Cris Navas

Hoy traigo a este rincón a un viejo amigo y entrañable personaje de Torremolinos, alguien que junto a su grupo, Danza Invisible, a paseado el nombre de nuestro pueblo por toda España y medio mundo. Un hombre que de joven pretendía pasar desapercibido y acabó siendo famoso en uno de los grupos más veteranos y carismáticos del país.
—¿Sabías cual fue mi primera impresión cuando te vi en el instituto, con tus pelos de punta, tu expresión seria, vestido de negro y con una cadena colgada a su pantalón?
—Ni idea— me responde sonriendo.
—Pues pensé que eras un tipo borde, que quería guardar distancia con el resto de compañeros. Te llamábamos el “Punki”— Ahora arranca a reír ante mi confesión —Luego supe que eras pelín tímido.
—Y no solo eso, es que tampoco dominaba el español. Yo lo escribía y lo leía, pero hablarlo era otra cosa. Y eso me hacía ser un poco más reservado. Además, ten en cuenta que dejé mi vida en Inglaterra: amigos, vecinos… mi mundo. Aún tenía que asentarme. Pero ojo— matiza— que yo estaba encantado de venir aquí.
—¿Cuándo llegaste a Torremolinos?

Concierto Danza Invisible, El Regreso, plaza La Nogalera 5 septiembre 2015

—Tenía unos trece años, y a la semana de estar aquí, me metieron en el colegio. Entré en séptimo de EGB en el Palma, el tutor era profesor de inglés, pero también era la clase más golfa.— Se lleva la mano a la cabeza como queriendo recordad. —Era una pasada.
—¿Notaste mucha diferencia con tu antiguo colegio?
—Puf. Una barbaridad. Yo estaba en un colegio católico. Fíjate que mis padres se tuvieron que casar dos veces, como protestantes y como católicos para que los aceptasen en ambos países, pero sobre todo en España que, en aquella época, o te casabas por la Iglesia católica o no estabas casado.
Pero como te decía, en el colegio que estuve había, sobretodo, irlandeses, italianos, algunos griegos… en fin católicos. Todos llevábamos uniforme, como en el resto de colegios británicos. Cuando el profesor entraba en la clase, ni tenía que mandar callar. Su autoridad era total. Además, cuando íbamos por la calle se podía saber a qué colegio pertenecía cada uno por el uniforme, y encima con el nombre grabado, estábamos fichadísimos— Se vuelve a reír con ganas. —Pero aquí, en España, era tan diferente que no me lo podía creer. La gente iba en camiseta, con vaqueros y como le daba la gana, hablaban en clase… Allí eramos más obedientes y disciplinados— continua sin perder su sonrisa al recordar su infancia.

—Yo flipaba. Puede parecer increíble, pero si lo comparo con Inglaterra, allí el colegio era más serio, más… gris. Aquí había una libertad increíble. Me dije, ¡esto es jauja! porque era más anárquico y divertido. Con más color y calor. Otro mundo vamos.
—Aquello debía ser como los chavales del Muro, de Pink Floid, ¿no?— Se para uno segundo y reflexiona,
—Bueno, en cierto modo un poco sí. Los setenta fue una época oscura en Gran Bretaña, quitando lo musical, claro. Yo la recuerdo con ambiente de protestas, injusticias y mal rollo. Y el sistema educativo era tela de sobrio. Aquí no se tomaban tan en serio la autoridad del profesor, pero allí la disciplina era exagerada. Claro que de eso hace cincuenta años, no creo que hoy sea igual.
—Pero musicalmente estabas más avanzado.
—Sí, eso sí. Fue la época de la explosión Punk, y aquí aún quedaba un poco lejos. Yo compraba discos por correo que no había en España o se los encargaba a mi hermano que estaba en Inglaterra. Leía el New Musical Express (NME) y estaba informado de lo último en música. Por eso estaba más avanzado musicalmente, aunque Torremolinos en muchos aspectos continuaba siendo una excepción en España. Era el sitio más liberal de la Península, sin duda.
—¿Cuándo supiste que te ibas a dedicar a la música?

—No sabría decirte. A mi siempre me gustó la música, ya te digo. Cuando conocí a Manolo Rubio ya sentía alguna inclinación por tocar. Quizá durante aquella última movida punk, menos purista y más permisiva, donde podías empezar a tocar sin tener experiencia ni prácticamente conocimientos. Eso no había pasado nunca antes en la historia del pop y del rock en particular. Comenzó en Inglaterra y luego se extendió por Europa, y chavales de todo tipo comenzaron a formar grupos. Los hubo muy malos pero salieron muchas cosas buenas. Lo que originó una pluralidad que hoy no existe. Ni de coña.— Ratifica —Hubo muchas fusiones de estilos, salían muchas cosas nuevas, algunas sin la maestría ni experiencia a la hora de tocar, pero sí con espíritu de tirar pa´lante, y a los que aguantaron les llegó el conocimiento con el tiempo. Fue cuando supe que era el momento y di el paso… Mira— Se interrumpe —te voy a contar una anécdota: Yo tenía una vieja Rieju y quería comprarle la moto a Paco, una Montesa. Pero cuando tuve el dinero me propuso que mejor me comprase un bajo, y así podíamos ensayar en su casa con Micky (DEP), que tocaba la guitarra, porque él ya se había comprado una batería. Y me alegro de haberle hecho caso, con la moto seguro que me habría “matao”.— Me dice sin dejar de sonreír.
Es que la música me llegó desde que tengo memoria: por mis hermanos, Susana y Miguel, e incluso por el pub (el Capote), donde el antiguo dueño que era disk jockey, tenía un par de platos y un montón de vinilos. Yo, con quince años, empecé en verano a trabajar allí poniendo discos. La música me rodeaba, así que puede que quisiera dedicarme a esto antes de ser consciente de ello.
—¿Entonces este viejo bajo que hemos usado para la foto es aquél que compraste con el dinero de la Montesa?
—No, no, aquél era un trasto malísimo, este lo compré un par de años después. Tirando también de ahorros que conseguí currando en el pub.
—¿Y qué recuerdas de tus comienzos?

Concierto Danza Invisible, El Regreso, plaza La Nogalera 5 septiembre 2015

—Mi comienzo real fue con Adrenalina, el grupo lo formábamos Manolo, Gerardo, Paco y yo. Empezamos a ensayar y a aprender a tocar en el pub de mi padre, abajo, ya sabes. Lo cierto es que fue gracias a mi madre, porque él no veía con buenos ojos eso de dedicar tanto tiempo a tocar el bajo. Aunque cuando las cosas comenzaron a despuntar sé que se sintió orgulloso. Disfrutaba tanto o más que yo de los éxitos de Danza Invisible.
Como Adrenalina apenas hicimos ocho conciertos, el primero fue en el instituto Los Manantiales, durante una fiesta para conseguir fondos para el viaje de estudios. El escenario se improvisó con unos pupitres. ¡Jo, macho! qué tiempos— dice mientras me mira con cómplice nostalgia.

—¿Hay algún grupo que te influyera decisivamente?
—Eso es difícil de responder. Escuchaba mucha música, desde el Rock and Roll clásico al más actual. Pero cuando llegué a España me enganché con Led Zeppelin, que lo oían mis hermanos. Luego me atrajeron grupos punkis como los Sex Pistols, entre otros. Lo cierto es que no sabría decantarme por un solo grupo.
—Y dime, ¿dónde quedó aquél Cris punki que conocimos en el instituto?— Se para un instante para pensar antes de responder
—Sigue dentro de mí, y aunque he madurado, ese Cris me acompañará hasta la tumba.
—A pesar de los años y tu madurez personal, te sigo viendo con la misma ilusión y sentido del humor que cuando eras joven ¿cuál es tu secreto?
—Creo que la culpa es mi profesión. La música siempre fue mi pasión, me he divertido trabajando y casi lo hemos hecho como un juego. Un juego divertido que que ha permitido que “señores” de sesenta años sigan con el mismo espíritu con que empezamos.— Se para y reflexiona antes de continuar —Es que el momento de subir al escenario es mágico, es pisarlo y saltar la chispa. No me imagino nada peor que tener que dejarlo. La sensación de acabar un concierto, sabiendo que has realizado un buen trabajo, no está pagado. Eso engancha.— Espera unos segundos mientras da un trago al botellín de cerveza.
—En el escenario desaparecen los kilómetros que hiciste, las horas de ensayo o el hotel de mierda que te pudo haber tocado. Estás ahí y se produce la magia.
—Te sube la “adrenalina”
—Síii,— ríe al captar el juego de palabras —sube esa “adrenalina” que llevamos dentro. El día que perdamos la chispa, estaremos muertos.
—¿Y, musicalmente hablando, que ha cambiado en ti?
—Hoy soy menos intransigente. No pienso que lo mío ni mis gustos musicales sean lo mejor. He aprendido a tener menos prejuicios musicales y he abierto mi abanico de opciones a estilos que hace unas décadas ni imaginaba. Por ejemplo, no soportaba a los Beach Boys, por razones estúpidas, y los dos últimos discos que he comprado son de ellos.— Mientras hace su confesión me mira encogiendo los hombros antes de continuar, mostrandome lo circunstancial de la vida —Es que hoy mis gustos musicales se han diversificado un montón, además como profesional tampoco te puedes permitir estancarte. Evolucionar también forma parte de esta profesión, aunque siga siendo fiel a mi base. Mira, te digo más— Adivino por su tono y sonrisa que me va a contar algo gracioso —Con nosotros desde hace tiempo y por circunstancias que no vienen al caso, también toca otro guitarra, es buenísimo. Se llama David y es policía en Mijas. Me dicen hace treinta años que en el futuro iba a tocar con un policía y me descojono— se apoya en el respaldo del asiento y ríe con ganas. —Pero en serio, toca de puta madre.
—Cuéntame un recuerdo inolvidable.
—¿Bueno o malo?
—El que quieras.
—Mmm. Es difícil porque han sido muchísimos en estos más de cuarenta años. Pero hombre, la primera vez que fuimos a Madrid a tocar en la sala Rockola, eso fue la hostia
—¿Cuándo fue eso?
—No recuerdo el año, pero a mediados de los ochenta. También tengo muy buen recuerdo de cuando ganamos el primer certamen andaluz de rock en Jerez. Se llamaba Rock Alcazaba. Aquello fue impresionante, era la primera vez que tocábamos en un escenario al aire libre, hasta entonces habíamos tocado en comedores universitarios, discotecas… pero aquello era diferente. Gracias a ese premio nos salió nuestro primer contrato importante.
—¿Y el futuro?
—Confío en la fortaleza del grupo. Porque Danza Invisible, unida, es mucho más que la suma de las partes.
—¿Y en lo personal?
—¡Me caso en mayo! ¿Te sirve?— Responde sin pensarlo.
—¡Te casas por primera vez a los sesenta! Sí que te lo has pensado.
—Bueno— Me dice sin dejar de reír— La verdad es que prisa, lo que se dice prisa, no me he dado.
—¿Cómo se llama la novia?
—Se llama Jenny. Es cojonuda.
—¿Es de aquí?
—De la Coruña, pero tan de aquí como la mayoría de torremolinenses, que vinimos de fuera y elegimos ser hijos adoptivos del pueblo.

Este ha sido Cristóbal Navas, (Cris), bajo de Danza Invisible que a sus casi sesenta años, sigue pareciéndome el mismo chaval de quince que conocí en el instituto.

Todavía conserva aquella vitalidad de juventud, la ilusión y sus ganas de “hacer cosas”, como él dice. Tengo ante mí a un joven con la experiencia adquirida tras décadas de trabajo, y que sigue manteniendo su sentido del humor. Y me lo demuestra cuando, en un momento de la entrevista y sin dejar de reír, me confiesa que en el colegio los compañeros le hacían burla llamándole “el Navaito”, por sus apellidos Navas Heaton.
—Qué cabrones— Exclama mientras se ríe nostálgico y sin resentimiento.
Además de todo lo expuesto, traerlo aquí también ha sido motivado porque sé que es una buena persona, que no es poco.

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