Le dije que, para la foto, se trajese algo que fuese emotivamente especial para él. Y lo esperaba con alguno de sus trofeos, no en vano fue campeón del mundo de esgrima en 2003. También podía haberse traído una máscara o una espada. Pero no, se presentó con una réplica del monumento al pescador que hay en la plaza del Remo. La misma que aparece en la foto.
—¿Y esto?—pregunté extrañado.
—Me dijiste algo que fuese emotivo para mi, y esto lo es, y mucho.— me dice dejando asomar cierto halo de misterio.
—Pues ya estás tardando en explicármelo, porque no sé que relación puede guardar esta figura contigo, y seguro que los que lean esto estarán tan sorprendidos como yo.
—Mi abuelo, Miguel Soler García, fue una de las víctimas del San Carlos, y dejó cinco huérfanos, entre ellos a mi padre, que entonces contaba con cuatro años de edad. Cuando el artista Aurelio Teno creó el monumento, tenía cierta amistad con mi padre, y tuvo el detalle de regalarle esta réplica a modo de homenaje a mi abuelo y a mi. Porque si te fijas, lleva una espada en cada uno de los extremos de la red.— Me acerco para mirarla y me quedo realmente fascinado.
—Vamos, que puedes decir que eres de la Carihuela hasta la médula, ¿no?
—Sí, y del Calvario. Mi padre, José Luis Soler Gallardo es de La Carihuela y mi madre María Márquez Arjona, del Calvario. Era hija de la Maquinista.

—¿Tú padre no tendrá parentesco con el portero del Málaga, Jose Antonio Gallardo?
—Claro, eran primos.—sonríe al ver mi cara de sorpresa.
Esto promete, pienso mientras me dispongo a comenzar la entrevista que al final se convierte en una charla de amigos.
Carlos Soler es un vecino de Torremolinos, campeón mundial de esgrima y dos veces subcampeón de Europa, eso entre una larga lista de otros trofeos que ha ido cosechando a lo largo de su carrera deportiva. Además ha participado en cuatro olimpiadas, a la quinta, la de Sidney, no pudo ir al impedírselo un accidente de tráfico. Ha viajado por Asia, America y por supuesto, Europa y estoy seguro que tendrá lugares favoritos de los que contarnos algo.
—Pues no te lo vas a creer, pero mis mejores recuerdos son de la playa de La Carihuela, donde me crié, junto a los apartamentos de mi tía Pepa, de Ginés y entre las hamacas de mi tío Miguel. Lo cierto es que mi infancia la pase a caballo entre el Calvario y la Carihuela y de aquellos años guardo mis mejores recuerdos.
—¿Y de todos los sitios que has visitado?
—Bueno, tengo cientos de anécdotas, pero recuerdos de lugares, lo que se dice recuerdos de haber disfrutarlo visitando, casi ninguno. Eso sí, conozco los aeropuertos, hoteles y sedes de competición a donde iba, pero poco más.— se ríe mientras me lo cuenta al ver mi cara de sorpresa, luego se pone serio —Cuando vas a competir no hay tiempo para fiestas ni turismo. Entrenas, te concentras y compites.

—¿Y cómo es que llegaste a la esgrima?
—A mi siempre me gustó el deporte. Practicaba de todo, desde tenis a fútbol o baloncesto. Ya sabes, no teníamos ni tablets ni videoconsolas, y pasábamos mucho tiempo en la calle donde jugábamos a todo y practicábamos infinidad de actividades deportivas. Incluso después del accidente me resistí a dejar de practicar deporte así que probé varias disciplinas, incluso el tiro con arco. Además, pertenecía a una asociación deportiva; Trokolivos, y también estuve entrenando a un equipo de futbol.
—¿Fuiste entrenador después del accidente?
—Sí, sí, claro. Muchas veces quedamos segundos e incluso llegamos a ganar la liga. Recuerdo que nuestro máximo rival era la pizzería Lucía, que estaba en Conde de Mieres. Esos eran muy buenos.
Un día Paqui Bazalo organizó un campeonato en el Colegio La Paz, así que en el Patronato, como sabían que yo practicaba deportes en silla de ruedas, me avisaron para que asistiera. Allí conocí a Paqui, que me ofreció probar esto de la esgrima. A mi no me interesaba, pero ya ves, una semana después ya estaba entrenando.— me dice con expresión cómica mientras se encoge de hombros.
—Ella ha sido una persona importante para ti en el mundo de la esgrima.
—Sí, desde luego, ya era medallista cuando me mostró este deporte. Tampoco quiero dejar de mencionar a mi entrenador, Antonio Marzal, que confió en mí y se portó como un padre. Estuvo siempre a mi lado, en todas las competiciones— entonces se para, endurece su expresión y reflexiona —Bueno en todas menos en Atenas.
—¿Qué pasó en Atenas?
—El seleccionador que había entonces cometió el error al seleccionar al maestro de esgrima. Yo estaba a tope, en lo mejor de mi carrera, venía de ganar el campeonato del mundo, pero él no me entrenaba, prefirió hacerlo con mi esparrin que era alumno suyo. Es que mi tiempo se lo dedicaba a él y eso me desesperaba. Yo acababa llorando en la habitación, de impotencia y de frustración. Me hizo la vida imposible y me acabó provocando una úlcera de estómago que me obligó a volver a casa. Cuando yendo en el autobús para el estadio escupí sangre, supe que todo había acabado. Aunque es cierto que dos días antes ya le comuniqué al comité español que quería volver a España, porque estaba cansado de llorar. Y al final acabé en el hospital.
—Hablemos del accidente que te cambió la vida— intervengo cambiando drásticamente de tema, pero él me mira con expresión de no estar muy de acuerdo con lo que acabo de decir.
—Mira Juanlu, en realidad yo no lo veo así. Quiero decir, que no entiendo lo del accidente como un cambio. Fue una circunstancia más que me ocurrió, nunca me lo planteé como un cambio dramático en mi vida. De verdad. De hecho me abrió nuevas oportunidades. Es que las cosas son como son y nuestro paso por este mundo consiste cambios constantes.
—Eso es verdad. Pero no me digas que poder caminar no mejoraría tu vida.
—Pues no lo sé. Te puedo asegurar que yo soy muy feliz, tengo todo lo que necesito: una familia maravillosa, excelentes amigos, un trabajo que me apasiona, y no sé si en otras circunstancias sería así. Además el Ejercito se portó muy bien conmigo… de verdad, no echo de menos andar.— el convencimiento de sus palabras sobrecoge.
—Para serte sincero solo lloré una vez por esta situación.— Se interrumpe un instante— alguien quiso hacerme daño y me tocó una parte sensible. Fue en el hospital de parapléjicos de Toledo, esa persona me dijo que en Torremolinos sería el único en silla de ruedas, que iba a ser diferente. Que aunque en el hospital yo me mostraba alegre, aquí cambiaría por mi condición. Poco más o menos vino a decirme que en Torremolinos acabaría siendo un amargado. Pero se equivocó. Cuando volví al pueblo me reencontré con mis amigos, que seguían siendo los mismos. Fijate, vivía en un segundo y me bajaban y subían para que pudiera salir con ellos. No he tenido problemas con la silla de ruedas nunca, y eso a pesar de que cada vez que salgo de casa en la silla es una aventura, porque nunca sé que obstáculo me voy a encontrar. Pero esto forma parte de la vida, ¿no? Nunca llueve a gusto de todos, ni con silla ni sin ella.

—¿No crees que en general se podría hacer algo más por adaptar las calles?
—Mira, entre los “cojos”, entre nosotros nos llamamos así,— dice sonriendo— he dicho alguna vez que debemos ir cambiando de grupos de amigos, porque eso ayuda a concienciar a la gente que no se ve con este problema. Tengo amigos a los que no veo desde hace más de diez años, pero todavía piensan en rampas, en barreras urbanas y aparcamientos para minusválidos. Que por cierto, preferiría que estuviesen más retirados de las puertas de acceso, porque cuanto más lejos, menos problemas de que alguien los ocupe con la excusa de que “solo son cinco minutos”.
—Pero supongo que tuviste que echarle redaños a la vida para salir adelante en estas circunstancias.
—Que va. Solo lo asumí, fue así y punto. No creo que sea un ejemplo de valor por haber seguido con mi vida.
—Quizá porque los que tenéis ese valor no sois conscientes de que lo tenéis, y eso lo vemos desde fuera.
—Puede ser. Pero es algo que no me planteo.
—¿Eres consciente de lo que has logrado en tus circunstancias? Porque un accidente como el tuyo que te dejó en silla de ruedas con dieciocho años, debe de ser muy duro.
—Verás, en primer lugar, soy consciente de lo que he logrado porque sé que soy un referente para muchos que están en mis mismas circunstancias físicas. Por eso me llaman para dar charlas a personas que recién tuvieron accidentes y aprovecho mi carácter y mi filosofía de vida para motivarlos. Me hace sentir bien ayudar a la gente.
—¿Guay, no?
—Sí, pero también es una responsabilidad.
—Hablame del accidente. ¿Cómo ocurrió? Yo siempre pensé que fue de tráfico.
—No, que va. Me fui a la la mili voluntario a la aviación, con Carlos el hijo de Emilio, y tras la instrucción me destinaron a Bobadilla. Después del primer fin de semana me tocó guardia el sábado, no era de armas porque yo era electricista, y mi compañero la tenía el domingo. Así que como yo ya estaba pringado, pues le hice la del domingo para que se pudiera pillar el fin de semana completo, ya sabes, los trapicheos de los servicios. Pues el domingo se fundió un fusible de alta tensión, era como… — coge la taza donde tengo los lapices— era como tres tazas de estas. Llamé al veterano y le dije que iba a subir a cambiarlo, me dijo que lo haría él, pero yo le insistí. El fusible estaba a trece metros de altura. Cuando subí desconecté las cuchillas, pero algo falló, quizá por la lluvia del día anterior, no sé. El caso es que cuando fui a colocar el fusible me dio un latigazo que me entró por aquí, por el anillo— mientras habla me enseña la mano —y me salió por aquí— continúa señalándose la parte alta de la muñeca— y me lanzó despedido. Caí a peso muerto, suerte que lo hice sobre la tierra en vez del hormigón, si no, no lo cuento. Estuve ocho meses en un hospital de Toledo, donde venían a visitarme altos cargos del Ejercito, pero esa es otra historia.
—Vaya, que fatalidad.

—O no, quizá mi vida hoy sería peor de no haberme ocurrido aquello. ¿Quien sabe?
—Sí, eso es cierto, nunca se sabe.
Oye, hablame de las competiciones. Algo curioso que se haya ocurrido.
—Pues no sé, mira en las olimpiadas de Londres fui el único representante español en esgrima, tanto a pie como en silla.— Y se queda pensando. —joder con las de anécdota que tengo y no me viene ninguna.
—Eso es normal, les pasa a todos.
—Y eso que en una de las competiciones, no recuerdo si en Pekin o Atenas, la fundación Andalucía Olímpica, en la que trabajaba Paqui Bazalo, me regaló un libro así de gordo— dice mientras me muestra con los dedos un grosor de, al menos, diez centímetros.— ¿Y sabes qué contenía?— mientras me formula la pregunta me muestra una pícara sonrisa.
—Ni idea
—¡Nada! Todas las páginas estaban en blanco.
—¿Y eso?
—Para que lo llenara con mis anécdotas. Pues te juro que me falta libro.
—Pero ahora no recuerdas ninguna.
—Ya ves. Bueno ¡espera! Estando en Suiza fuimos a la competición de Naciones en la que, por cierto, quedamos terceros. Salimos al pueblo para tomar algo pero no sabíamos donde ir. Entonces nos cruzamos con un grupo de chavalas, las paramos para que nos aconsejasen un sitio. Allí todos hablaban francés y de nosotros solo uno conocía el idioma, así que fue él quien les preguntó, en francés por supuesto. Y una de ellas se vuelve a sus amigas y les pregunta: “Oye, ¿dónde podemos mandar a estos para que se tomen algo?” en perfecto español. Todos nos sorprendimos y nos echamos a reír, y va nos dice, “oye que si queréis os hablamos en francés”. No, no, en español que sino no nos enteramos de na. Luego supimos que estaban allí estudiando francés.
—Es que hay paisanos por todo el mundo.
—Pero escucha, que no he acabado— continúa— nos indicó un sitio que según ellas estaba muy bien, y a continuación va nos dice: “la semana pasada mataron a uno, pero está bien”
—¿Y fuisteis?
—Claro, no había otro sitio— encoge los hombros y vuelve a sonreír —todavía lo recordamos y nos reímos. Pero salvo excepciones como esta, salíamos poco. Fíjate Juanlu, he viajado por más de cien países del mundo para competir y solo conozco de ellos el aeropuerto, el hotel y el lugar de competición. Porque si vas a competir, no te puedes permitir salir de fiesta. Cuando algunos amigos me recuerdan lo que he viajado, no saben que para mí es como si me llevaran al Martin Carpena desde mi casa. Estuve en todos los continentes menos en Africa, que prácticamente no hay competiciones relevantes, a Siney no pude ir porque sufrí un accidente de coche volviendo de la concentración en el CAR de San´t Cugat, y me fracturé tibia y peroné y me quedé fuera. Pero de todos esos sitios casi no conozco nada.
—Pues vaya rollo.
—Sí, pero no creas, en esos cortos trayectos pasan cosas. Mira, recuerdo que en el aeropuerto de Atlanta se me ocurrió decirles a los de aduana que llevaba armas, y sin saber qué pasaba, acabé en un cuartillo lleno de negros. Era como la sala de espera del médico. Cuando me tocó declarar a mi, me preguntaron que por qué no dije que llevaba material deportivo, pues porque se llaman armas, respondí todo convencido, además en mi inglés macarrónico.— me mira con cara de circunstancia —la inexperiencia Juanlu, aquello fue en el 96. Pero de todo se aprende.
—¿Y hablando de armas? ¿Cuantos floretes llevas?
—En total llevo dos floretes, dos sables y dos espadas.
—¿Y no son todas iguales?
—No que va, mira— y me enseña el móvil con las fotos mientras me explica la diferencia. Aunque a decir verdad, a mi me parecen prácticamente iguales.
—¿Y cual es la tuya?
—Yo prefiero la espada. Es con la que gané el campeonato del mundo. Además de las armas, que ocupan como desde aquí allí— ahora me parcela con las manos un buen trozo de mi escritorio —tengo que llevar la silla de competición, que no se puede plegar, y el equipaje.
—¿Y cómo te las apañas?
—Pues me busco la vida. Una vez en el aeropuerto, porque la mayoría de las veces he viajado solo, amontono armas y equipaje en la silla de competición, y sentado en la mía empujo— y me mira con resignación— lo peor no es eso, lo peor es que a veces no me llegan las cosas. Porque si no caben en el avión, se quedan a esperar el siguiente. Mira, en Canadá, a la hora de competir, no me había llegado ni la ropa ni las armas, y tuve que competir con armas y ropa prestadas.
—Al final sí que estás recordando anécdotas.
—Y sin darme cuenta.
—Ahora impartes clases de esgrima en el Patronato. ¿Qué tal te va?
—Muy bien.
—¿Cómo es que no empezaste a dar clases antes?— Me mira con cara de circunstancias.
—Yo es que estaba vetado por Pedro Fernández Montes— ahora me coge por sorpresa, porque yo lo ignoraba.
—Pero si yo asistí a más de una rueda de prensa en la que Pedro estuvo contigo.
—Sí, al principio, cuando empecé a ganar campeonatos, incluso me ayudó económicamente. Hasta que Elias Bendodo, entonces concejal del Ayuntamiento de Málaga, me pidió que me fuese con él, y me ofreció un millón de pesetas. En Torremolinos me daban ciento cincuenta mil. Le pedí a Pedro que mejora un poco su oferta, ni mucho menos que igualara a la de Elias, con la mitad me iba bien. Me dijo que no. Entonces le di las gracias por todo, le dije que yo seguía siendo vecino del pueblo, que podía contar conmigo para lo que quisiera, pero que aquella era una buena oportunidad que no podía desaprovechar. Me despedí cordialmente de él y a partir de entonces nunca volvió a saludarme. Yo no soy un mercenario Juanlu, quiero a mi pueblo y nunca he olvidado de donde soy, pero también tenía que mirar por mi futuro. Eso no impedía que contase conmigo para otras cosas, pero dejé de existir para él. Luego Pepe Ortiz, apoyado por la corporación, puso mi nombre a una plaza. Y actualmente me veo apoyado por Ramón Alcaide con las clases de esgrima.

—Al final acabó bien.
—Sí, pero fíjate, que justo al día siguiente de presentar el club de esgrima con Pepe Ortiz, Marga presentó la moción de censura.— no puedo evitar reírme
—No jodas.
—Sí, tú ríete, pero como te digo. Afortunadamente el nuevo equipo de gobierno acogió bien el proyecto y hasta ahora.
—¿Y con Pedro?
—Pues nada. No tengo tiempo para perderlo en rencores, la vida es corta y como te dije, yo soy feliz y solo quiero disfrutar lo mejor posible cada minuto de mi vida.
—De todos los trofeos que has ganado, ¿cuál es el que te resulta más emotivo?—levanta la mirada y piensa durante unos instantes.
—El premio de la prensa a la gesta deportiva, que me dieron en Málaga en 2003.
—¿Algo que te guste especialmente?
—Un ternera casi cruda poco hecha, casi cruda, aunque esté fría, un buen vaso de vino y buena compañía. No creo que se pueda pedir más.
—¿Y algo que desprecies?
—No soporto ver sufrir a los niños.
—Y para terminar ¿por qué crees que debería alguien practicar la esgrima?
—Es un deporte que necesita menos habilidades que, por ejemplo, el fútbol, y te imprime disciplina. Alguien dijo que la esgrima es la actividad deportiva que combina la inteligencia del ajedrez, la elegancia del ballet y la estrategia de las artes marciales. Este deporte te da mucho más de lo que le entregas. Hay que probarlo para saber la satisfacción que produce.
Este ha sido Carlos Soler, otro de nuestros vecinos. Estudió la EGB en el colegio La Paz y terminó electricidad en el Al-Baytar. Es un enamorado de su pueblo, y ha paseado el nombre de Torremolinos por medio mundo. Se siente orgulloso de sus orígenes “calvarocarihuelense”.
Un tipo vital, con el valor suficiente para tener tres hijos en los tiempos que corren. Dice gustarle los niños, coge a la vida por los cuernos y solo mira para adelante, porque el pasado, pasado está.
Carlos Soler, un rey de espadas que es Hijo de Nuestro Pueblo.

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