«Anemoicos» o la mentira de la nostalgia

Desde que inicié mi aventura en Facebook con mi grupo “Hace veinte años Torremolinos”, HVAT, he aprendido mucho y descubierto otras muchas cosas. De entre todas ellas yo destacaría una que ha logrado fascinarme, y que veo que afecta a la mayoría de mis seguidores en particular (incluyéndome a mí mismo), aunque es extensible al mundo en general. Se trata de una peculiaridad humana, que yo desconocía que de verdad existiese, y que hace referencia a la frase: “Todo tiempo pasado fue mejor”, que en su día acuñó el poeta Jorge Manrique, en las célebres “Coplas por la muerte de su padre”:

… cuán presto se va el placer,
cómo, después de acordado,
da dolor;
cómo, a nuestro parecer,
cualquiera tiempo pasado
fue mejor…

Pues resulta que leyendo aquí y allá, he comprobado que existe un síndrome llamado “de la edad de oro”, que tiende a idealizar la vida en el pasado haciéndonos recordar solo lo bueno y olvidando o minimizando lo malo. Esto, que me pareció en su momento sorprendente, he podido confirmarlo examinando la actividad de la mayoría de los miembros de mi grupo. Así que he continuado indagando en el tema hasta llegar a la primera vez que se usó ese nombre. Saber de donde parte el origen me llamó la atención: resulta que fue el poeta griego Hesíodo, que en su poema “Trabajos y días” ya utilizó el concepto utópico del tiempo pasado como el ideal. Lo curioso es que el poeta escribió esta obra en el siglo VIII a.c. o sea, hace 2800 años. Por lo que podemos decir que la idea ya peina canas históricas.
He seguido abundando en el tema hasta descubrir que, después de Hesíodo, un buen número de filósofos, pensadores y escritores como Platón, Séneca o Virgilio entre otros hasta llegar a nuestros días, también escribieron sobre el tema. Por lo que me tranquiliza pensar que no he sido el único loco al que le ha sorprendido observar el comportamiento de quienes sienten una añoranza idealizada por del pasado.
Y es que, algunos personajes más contemporáneos como es el caso de la escritora y articulista, Sveltlana Boym, también se percataron de este curioso fenómeno nostálgico. Incluso en el caso de Boym, ésta evidencia la llevó a dividir la nostalgia en dos tipos que ella denominó reflexiva y restaurativa. El primer caso define una nostalgia basada en recuerdos más o menos objetivos, realista y práctica, que nos ayuda a mirar al pasado percatándonos de los cambios respecto del presente. La otra, la restaurativa, puede resultar perniciosa porque nos aboca a vivir en una actualidad basada en el descontento comparativo con el ayer, al contraponerle un pasado que según nos muestra nuestro cerebro, fue mucho mejor, sin serlo.
Y si bien un poco de esa agridulce nostalgia, tan común en todos nosotros, nos ayuda a reencontrarnos de forma serena con nuestro pasado, el exceso de idealización incurre en abocarnos a vivir en un constante conflicto con el presente. Aunque todavía resulta peor que sean los numerosos populismos, de orígenes varios, los que usen esa peculiaridad de nuestra memoria para inducirnos a sentir que se puede volver a lo que ya se esfumó con el tiempo y no volverá, haciéndonos abrazar doctrinas más o menos tóxicas y frustrantes, agravadas por la imposibilidad de llevarlas a cabo. Porque se instalan en nuestros sentimientos y no en la razón, y por lo tanto resultan incontrolables y en muchos casos, impredecibles.
Así que cuidado con esos recuerdos idílicos de nuestro pasado, que pueden acabar dividiéndonos entre los que “conocemos lo bueno” y los que lo ignoran. Lo que puede llevarnos a trazar una línea, que no por imaginaria será menos infranqueable, entre ellos y nosotros y, manoseando nuestros sentimientos, lograr exaltar odios, frustraciones o alianzas absurdas desde un punto de vista racional.
Pero como a mí me gusta llegar al fondo de las cosas que me interesan, he continuado escarbando y leyendo a gente mucho más lista que yo, que en su día estudiaron el asunto hasta llegar a comprender que este síndrome no es una anomalía psiquiátrica, sino que forma parte de todos nosotros de forma natural, hay estudios que así lo demuestran. Y es que un aumento de la actividad de la corteza frontal, izquierda y derecha, está relacionado con el control de recuerdos que hemos rechazado, lo cual reduce la memoria del hipocampo. Por lo que podemos concluir que nuestro cerebro actúa como un espíritu burlón haciéndonos creer en un pasado, repleto de fantasías sublimadas de belleza, que nunca existió, al menos como lo recordamos.
Todo esto, con ser curioso, no llega al punto de irracionalidad que se nos presenta cuando me topo en mi lectura con el nombre que da titulo a este artículo: la Anemoia. palabra que encierra unos hechos que me parecen tan alucinantes como fascinantes.
Y es que, si bien es cierto que hay personas que añoran un pasado idealizado aunque con recuerdos distorsionados, existen otras quienes, sin haberlos vivido, experimentan un sentimiento de nostalgia por épocas pretéritas a las que le suponen un glamour, belleza y bienestar absolutamente falsos, actuando como si hubiesen conocido de primera mano aquellos tiempos pasados en los que no vivieron.
En realidad, los datos de que disponen les llegan a través de libros, fotografías, arte, cine o incluso en tiempos más actuales, por las redes sociales y por opiniones de terceros que, en muchos casos tampoco vivieron aquellos tiempos en cuestión pero que igualmente idealizan. Pues bien, este sentimiento de autoengaño nostálgico, para mi sorpresa, también fue bautizado porque alguien ya se percató de ello y lo llamó, anemoia, como ya dije, por lo que me he permitido usar el calificativo de “anemoicos” a quienes la padecen.

Mi conclusión a todo esto es que debemos mirar al pasado con un poco más de objetividad, tratando de recordar lo bueno y lo malo en la misma medida, y si decidimos compararlo con la actualidad, hacerlo con justicia, valorando lo que realmente tenemos hoy y lo que teníamos antes. Lo que perdimos y lo que ganamos: comodidades, medios, salud, libertad, tiempo libre… y un largo etcétera. Porque no, no todo tiempo pasado fue mejor ni mucho menos.
Y he llegado a la conclusión, de que si bien asomarse al pasado con una pizca de ese sentimiento agridulce que es la nostalgia, nos ayuda a reencontrarnos con nosotros mismos, creo que solo debemos hacerlo para afianzarnos en el presente y como trampolín para lanzarnos al futuro con un poco más de confianza. Porque debemos tener presente que, este presente que algunos detestan al compararlo con su pasado idealizado, será el recuerdo sublime de ese anciano del futuro que hoy aún es un niño.

Mayo 2025

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