¿Es negra?


Cuando entro en la casa que fue mi hogar; allí donde viví mi adolescencia y mi juventud junto a mis padres, hermanos, una abuela octogenaria y un pequeño chucho cabrón al que llamábamos Chico, no puedo evitar el abrazo del frío vacío del presente. Una casa que ya no reconozco, aunque en mi descargo debo decir que ella tampoco me reconoce a mí.
Eso sí, a veces me sorprenden los lejanos ecos de fiestas y reuniones del pasado, en torno a la mesa del salón en la que, cubierta con el mantel de las ocasiones, festejábamos esos días señalados por la tradición y que eran de obligado cumplimiento. Sin embargo aquél espacio del que conservo imborrables recuerdos de protección, amor y vida, hoy me es ajeno.
Y es que el aire corre más frío y huero sin los olores a los guisos de mi madre; a los detergentes con los que fregaba el suelo o a las pilas de ropa limpia recién planchada que impregnaban con su aroma cada rincón de la casa. Hoy todo aquello se diluye en mi memoria y los espacios vacíos se me hacen extraños. Aquél, que pasaba a ser mi refugio en cuanto cruzaba el umbral de la puerta, ha pasado a convertirse en un lugar ajeno y descorazonador, abandonado del calor humano que el conjunto de la familia irradiaba. Solo mi padre, como testigo de lo que un día representó la vivienda para nosotros, intenta mantenerse fiel a sus costumbres y sus rutinas. El hombre trata inútilmente de dar continuidad a una vieja normalidad, aunque ésta dejó de serlo hace años para convertirse en una cotidiana artificialidad que pugna por desleírse con el paso tiempo. Una pugna que el viejo perdió sin apercibirse de ello, pero en la que él continúa combativo aunque ya sin las fuerzas suficientes que le permitan ganar la partida.
Hoy, como cada día, pasé a visitarlo. También ha venido una auxiliar nueva, y es que la que lo hace habitualmente sufrió un accidente y está de baja. La profesional viste completamente de blanco, lo que contrasta abruptamente con su piel de ébano.
Mi padre suele permanecer ajeno a lo que ellas hacen o dejan de hacer aunque yo, cuando viene alguna auxiliar nueva, se la presento y él suele responder con la educación que le enseñaron en su lejana infancia.
—Papá, ella es la auxiliar que viene hoy sustituyendo a Lolí, se llama Rosana.
—Encantado— responde él afirmando con un suave movimiento de cabeza y mostrándole una sonrisa cordial.
—Hola Juan, ¿Cómo se encuentra?— le responde ella mientras nos deja ver la perfecta dentadura que dibuja su jovial sonrisa
—Bien, bien.
—Pues aquí estaré para lo que me necesite.
—Muy bien, muchas gracias… gracias.— Repite las gracias sin abandonar una sonrisa de verdadera gratitud. Luego la asistenta se dispone a hacer su trabajo y nos deja a los dos charlando.
Mi padre tiene noventa años, y pasó su juventud en una España muy distinta a la que viví yo. Una España que hoy solo podemos atisbar a través de cristales empañados que nos emborronan las imágenes y nos hacen incomprensibles el pasado del que procedemos.
Y, por supuesto, no puedo obviar que la España de mi juventud se parece a la actual lo que un huevo a una castaña. Así que si comparamos la de hoy con la de él, sería como tratar de encajar dos piezas de puzzles distintos. Digo esto porque su percepción de las cosas las mide por el sesgo de sus recuerdos. De como debe ser la normalidad según su visión nonagenaria. Por eso no me extrañó que se me acercase despacio, evidenciando la intención de hacerme una confidencia.
—Oye, la chica es negra ¿no?
—Coño, papá. ¿Es que no la has visto?— Lo pregunta como si el contraste de su negrura sobre el blanco prístino del uniforme no fuese evidente a más de una legua y como si hacer mención a su color fuese un pecado.
—¿Y de dónde es?
—Es de aquí, de Torremolinos— le respondo mientras me mira con los ojos y boca muy abiertos sin tratar de disimular su sorpresa.
—¿Española?
—Claro.
—¿Estás seguro?
—Que sí, hombre. Es tan española como tú o como yo.
—Vaya, quien lo diría.
—Mira papá, aunque te cueste creerlo, este país ya no es lo que era en tu época, ahora viven aquí gentes de un montón de etnias, y muchas de esas personas son tan españoles como nosotros— Entonces repite la mueca que muestra asombro mientras encoje los hombros y murmura para sus adentros con cierta retranca gallega y mirada inocente. A mí me da que no acaba de entender lo que le digo.
—Es mester ver.

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