Hoy estábamos mi hermano y yo en la cocina charlando animadamente sobre las manías de papá; los achaques de su edad, su borrado de recuerdos y, en fin, las curiosidades y cambios que vamos observando a medida que se le van acumulando los años y las fuerzas lo van abandonando. No obstante, a pesar de sus lagunas de memoria, el viejo conserva una lucidez que a los noventa años muchos ya quisiéramos para nosotros. Incluso yo diría que aguzó el sentido del humor, ese cuyo gasto tanto escatimó a lo largo de su vida. Porque hay veces nos mira con sonrisa socarrona compinchándose con alguna de las paridas que largamos, tanto mis hermanos como yo, y se hace partícipe de las mismas.
Pues resulta que hoy llegó otra auxiliar nueva, porque la habitual continúa de baja. Cuando sonó el timbre de la puerta todos supimos que era ella. Dijo llamarse Carmen y su frase la envolvió en una agradable sonrisa. A simple vista me ha parecido una mujer que a todas luces conoce su trabajo: educada, decidida y considerada al dirigirse a mi padre, al que sorprendió almorzando. Tras el clásico “que aproveche” de rigor, lo saludó con ternura y, acto seguido, nos preguntó qué debía hacer. Yo me ofrecí a explicárselo y la acompañé por la casa mientras mi padre y mi hermano permanecían en la cocina.
Terminaba yo de apuntarle algunos detalles sobre sus quehaceres cuando estábamos de regreso, entonces mi hermano me interpeló con el rostro serio y, en presencia de la mujer, me preguntó con absoluta seriedad y mostrando interés por la respuesta:
—¿Le has dicho ya lo de la toalla de detrás de la puerta del baño?
—¿El qué?— Respondí perplejo porque no sabía de qué diablos me estaba hablando.
Mi padre, en tanto, continuaba centrado en su plato, disfrutando de su aromática cazuela de fideos. Aparentemente no nos prestaba atención alguna.
Entonces el cabrón de mi hermano, al que no puedo calificar de otra manera, se dirige con decisión a la auxiliar para explicarle de qué va eso de la toalla.
—Esa “la Toalla del Silencio”.— La mujer pone una mueca de no entender de qué habla. Y mi hermano continúa en tono grave. —Cuando mi padre se pone nervioso y grita, la cogemos y le metemos en la boca uno de los picos pa´ que no se escuche, y luego se la liamos bien por la cabeza pa´ que que no moleste.
La buena mujer se quedó perpleja un instante, abrió exageradamente los ojos y me miró buscando una explicación racional o a alguien que no estuviese loco en la familia. Parecía no entender de qué le hablaba el cabronazo de mi hermano.
—¿Pero qué me estás diciendo? ¡Yo no voy a hacerle eso a tu padre, por Dios!— Lo cierto es que solo fueron unos segundos de incertidumbre, luego de un cruce de miradas, todos arrancamos a reír, incluida ella.
Mi padre desvió la atención del plato de fideos y me miró simulando resignación y meneando la cabeza de derecha a izquierda. Su mirada socarrona revelaba un evidente esfuerzo por aguantar la risa.
—… este Carlos tiene unas ocurrencias… — dijo mientras se levantaba para ir al baño.
Un rato después de que tanto la auxiliar como mi hermano se hubiesen marchado, yo permanecía sentado en la terraza junto a mi padre charlando de cosas intrascendentes. Entonces saqué a colación la ocurrencia de mi hermano con la auxiliar, pero él ya lo había olvidado.
—¿Qué dices que hizo?— Me preguntó visiblemente intrigado.
—Que para cuando te pongas nervioso tenemos que liarte una toalla en la cabeza para que dejaras de gritar.— Me miró fijamente frunciendo el ceño y mostrando que no entendía de qué hablaba. Le contextualicé la situación y le volví a explicar lo ocurrido. Fue entonces cuando se echó a reír mientras apoyaba su mano en la cabeza.
—… este Carlos tiene unas ocurrencias…— dijo sin dejar de reír.
Demeli Rohu.
Torremolinos septembre 2025

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