Es febrero y hace frío.
Sólo con cruzar el umbral de la puerta me percato de que no hay luz, y como era de prever, papá aún está dormido. Desconecto el interruptor general y espero unos segundos. No tiene contratada suficiente potencia y cuando enciende más cosas de la cuenta, le salta el interruptor de control. Cuando vuelvo a conectarlo se ilumina el salón; la entrada, se enciende la estufa de dos barras del salón, el calefactor de su habitación, la tele (a todo volumen), la luz del pasillo interior, la de su habitación y la del cuarto de baño.
Lo apago todo y me acerco a su cama, donde duerme plácidamente. ¡Joder! Su estampa es impactante; parece estar muerto, con la boca abierta, decúbito supino y la cabeza forzada hacia atrás, como si tratase de mirar por encima del parietal. A eso hay que añadir unas mejillas hundidas y una respiración silenciosa, con inspiraciones tan leves que no veo de moverse la ropa de la cama.
—Papá— Le susurro para no sobresaltarlo. Pero no me oye, lo vuelvo a repetir un par de veces mientras le agito el hombro. Entonces abre los ojos y me mira sin verme.
—¿Eh? ¿Qué pasa?— En su mirada veo que está confundido.
—Venga, levántate que tienes que vestirte.
—¿¡PERO QUÉ PASA!?—Levanta la voz cabreado.
—No pasa nada. Que tienes que levantarte, que nos vamos.
—¿¡Pero qué hora es!?
—Las ocho
—¿Y a dónde mierda quieres ir tan temprano?—
—Al médico, tenemos que ir al médico.
—¿Al médico a qué?
—A los análisis
—¿Pero qué hora es?
—Las ocho— Le repito sin alzar la voz.
—Yo no me levanto—dice— que he pasado muy mala noche.
—¿Qué te ha pasado?
—¡Pues nada! Que se fue la luz, y no veas. No veía nada. No encontraba el water para mear y me he estado dando golpes con las paredes. Vamos, que he pasado muy mala noche.— Su tono evidencia malestar y enfado.
—Te he dicho mil veces que me llames si necesitas algo, sea la hora que sea.
—¡Y yo qué sé! Estaba viendo la tele y se apagó todo, así que me fui a la cama. ¿Qué iba a hacer?
—¡Llamarme, joder! Pero bueno, ya hablaremos luego, ahora levanta que tenemos que irnos.
—¿A dónde?
—Al médico.
—¡Me cago en Dios!
—Venga, que se nos hace tarde.
—Que yo no estoy para levantarme, coño, que he pasado muy mala noche.
—Pero tenemos la cita.
—¡Que no voy a ninguna parte Juan Luis! A mí déjame aquí.
—Venga, déjate de tonterías, papá, que tenemos la cita y se nos pasa la hora.
—¡Que no, coño! ¡Que no tengo cuerpo para ir a ninguna parte!
—Venga gallego, vete despabilando.—Le digo en tono conciliador y me salgo fuera para dejarlo retozar un poco mientras se despeja. Unos minutos después vuelvo a entrar y sigue dormido.
—Papá, venga hombre que tenemos que irnos.— Da un pequeño repullo antes de preguntar.
—¿A dónde?
—Al médico, que tenemos cita y vamos a llegar tarde.
—¿Pero al médico a qué?
—A lo de los análisis.
—¿Pero qué hora es?
—Las ocho y cinco. Venga, vamos.
—Que no me levanto coño, que no estoy bien, que no te haces una idea de la noche que he pasado. Se fue la luz y me he dado golpes con las paredes cuando iba a mear.
—Ya, pero tenemos que irnos. Venga luego me cuentas.
—¡Me cago en Dios, Juan Luis, que no voy a ninguna parte, coño!— y vuelve a darse la vuelta tapándose hasta arriba.
—Vas a conseguir que Monse y yo tengamos un disgusto, que me ha encargado que te lleve al médico porque ella no puede y como no vayas la vamos a tener.— No le digo nada más y vuelvo a salir de la habitación. Cuando regreso, pasados unos minutos, lo veo sentado en la cama poniéndose los pantalones con dificultad. Se levanta para abrochárselos. Le quedan tan anchos como a los presos de un campo de concentración nazi, entonces me mira y más calmado me pregunta.
—Pero vamos a ver, ¿A dónde vamos?
—Al médico, papá— Respondo sin poder reflejar un tono cargado de resignación.
—¿Al médico a qué?
—A hacerte una analítica. Mira, tienes que orinar aquí antes de salir— Mientras le hablo le enseño el tarro, y al verlo parece recordar. Pero chasquea la lengua a modo de disgusto. Ya tiene los zapatos y el pantalón puestos, así que sale de la habitación y coge el tarro.
—Atina, eh. No te vayas a mear fuera— Le digo bromeando.
Cuando termina me da el tarro.
—Cógelo con cuidado— Me dice. Ahora parece un poco más lúcido y calmado. Hago el trasvase de orines al tubito y le coloco la cazadora para salir.
—Joder, me complicáis la vida de una manera…
—Venga, no te quejes, si solo va a ser un rato.
—Si no es eso Juan Luis, es que no sabes la mala noche que he pasado.
—Ya lo sé, papá, pero es que no podemos dejar pasar esta cita.
Una vez en el coche, más tranquilo, me comenta lo nublado que está. En realidad el cielo está raso, solo que aún no salió el sol.
—No papá, lo que pasa es temprano y no ha amanecido todavía.
—¿Pero a dónde vamos tan temprano?
—Al médico.
—¿Al médico a qué?
—A la analítica
—¡Hay que joderse, y sin desayunar!
Torremolinos 20 de febrero de 2025

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