A veces la realidad nos regala escenas que parecen sacadas de un vodevil, de esos de despropósitos.
Y es que resulta que esta tarde estaba haciendo algunas fotos de recurso en cierto lugar de Torremolinos, cuyo nombre me ahorro, cuando me encuentro a una señora tratando de aparcar un pequeño automóvil en un amplio espacio. Lo hacía despacio, cuidando que la trasera del vehículo no rozara con el murete del jardín; a continuación lo mueve de frente, teniendo cuidado de no golpear al coche de delante. Y así, adelante y atrás, repetía una maniobra que parecía que no iba a acabar nunca. Entonces aparece un individuo corpulento que dobla la esquina, camisa desabrochada y palillo en los dientes. Y oigan, el tipo no se lo piensa y se dirige a mí mostrando una buena carga de guasa.
—A ver si le vamos a tener que mover los coches pa´que aparque. Lo dijo mientras me miraba buscando complicidad, pero yo opté por poner cara de poker y hacerme el despistao, Aunque tengo que reconocer que me sorprendió la interpelación del crítico. Porque digo yo, que poco debía importarle la habilidad que tuviese la buena señora para aparcar, máxime cuando a él no le molestaba lo más mínimo.
Y claro, como ya apuntó Newton en su Tercera Ley de la Termodinámica, a toda acción corresponde una reacción. Y la señora, desde el coche, no lo dudó y le respondió a su manera:
—¿Y a ti qué mierda te importa? ¿Chalao?— Se veía que a la conductora le afectó el comentario. Entonces el tipo se pone digno y la exhorta a que no lo insulte.
—¿Tú quién te has creído que eres para insultarme?— Yo, que ya sobrepasé la escena, me vuelvo porque la curiosidad me tiene atrapado. Entonces, desde un balcón, otro hombre se asoma mostrando su torso cubierto con una camiseta de esas blancas y sin mangas que apenas alcanza a cubrirle la prominente barriga, e inesperadamente interviene.
—¡Mira… tú! ¿A ti que cohone te importa como aparca mi mujer?
—Es que lleva una hora pa´ parcar, coño, y tiene mu mala lengua.— Para mi sorpresa, una joven morena, que permanecía en silencio y apoyada en el muro frontal a unos quince metros de la escena, y en la que yo no había reparado, decide intervenir para señalar que había empezado el del palillo.
—Tú callaita que estás más guapa, nena— le dice el del palillo en la boca
—No me callo porque no me sale del coño.
—¡Anda y lávate la boca, asquerosa!— le grita el que dió inicio a la discusión. —Mira que valiente con las niñas— apunta desde el balcón el de la oronda barriga y camiseta sin mangas.
—Y pa ti también tengo, so payaso
—A ver si voy a tener que bajar a arrancarte la cabeza —para cuando su marido terminó la frase, la conductora ya se había apeado del vehículo y le decía que se metiera para dentro.
—Anda, Paco, métete pa´ dentro y déjalo ya.
—No, que baje el enterao, a ver si me lo dice a la cara.— Provocaba el del palillo señalando con la mano que bajase. Así continuaron subiendo el tono. Entre tanto la conductora desaparece y la joven vuelve a consultar su teléfono. Entonces, salida de no sé muy bien dónde, aparece una rolliza señora que me rebasa desde mi espalda, cargaba con una mesilla de noche en una mano y una caballito de madera, de esos de balancín, en la otra. El rostro lo lleva encendido, quizá por el calor, quizá por el esfuerzo de ir tan cargada, o por ambas cosas. Camina meciéndose de derecha a izquierda, como un dominguillo de esos con los que juegan los más pequeños; se acerca al tipo del palillo de dientes y con la voz aún jadeante por el esfuerzo y la velocidad a la que caminaba, pero con indiscutible autoridad, no duda en increparlo.
—Venga, Pepe, tira pa´la casa y cállate ya.— Miro al balcón y veo que el otro tipo continua asomado, en silencio pero desafiante. De repente aparece la conductora por su espalda, lo coge del brazo y de un tirón lo mete dentro.
—Anda, tira pa´dentro y déjate de chalauras.— Abajo, Pepe, se marcha abriéndole paso a la señora rolliza, va cabizbajo y sin prisas mientras ella le regaña como si fuera un niño: que si siempre tienes que dar la nota, que si no te da vergüenza, que si esto, que si aquello… eso sí, ella continuaba cargando con los bultos mientras él llevaba las manos en los bolsillos. Arriba, la ventana del balcón se cierra dando un golpe; y la joven morena sigue absorta en su teléfono móvil como si no hubiese pasado nada.
Hace calor, la calle se queda vacía y yo cargando con mi bolsa y mi equipo me dirijo a otro punto del pueblo para hacer un par de fotos más antes de volver al estudio. No puedo evitar preguntarme si he sido testigo de este entremés o todo fue fruto del calor, el Covid y mi imaginación.
Por mi parte, ahí lo dejo.

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