Remedio a tiempo

El otro día entró en mi estudio una señora mayor que quería que le reprodujese una foto antigua de su padre. Hablaba de él con dificultad, porque le costaba articular las palabras, pero la emoción con la que se expresaba resultaba conmovedora. Mientras ella hablaba, yo la oía revisando con lupa el estado de la foto en cuestión para comprobar el nivel de restauración que necesitaba. Al poco de empezar a explicarle el proceso, me di cuenta de que la buena señora tenía problemas a la hora de comprender los términos digitales y fotográficos de los que le hablaba, a lo que tampoco ayudaba cierto grado de sordera, así que procuré simplificar la explicación lo máximo posible.
Me impresionó de la anciana las muecas y temblores repentinos que le sobrevenían sin previo aviso, lo que le complicaba poder expresarse. Tampoco le ayudaba a coger otras fotos de su bolso ni a fijar la vista en quien le hablaba, que en este caso era yo.
Varías veces se le cayeron objetos que sacaba del bolso, obligándome a salir del mostrador para recogerlos del suelo, dificultando de este modo un poco más la comunicación. Noté que ella, consciente de lo que ocurría, se sentía violenta ante la situación, cosa que se agravó con la llegada de una mujer con dos niños, de unos diez años, que esperaban a que terminase para que los atendiera.
Los chavales tardaron poco en percatarse de las dificultades de la buena señora, lo que les producía risitas incontrolables que no se molestaban mucho en disimular. La mujer que venía con ellos, visiblemente contrariada por los nenes, les reprendió con discreción en varias ocasiones tratando de calmarlos evitando levantar mucho alboroto, cosa que conseguía a duras penas. Pero, en uno de los espasmos que tuvo la anciana, la mano pareció cobrar vida, dejó caer el monedero al suelo provocando que algunas monedas rodasen por el piso, también se le cayó la segunda foto que trataba de sacar. Observé que los nenes se reían de la anciana tapándose la boca para evitar hacer ruido. Entonces resonaron dos fuertes chasquidos que hicieron eco en las paredes del estudio. A los chasquidos siguieron dos grititos de sorpresa y puede que de dolor, lo que obligó a la anciana a volverse buscando el origen del extraño ruido. La madre le sonrió mostrando serenidad y amabilidad, los nenes se rascaban sendos cogotes mostrando contrariedad y yo aguantaba la risa ante la habilidad de la recién llegada para dar collejas.
Su mirada, la de la madre, se cruzó con la mía mientras me hacía un gesto que trataba de decirme, lo siento. Yo alcé las cejas para responder en ese mismo lenguaje cifrado; «que tranquila, que con niños ya se sabe». La anciana y sus tembleques quedaron al margen sin enterarse de nada. Luego de que se marchase, les hice las fotos de carnet a los chavales y todos felices.
En fin, que puede que una colleja no sea la mejor manera de hacerlos callar y guarde un poco de respeto, porque tal y como funcionan hoy los códigos educacionales reconozco que ando algo perdido. Pero la actuación de esa madre, personalmente, me pareció precisa, justa, oportuna y eficaz. Aunque, claro, habrá quien piense lo contrario.

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