Enrique Ramos

Una vez más traigo a este rincón a una persona especial, que lleva la sal marina inyectada en su sangre. Choro hasta la médula, y orgulloso de serlo. Uno de esos seres sencillos que pueblan nuestros pueblos y que, sin ser consciente de ello y a pesar de decir de sí mismo que no tuvo estudios, no deja de ser un pozo de sabiduría. Me sorprende su profundo conocimiento de las artes de pesca así como de sus usos y manejos.
Comenzó de pequeño, cuando no tenía más de ocho años y se embarcaba con su padre para salir a pescar. De aquella época recuerda la dureza de la vida —“hambre, frío y trabajo duro”— esas son las palabras con las que define su infancia. Porque las noches en un “sardiná”, a remo y vela, eran largas, duras y frías. A veces en dirección a Málaga, otras a Fuengirola, pero siempre acompañado de la hiriente brisa de mar, que a la luz de la luna acabó curtiendo su piel de niño.

Durante el servicio militar.

—“Algunas veces, después de toda la noche de briega, cuando llegábamos al puerto de Málaga a vender el pescao me daban un vaso de leche caliente y una batata, o un café y un bocadillo… se me saltaban las lágrimas”—recuerda con emoción.
Pero también recuerda los días te temporal, en que no podían salir a faenar y se iban al campo a la rebusca de patatas, batatas —“o lo que pillaramos”—dice manifestando cierta amargura en sus palabras.
Junto al “Panchurra”, (otro de esos personajes pendientes de pasar por mi rincón) solía caminar de madrugada desde La Carihuela hasta la Cizaña baja, descalzos por el rebalaje, donde tenían su “boliche” con el que echaban las redes, para luego tirar del copo.
—“Luego, ya de amanecido, nos íbamos al campo a coger higos.”—Me indica visiblemente emocionado mientras sonríe,—“Qué tiempos Juanlu”—
Así estuvo algunos años, hasta que a los catorce, entró de pinche en el hotel Pez Espada. Recuerda que la cocina tenía un hornillo de carbón, que a él tocaba mantener lleno, entre otras obligaciones.
Un par de años después, entró como camarero en el hotel D. Martín, (actual Tarik), y de ahí al bar el Toro. Posteriormente alquilaría bares y restaurantes como Casa Flores, El Guadalupe, El Caracas o El Puerto. Hasta que finalmente, allá por los noventa, abrió el que sería su buque insignia: El Sardiná, que ha llevado el nombre de Torremolinos allende nuestras fronteras, por la calidad de sus productos y el buen trato a sus clientes. Incluso Arguiñano ha hecho algún comentario de este establecimiento en su programa de tv.

Durante la cena de promoción turística en Toledo,, 2014

Yo insisto en preguntarle por algún recuerdo o anécdota, y el me mirá tratando de recordar, echa la cabeza hacia atrás y mira al techo. Según me cuenta hay dos cosas que le han llenado de orgullo: la paga que recibía de peón, siendo aún un chaval, y que le enorgullecía entregársela a su madre. Y otro hecho, que no recuerda con menos orgullo, haber tenido el honor de embarcar en su traiña, “Hnos. Jaime”, a la Virgen del Carmen desde 1982 a 1990. Cosa que me cuenta visiblemente emocionado:
—“Yo lo hacía con mucho gusto, tenerla en mi barco me emocionaba. Te lo juro, Juanlu”.
Pero hay otra faceta de su vida, gracias a la cual, tuve la ocasión de estrechar lazos con él, se trata de las promociones que Torremolinos estuvo haciendo durante veinte años, a lo largo y ancho del país.
Yo tuve el honor de compartir con él muchos viajes y, por qué no decirlo, mucho trabajo que había que hacer en tiempo record: él friendo pescado y yo haciendo fotos.

Durante la promoción turistica en Fitur. Hotel Meliá Castilla. 2006

En una de las tradicionales cenas que se celebraba en el hotel Meliá Castilla de Madrid, justo la noche antes de la inauguración de la feria de turismo Fitur, llegaron a sacar más de cuatrocientos kilos de pescado, entre coquinas, gambas, boquerones, calamaritos, etc, para servir a más de 800 personas. Pero lo realmente asombroso era comprobar que el pescado llegaba a todas las mesas en condiciones realmente inmejorables. Un trabajo del que tanto él y sus compañeros, como todos los vecinos de Torremolinos deberíamos sentirnos orgullosos, pues la gastronomía de nuestro pueblo se ponía a prueba ante comensales curtidos en innumerables comidas de gala o de trabajo, para salir siempre más que airosa.
También estuvo en Polonia, promocionando el turismo de la Costa del Sol, de la mano del Patronato de Turismo. Un hombre incansable, duro y luchador que a sus 76 años sigue saliendo a pescar y gusta de vigilar la marcha del restaurante El Sardiná, en el que ya no trabaja y al que se sigue sintiendo intimamente vinculado.

Enrique Ramos. 2020

Pero dicho todo esto, la impresión que guardo de él es que es, sencillamente, buena gente. Sincero, directo y sin vueltas. Es de esas personas de las que se dice que se ve de venir. Que lo que se ve, es lo que hay. Y por todo ello quiero que, Enrique Ramos, pase a formar parte de esta humilde lista de Personajes de Nuestra Historia Chica.

NOTA: Personalmente creo que no deberíamos olvidar nuestro pasado, y sobretodo, el pasado de quienes nos precedieron en nuestro pueblo y conocieron una vida distinta y más dura. Porque saber de dónde venimos

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