Dándolo todo

El pasado fin de semana, durante una de mis caminatas por el paseo marítimo, me topé con una curiosa escena para la que no encuentro un calificativo honroso, así que evitaré calificarlo, porque tampoco es cuestión de meter los dedos para hacer daño.
Ocurrió justo mientras descansaba sentado sobre el petril que separa el paseo de las rocas, a su paso por el Morro. Ya sabéis, donde la gente aprovecha para tomarse fotos o simplemente echar un vistazo al mar o a la playa, que por cierto estaba llena de gente. Yo observaba la pérgola de estilo clásico que el Ayuntamiento ha colocado allí, junto a una estatua del Inglés de la Peseta, y me preguntaba cómo sería vivir en un lugar como el Castillo del idem, ochenta o noventa años atrás, en un tiempo en que no había ni turistas ni otras construcciones.
Y así estaba yo, de paseo mental cuando la vista se me fue en dirección a un sujeto que se acercaba desde la Carihuela en dirección al Bajondillo. Debía frisar los sesenta, aunque lo más seguro es que no los hubiera cumplido aún. Lucía su torso desnudo, que se mostraba mojado de sudor y musculoso, aunque con las pequeñas flacideces e imperfecciones que regala la edad. Vestía un pantalón azul, corto, ajustado y brillante, perfilado de ribetes amarillos. También calzaba unas zapatillas Nike a juego, sin calcetines (cosa que dicho sea de paso, no he soportado nunca). El caso es que se acercaba trotando, sin prisas, haciendo notar un musculamen que ya languidecía asomado al crepúsculo de su esplendor.

Venía con su pecho rasurado y brillante por el sudor, con zancadas cortas y mirada al frente. Parecía estar decidido a continuar así hasta el fin de los tiempos, pero para mi sorpresa se detuvo de repente. Y con decisión y sin miedo de exponerse a las miradas de todos, comenzó a girar los brazos violentamente hacia adelante. Luego apoyó una pierna en el borde del petril y comenzó a hacer algo que podrían ser ejercicios de estiramientos, tras cada uno de los cuales, expulsaba el aire de sus pulmones como si soplase para apagar las velas de una tarta de cumpleaños. La gente pasaba a su lado; unos con indiferencia y otros observándolo con una pizca de curiosidad. Yo continué dejando volar mi imaginación con la pérgola, el Castillo y la estatua del inglés, pero sin dejar de oír los resoplidos de aquél Milón de Crotona entrado en decadencia.
Al poco, desde el Bajondillo, se acercaban tres jóvenes rubias, con el rostro sonrosado que lucen las nórdicas recién llegadas antes de ponerse morenas. Paseaban en animada charla, en bikini y mostrando sus respectivos y espectaculares cuerpos aún lechosos, pero rebosantes de lozanía. Entre las tres no debían de repartirse más años de los que cargaba el atleta. Yo las vi venir de lejos, y el del pantalón azul, también. Que, por cierto, se les quedó mirando con manifiesto descaro. Cuando estaban a apenas a unos quince metros, el de los músculos decidió dejar de estirar y se acercó a uno de los bancos situándose en el camino por el que se acercaban las rubias. Allí se dejó caer de bruces, con una mano a la espalda y apoyando la otra en el borde del banco de hierro forjado, en un alarde de fuerza y destreza, a mi juicio sorprendentes. Creo que fui el único que se fijó en que lo hizo con la intención de que lo viesen las chicas que, efectivamente, se fijaron en él, entre otras cosas porque se les puso prácticamente delante y resoplando como lo haría el fuelle de una forja. Logró hacer tres flexiones antes de que las tres musas se le acercasen a un par de metros. Pero entonces algo falló. No sé si se resbaló la mano que lo sostenía debido al sudor o le falló la fuerza, el caso es que el brazo cedió de repente y la cara se le estrelló contra el férreo borde del banco. El golpe sonó seco y la cabeza le basculó hacia atrás de manera que el occipital casi le golpea la espalda. Tanto fue así, que sentí que me dolió a mí.
Una de las chicas se llevó la mano a la boca y las tres frenaron en seco. El tipo se levantó tratando de aparentar que no había ocurrido nada. Como si el golpe formase parte de un número circense. Pero no pudo disimular la sangre que le salía por la boca. Escupió con fuerza, y una nube de aerosol rojo se proyectó contra el suelo, donde un objeto del color del marfil y del tamaño de un diente, rebotó sucio de sangre. Las rubias rodearon al sujeto cuchicheando entre ellas, el sujeto recogió su diente y se palpó su sangrante boca, y yo decidí continuar después de comprobar el hueco negro que le había quedado en su cuidada dentadura, así como la incipiente barriguita que le apareció repentinamente al de Crotona, supongo que al relajar los músculos abdominales.
Así que retomé mi camino en dirección al Centro de Mayores de Playamar, donde mi hermano me iba a invitar a un café, con hielo, eso sí.

6 respuestas

  1. Avatar de Pepe Ferrer

    Que ojo tienes de reportero. Se nota el oficio y el relato sublime

    1. Es que tu me lees con buenos ojos. Pero gracias.

  2. Avatar de AaJulio Sevillano
    AaJulio Sevillano

    Simpática historia JuanLu.
    La vacilada le costó una partida d morros 😊😅👏🏼👏🏽

    1. Suele ocurrir con las vaciladas. jeje

  3. Avatar de Gema tejada

    Jajaja le salió el tiro por l culata,,pobre ego🙄

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