Mariano Alba

Se llama Mariano Alba, pero entre los alumnos que lo conocimos en su época de catedrático de Historia lo recordamos como Don Mariano.
Le pedí que me hiciese el honor de posar ante mi cámara, a accedió gustoso y con la educación que siempre lo ha caracterizado. Llegó a mi estudio gastando la misma vitalidad con la que lo recuerdo de mi lejana época de estudiante. Puro nervio y dedicación. A sus 75 años aún se aprecia en su mirada el reflejo de un hombre lúcido con los que muchos alumnos de Torremolinos tuvimos la suerte de cruzarnos en nuestra adolescencia.
Le pedí que trajese un atrezzo para hacer la foto, algo que él creyese que lo identificaba y que resultase curioso, gracioso y/u original, y se presentó con una maza de esas medievales, porque trata de “presumir” de haber sido un profe “duro”; pero no consigue engañar a nadie, bajo esa cáscara de dureza se esconde un corazón que lo ha delatado en múltiples ocasiones.
—¿Y esa maza?
—Me la regaló un alumno hace años, por lo duro que era de profesor— me dice tratando de ser convincente— me hizo gracia y la guardo con cariño desde entonces.
—Bueno, dime una cosa: ¿Tú cuándo comenzaste a dar clases?
—En 1975, en Ronda, pero solo como profesor, porque era una condición antes de ejercer como catedrático. Pero al año siguiente, ya me vine a Torremolinos como catedrático. Y me quedé aquí para siempre. Además— Ahora sonríe con complicidad— aquí estaba esperándome mi santa esposa.

—Entonces te viniste soltero.
—Sí, soltero, aunque tenía novia. Pero mira una cosa curiosa, Juanlu, yo no había estado nunca en el pueblo más que de paso, y no conocía nada, ni el Calvario, ni la Carihuela; vamos lo que se dice nada de nada. Pero cuando le conté a mi novia que había aprobado las oposiciones y le enumeré las plazas que podía coger: Ronda, Barcelona, Badajoz… y Torremolinos entre otras, se emocionó un montón. “Ay Mariano pide Torremolinos”, me dijo emocionada. “¿Pero por qué Torremolinos?” Le pregunté extrañado.— y ahora imita la voz de su novia— “Ay, porque es muy bonito, a mí me gusta mucho”. Es que la playa le encantaba. Y entonces me dije: «pues a Torremolinos».
—Pero con esa novia no te casaste, ¿no?
—¡No! ¡Que va! En cuanto llegué a Torremolinos se acabó la historia.—Me dice entre risas.—Y estando aquí conocí a mi mujer.
—¿Y una vez en Torremolinos dónde te instalaste?
—En la Carihuela. Me quedé prendado con el sitio, Juanlu. Allí estuve unos años viviendo en un apartamento alquilado. Me encantaba. Solía comer en restaurantes, pero recuerdo uno especialmente, Casa Juanito.
—¿Casa Juan?— pregunto poniendo de manifiesto mi ignorancia al respecto.
—No, no. Se llamaba Juanito. Creo que las hijas hoy tienen en el mismo local una tienda de comida.
—¿Y cómo fue que conociste a tu mujer? ¿Estaba en la Carihuela?
—No, no. Que va. Mira… —Levanta la mano y sonríe avisándome de que me va a contar algo curioso— … yo estaba de director de Los Manantiales, y tenía problemas con el transporte escolar, por lo que fui a la Delegación, pero llegué tarde. Ya serían las dos menos cinco, y mi mujer estaba cerrando la puerta de la inspección para irse.
—¿Pero ya era tu novia?
—¡¡Que va, yo ni la conocía ni na!! Y me dirigí a ella en plan importante y le dije: “Un momento por favor que tengo que entrar”. Así todo muy serio. Y ella me respondió que ya estaba cerrado, entonces le dije en plan chulotonto: “Eso será para otras personas, no para los directores de instituto”. Fíjate que chulo, Juanlu —Y los dos arrancamos a reír por lo ridículo de la situación.— Entonces ella me miró con una cara que me dejó listo— continúa sin dejar de reír.

—¿Pero al final entraste o no?
—Sí, sí. Entré e hice mis gestiones. Y un par de semanas después volví por el tema del transporte, porque tenía ciertos problemas que no acababa de solucionar. Y me aconsejaron que hablase con Manchi. “Y quíen es Manchi”, pregunté. Resulta que era la encargada de los institutos y la que llevaba la cuestión de todo el transporte escolar de la zona. Así que me dirigí a la oficina de Manchi y, ofú chiquillo, allí estaba ella otra vez— Volvemos a arrancar a reír.
“Perdón, mire, que me ha dicho el delegado que tengo que hablar con usted para…” y como vio que su respuesta no terminó de convencerme, añadió: “Pues esto es lo que hay”, y continuó explicándome las normas que tenían, y tal y cual. Vamos, dándome palos por todos lados, Juanlu, y encima con razón, no veas la que me dio.
Pues dos semanas después tuve que volver con la matraca del transporte. Mira Juanlu, me traía loco. Entonces decidí cambiar la estrategia. Ese día volví a llegar un poco tarde y le dije, siempre tratándola de usted, por supuesto, que como ya era tarde si quería la invitaba a comer y le podía explicar detenidamente lo del problema que yo tenía con el transporte. Se me quedó mirando así —y hace un gesto de extrañeza tratando de imitarla— Y a partir de ahí…—Sonríe con satisfacción— me ayudó como no te puedes ni imaginar. Y oye—Ahora se pone serio y levanta el dedo para ponderar lo que va a decir— Y créeme que desde ese día nadie me ha ayudado más en la vida.

En el instituto Los Manantiales, durante una entrevista en 1997

—Supongo que así es la vida, Mariano.
—Mira, Juanlu, a mi edad, que ya tengo setenta y cinco tacos, todavía me pregunto cómo me pudo haber pasado esto. El destino es una cosa curiosa que me ha llevado a casarme con una mujer veinte veces más inteligente que yo.

A don Mariano lo recuerdo como un profesor curioso, amante de su asignatura y que siempre mostró un interés especial por los alumnos más díscolos y rebeldes, a los que dice que hay que dedicarles más atención y paciencia.
—Yo, durante mi adolescencia, fui mal estudiante—me confiesa— y recuerdo a un maestro que me ayudó a superarme. Gracias a él mejoré mis notas e incluso fui el segundo en las oposiciones entre más de mil ochocientos candidatos. Por eso siempre he creído que mi obligación era ayudar a otros alumnos que lo necesitaban.— Entonces se calla durante un instante, en el que adivino que regresa a un lejano pasado donde intuyo que a veces se siente más cómodo.
Mariano, además de profesor de Historia, fue director ininterrumpidamente desde 1992 hasta 2000, del IES Los Manantiales, la época que más alumnos albergó el centro de toda su historia, llegando a tener casi mil quinientos. A pesar de ello, durante este tiempo, también se vio obligado a simultanear algún año la dirección con el Costa del Sol, que inauguró también él y al que llama «hijo de los Manantiales». Y, por si fuera poco, además le asignaron la dirección del IES de Playamar.

Pero antes también fue director durante un año del Emilio Prados, que me cuenta sorprendido que se inauguró en un bloque de viviendas y que usaban los dormitorios como aulas. Allí solo estuvo un año, antes de regresar a Los Manantiales.
En 1992 creó el acto de las graduaciones de estudiantes en Torremolinos, acto que muchos otros institutos de la zona también han ido adoptando.
—Lo hice porque me parecía algo curioso y que estaba bien.—Se para un segundo antes de continuar— mira, Juanlu, en España tenemos las dos universidades más antiguas del mundo, más aún que Oxford y Cambrige: Salamanca y Alcalá. Y de ellas cogí la idea de las becas en forma de uve, cuyo color distingue a los de ciencia de los de letras—Noto cierto orgullo en su voz al mencionar las universidades españolas. —Además animé a que se premiase al mejor compañero y al más trabajador, obviando las notas de cada uno. Porque existen valores que creo que hay que apoyar. No todo debe ser conocimiento académico; la amistad y el sacrificio, por ejemplo, también son importantes.
—Pero ¿quién elige a los premiados? —pregunto ignorante
—Los propios alumnos ¡por supuesto! —responde lleno de razón.
—¿Pero por qué le pones las becas a los alumnos y no el birrete, como hacen en otros países?
—Por eso, porque lo hacen en otros países, no es una costumbre nuestra. No se trata de copiar lo que hacen en otros, sino de usar nuestras propias tradiciones. Revivirlas. Y esta de las becas es de las más antiguas del mundo, como ya te dije.

También le pido alguna anécdota que recuerde, porque sé que las tiene para escribir un libro,y destaca un par de ellas. Por un lado la confesión de embarazo de una de sus alumnas. El hecho de que acudiese a él antes que a sus padres lo conmovió, y lo obligó a intervenir con los progenitores para suavizar la situación. Y luego, mostrando su característica sonrisa, me habla de otra alumna que dijo decantarse por estudiar «Económicas» porque era lo que estudiaba su novio.— Cuando me lo dice se echa las manos a la cabeza.
—Lamentable— me reconoció entre risas y moviendo la cabeza a modo de negación. —Aunque luego recapacitó e hizo lo que de verdad le gustaba, que era medicina. ¡Menos mal!— Levanta las manos con satisfacción.

Yo tengo que reconocer que si soy fotógrafo, es en parte por seguir el consejo que en su día nos dio en clase: —“Yo soy el tío más feliz del mundo”,—recuerdo que dijo lleno de razón el día de su presentación y que fue la primera vez que lo vi allá en el 76— porque hago lo que me gusta y, encima, me pagan.— Y de este modo nos animaba a pensar sobre cual era nuestra verdadera vocación.
Tuvo como alumna a Maria Barranco, una chica a la que dice que le veía un encanto especial, y no se equivocó. Años después de haber terminado el bachiller, la entonces todavía aspirante a actriz, fue al instituto para despedirse de él.
—Es que decidió marcharse a Madrid en busca de su sueño, y hoy es una gran actriz— Me asegura sin disimular su orgullo.
—¿Cuando te jubilaste?
—Me jubilé en 2013, pero me ficharon en un colegio privado del parque tecnológico que se llama el MIT School (Malaga Instituto Tecnológico) Allí estuve dos años. Pero en el año 2016 me necesitaba mi hijo para mi nieto y me dije, se acabó. Mi nieto es lo primero y oye, que estoy con él encantado de la vida, y además es guapísimo.— Otra expresión de orgullo le asoma sin tratar de disimularla.
—No lo dices porque sea tu nieto, ¿verdad?— le digo a modo de guasa.
—¡No, no. Ni mucho menos!—Asegura esgrimiendo su dedo índice— Es guapísimo. Cuando lo veas ya me dirás.

Este ha sido don Mariano Alba, uno de esos profesores que dejan huella en sus alumnos. Un profesional completamente entregado a su trabajo y que acabó marcando a varias generaciones de jóvenes regalándonos un grato recuerdo de nuestro paso por el instituto y una huella indeleble en el corazón.
Durante el rato que estuvimos de animada charla salen a flote viejas vivencias, unas compartidas y otras no, además de personajes que ambos conocimos. El diálogo es fluido e informal, pero no puede evitar que de vez en cuando le asome, inconscientemente, el profesor que siempre llevará dentro, y entre otras citas de personajes históricos a las que aludió durante nuestra charla, me llama la atención una de Lope de Vega que repite en varias ocasiones: “La mejor fama es la bondad”, la última que vez que la cita lo hace en honor a un profesor de dibujo que ambos conocimos y que falleció durante una de sus clases. Ambos estamos de acuerdo en que, además de buen profesor, fue una excelente persona. Le llamábamos señor Ros, impartía clases de dibujo y nunca le oímos una voz más alta que otra.
Defiende que los profesores de Historia no deben juzgar los hechos desde una perspectiva partidista, ni manifestar ante los alumnos sus ideas políticas, “Porque eso es faltarle el respeto a los alumnos,” Asegura. Cada alumno debe aplicar a sus conocimientos un pensamiento crítico y sacar sus propias conclusiones y, por supuesto, preguntar y poner en duda todo lo que decimos hasta que le quede aclarado, si es que es posible.
—Pues esto se ha acabado, Mariano.
—Ea, Juanlu, pues yo me voy a ver a mi nieto.

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