El otro día me sorprendió la visita de un viejo amigo de la mili. Un cabo primero con el que compartí buenos y malos ratos durante el servicio militar, todos inolvidables, supongo que igual que les ocurrió a tantos españolitos de la época.
Lo cierto es que ambos nos alegramos de volver a vernos, no lo hacíamos desde el 84, año aquél en que me invitó a pasar unos días en su pueblo.
Así que nos tomamos unas cervezas y como auténticos abueletes Cebolletas, revivimos viejos episodios de nuestra juventud, ya sabéis, las típicas batallitas. En especial recordamos nuestro paso por el cuartel y los días que vacacioné en su pueblo sevillano, del que excusaré descubrir el nombre.
Del pueblo de Luis, lo llamaré Luis para ocultar su identidad, recuerdo una más que vetusta tasca con el suelo cubierto de serrín y de servilletas de papel usadas. La barra era de mármol blanco desgastado, que, sin duda, había conocido tiempos mejores. El aspecto en su conjunto era viejuno y recordaba otra época. Una mirada actual lo definiría como roñoso, pero servían unas tortillas de bacalao, unos bocatas de lomo en manteca y unos bollos con pringá del puchero que te hacían saltar los sentidos. Aquél era el lugar de reunión de los vecinos, y debo confesar que nunca he olvidado los buenos ratos que pasé allí y las buenas tapas que consumí.
El pueblo tenía el encanto sereno de la época, y deambular por sus calles resultaba toda una experiencia. Te hacía sentir que todos los vecinos se conocían. Pasé allí una inolvidable semana de otoño y quedé asombrado con la sencilla belleza del lugar que hoy, según me cuenta el propio Luis, mostrando cierta amargura, ha cambiado tanto que resulta casi irreconocible.
Allí conocí a personajes peculiares y entrañables, dignos de una novela de Delibes. Entre ellos a Alfredo, exsoldado de la República. Tenía un pequeño olivar y producía un aceite para consumo propio que quitaba “el sentío”, además era un hombre que, a pesar de su edad, rebosaba lucidez, y lanzaba frases sentenciosas de esas que te obligan pensar. Me resultaba agradable charlar con él y cuando me marché me regaló una botella de aquél aceite suyo, cuyo intenso aroma, sabor picante y pelín amargo no he vuelto a probar. También conocí a Camila, una señora mayor que contaba que en su juventud se instaló con unos familiares en Madrid para ser actriz, aunque algo le salió mal, así y todo aseguraba, salió de figurante en alguna película con Luis Ligero y con Lola Flores. Y cuando alguien ponía en duda sus palabras, ella juraba solemnemente por sus muertos cruzando índice y pulgar y besando ruidosamente éste último para sellar su juramento. Tampoco he podido olvidar a Serafín, el dueño de la tasca, a la que llamaré Bar “El Gallo”, era un auténtico filósofo, también hizo la guerra, pero del bando golpista, como le reprochaba Alfredo. Alguna vez los vi discutir de política, pero se notaba que eran buenos amigos que no dudaban en pagarse algún vaso en plena discusión.
—… porque tú y el Ceferino quisisteis quemar a la Virgen— le reprochó Serafín a su amigo durante una discusión de la que fui testigo.
—Eso solo era una muñeca, más gente quemaron los curas en la Inquisición y nadie los critica.
—Mira que eres borrico.
—Borrico tú, que confundes la madera con la carne. Anda y ponme un chato con unas tortillas de bacalao, de esas que no llevan bacalo ni na.
—Vete a la mierda.— esputó Serafín mientras Alfredo sonreía al tiempo que chupaba del pitillo que mantenía entre los labios.
Este tipo de discusiones solían tenerla unos y otros en el Gallo, pero la cosa quedaba ahí, todos anteponían su amistad a viejas rencillas provocadas por participar en la dichosa guerra en bandos distintos, que dicho sea de paso, en muchos casos fueron impuestos por las circunstancias.
—Oye, ¿y qué fue del Federo?— Le pregunté a Luis mientras llenaba mi vaso con la segunda cerveza. Cuando acabé de mencionar a Federo me vino a la memoria, como si de una fotografía se tratase, la aguda cara de un joven vivaracho, con ojos saltones y melena morena acompañados de un enjuto cuerpo que en Málaga llamaríamos escalichao.
—Se mudó a Sevilla y ahora creo que anda por Madrid.
—Era un tipo peculiar el Federo.
—Y tanto. Estaba al bigote de una gamba de ser el tonto del pueblo. Bueno, para muchos lo era. Pero se quitó las gachupas y lleva un peinao de relamío que da miedo verlo. Y no te lo pierdas, ya no es Federo, ahora es Friedrich, porque dice que tiene ascendencia germana.
—¿Germano el Federo?
—Sí, bueno, como se apellida Bermúdez, y según parece el origen del apellido es godo, pues ahí lo tienes.— No pude evitar una carcajada.
—Pa que veas. Y ojo, que se tatuó la cabeza de un oso en el brazo, porque asegura que el apellido significa “oso preparado para el combate”, no te lo pierdas.
—Veo que no ha cambiado desde la última vez, porque no veas las cosas que contaba y en las que creía. ¿Te acuerdas que aseguraba que la Tierra estaba hueca?
—Sí, leía muchos tebeos que contaban historias clásicas. Juraría que tenía toda la colección de Joyas Literarias Juveniles, ahí sé que leyó Viaje al Centro de la Tierra, de Julio Verne. Supongo que se creyó el cuento literalmente y desde entonces nos venía con esa cantinela.
—Menudo figura era el Federo. Decía cosas muy curiosas, recuerdo que aseguraba que hirviendo cantos rodados cogidos en luna llena se hacía un té que curaba la gripe.
—La gente se reía con sus ocurrencias. Incluso le pagaban los vasos en el bar para que les contara este tipo de chorradas: como que la Luna no estaba tan lejos, pero que los americanos nunca llegaron, o que Franco echaba no sé qué cosa en la leche para que la gente tuviera más hijos y repoblar rápido España después de la guerra.
—Sí, el Federo era todo un personaje.
—Pues no te lo vas a creer, pero sigue con esas tonterías, aunque ahora se ha convertido en un influencer.
—Vaya con el “Friedrich”
—Ahora defiende que la Tierra es plana, que nos introducen chips en las vacunas para controlarnos y cosas así. Pero lo hace en Internet.
—Joder, como está el patio. — aproveché para tomar un trago de mi cerveza antes de continuar.
—Y qué pasó con “El Gallo”.
—Dejó de ser la tasca del pueblo. Ahora es una cafetería de esas finolis, y la lleva uno de los nietos del Serafín. Ya no es lo mismo y la gente que va allí, tampoco. Acuden muchos turistas, y el nieto ha montado una tienda de souvenirs, también dentro de la cafetería.
—Sí que cambió todo.
—Ya te digo. Y, aunque El Gallo no cambió su nombre, algunos en el pueblo ahora le llaman La Gallina. —Mi amigo volvió a sacarme una sonrisa, pero en esta ocasión en parte fue de pena.
—Y así con prácticamente todo el pueblo.
—Que pena.
—Pues sí, mira, hasta algunos vecinos siguen al Federo en Youtube ¡e incluso lo apoyan!
Cuando Luis me confesó esto último comprendí, de primera mano, lo que he leído tantas veces en artículos y publicaciones digitales, que antes cada pueblo tenía su tonto, pero desde que se han encontrado en Internet, han formado grupos de presión, de opinión e incluso creado nuevas “teorías”. Llegan a muchísima más gente y se sienten arropados por otros igual que ellos, y se apoyan. Y unos porque se ríen de sus ocurrencias, otros porque los insultan o incluso porque creen o dudan de que puedan tener razón, el caso es que tienen muchas visualizaciones en las redes sociales y ganan dinero con eso. Todo un despropósito, pero así funciona el mundo en la actualidad, cualquier tonto puede hacerse oír por miles de personas. Hasta yo mismo.

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