Se llama Juan y es mi padre. Paseamos juntos, despacio y sin prisas, buscando la sombra que proyectan árboles y edificios, que nos proteja del ardiente sol estival que se deja caer inmisericorde.
Él se ayuda de un bastón de esos extensibles y lleva una gorra que lo proteja de los rayos de sol. Ve con dificultad el suelo que pisa y su frágil cuerpo ya casi no siente el calor. Miro como camina y lo percibo casi como una hoja de papel que, de canto, trata de mantenerse erguida. Así y todo rehusa cogerse de mi brazo, porque su enjuto cuerpo alberga aún un orgullo desbordante que le impide reconocer que necesita un poco más de apoyo.
—Deja, deja… — dice mientras me retira el brazo como si tratase de robarle el reloj. —… que yo puedo.
Voy pendiente de él y no dejo de observar sus inseguros pasos, consciente de que cualquier irregularidad en la acera podría hacerlo caer, y seguro de que en tal caso, ni el bastón lograría mantenerlo de pie.
—Deberías ayudarte de un andador, papá— vuelvo a repetírselo por enésima vez, aunque sé que él no recuerda la mayoría de las veces que se lo he recomendado. A pesar de ello su respuesta siempre es la misma.
—Cuando lo necesite ya te lo diré. De momento voy bien con mi bastón.—
Pero no va bien, cualquier observador podría comprobar que pasea con escasa estabilidad. Aunque debo de reconocer que, a pesar de ello, se mantiene todo lo erguido que su cuerpo, que carga con dieciocho lustros, y su pundonor le permiten.
El paseo aunque corto (lo justo para que estire un poco las piernas y se despeje), se alarga en el tiempo debido a la lentitud del mismo, circunstancia que me permite entablar conversación con él y hacerle revivir viejos recuerdos que almacena en su memoria. Hechos de su lejana juventud y de una infancia imposible de entender por niños de hoy. Narra con pasmosa fluidez anécdotas de mili, gamberradas infantiles y relaciones con unos padres que, a la postre, serían mis abuelos.
Durante la charla, en la que ambos bromeamos e ironizámos con cualquier tema, no deja de sorprenderme su lucidez que, aunque salpicada de numerosas lagunas de memoria reciente y de incomprensiones de nuestro actual mundo tan moderno, no deja de ser chispeante. Lento en las respuestas, sí, pero aún se permite mostrar buena carga de sagacidad en las mismas. Y así va transcurriendo el paseo, con pisadas lentas y retahíla de recuerdos añejos mil veces narrados.
Fue justo al doblar una de las equinas del edificio que sentí un fuerte retortijón en las tripas, probablemente consecuencia del cocido de judías con el que ambos nos batimos en duelo hacía apenas un rato, envueltos en la misma gallardía que lo harían sendos caballeros medievales a la hora de encarar una justa frente al rey.
El retortijón me impide evitar que se me escape un sonido seco y rotundo, que grita sin medida orgulloso de su procedencia y que me delata, sin lugar a dudas, como responsable del mismo. Apenas son las cuatro de la tarde, y el aplastante calor provoca que las calles estén vacías, por lo que no me preocupa que semejante ruido pueda llegar a oídos de alguien. No obstante miro a mi padre, y lo reprendo en tono acusador como culpable del estruendo.
—Papá, coño, parece mentira. Así no, joder, así no— Él, impasible, me devuelve la mirada, con fingida seriedad, pero sus ojos me muestran que ha captado mi sarcasmo.
—Hombre, entiende que estoy mayor. Que ya son noventa años.
—Ya, pero eso no es excusa. A ver si mostramos un poco de respeto, coño.
—Vale, vale. Ya lo tendré en cuenta la próxima vez…
La conversación continúa cargada de sarcasmo y fingida indignación cuando de repente, y para mi sorpresa, una rolliza señora, vecina del barrio, nos aborda desde atrás y toda llena de razón se dirige a mí en tono de reproche y en defensa de mi padre.
—No le regañes a tu padre, hombre, que eso nos pasa a todos. A ver si uno no va a poder peerse por la calle. Parece mentira.— Yo no digo nada. Pero él, el muy cabrito, la mira con la misma cara de un reo camino del cadalso y no duda en responderle.
—¿Ha visto usted? No me perdona una. — Entonces ella se vuelve hacia mí y sin dudarlo me espeta— Mira, todos llegamos a viejos, a ver cuando llegues tú si no te van a tener que limpiar el culo. Hay que darse cuenta…
Yo sigo en silencio, prefiero no responder. Tampoco tengo argumentos creíbles para hacerlo y dejo que la señora nos rebase con paso justiciero mientras carga con las bolsas de la compra. Mi padre me mira y se ríe. —Claro, es que no comprendes que ya estoy mayor y estas cosas no puedo evitarlas— Lo dice para que ella lo oiga, cosa que estoy seguro que hizo, pero excusó responder.
Su paso sigue siendo inestable y lento, su fragilidad evidente, pero su sarcasmo lo mantiene intacto.
—¿Sabes qué te digo papá? Que hay más mamones que farolas.
Él, sin dejar de sonreír, continua con su parsimonia al caminar pero ahora sí, me coge del brazo.

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