.
—Eso me dijo tu abuela cuando llegué a casa, que no veas como se puso. Todavía me acuerdo de la bronca que me echó. Pero me hizo entrar en calor ¡Carallo si entré en calor!— Lo dice mostrando cierta emoción mientras sonríe, para mí que de felicidad, mientras se deja envolver de su viejo recuerdo. Luego expulsa el humo por la boca y por la nariz mientras repite con la mirada ausente:
—Qué tiempos aquellos, coño. Qué tiempos.
25 de septiembre de 2025

Deja una respuesta