Hoy, en mi apartado “Hijos de Nuestro Pueblo”, traigo a un viejo amigo que se ha ganado un lugar en esta particular lista por méritos propios. Es, probablemente, la persona con la colección de fotos de vecinos de Torremolinos más extensa, además de conservar la mayor cantidad de objetos antiguos del pueblo. También esconde, bajo su habitual sonrisa y su jovial carácter, a alguien de insospechada sensibilidad, cosa que pude comprobar cuando lo llamé por teléfono para preparar la entrevista y, durante la charla, al explicarle que necesito que traiga algún objeto con el que se identifique o que para él sea importante. Me habla de una pluma que su madre ha guardado durante décadas con especial cariño, y no puede evitar emocionarse.
La pluma está basada en un humilde lápiz que su abuelo envolvió en fino hilo haciendo unos singulares dibujos de original belleza y que, al observarlos detenidamente, me sorprenden los colores que se mezclan con tal maestría que la composición me parece imposible de conseguir solo con la combinación de hilos. Me cuenta que su abuelo lo hizo hizo para su hija, mientras estuvo cautivo en la cárcel por sus ideas políticas. En el lápiz puede leerse, escrita con el mismo hilo, una frase con esmerada caligrafía que no deja de conmoverme: “Recuerdo de tu Padre”, y yo no puedo evitar pensar lo que pasaría por la cabeza de aquél hombre mientras confeccionaba el humilde regalo para su hija.

Quedé con Joseillo a las cinco, y es tan puntual como un reloj suizo porque, apenas abro el estudio, asoma cargado con una enorme romana de hierro macizo y su correspondiente contrapeso. La romana parece pesada como puedo comprobar más tarde. También trae una vetusta caja que contiene la pluma de su madre, de la que me habló por teléfono, y unas viejas gafas de su bisabuelo, además de un surtido de piezas que heredó de su familia. Una vez en el estudio observo que trata los objetos con inusitado respeto y cariño, como si en ellos quedasen aprisionados jirones de sus antiguos dueños. Lo miro mientras me explica el origen de cada cosa y yo ya sospecho que la entrevista se presenta interesante.
Joseillo pertenece a una más que conocida familia de Torremolinos, es el tercero de siete hermanos, todos varones —Menos la más chica— me apunta.
—¿A qué colegio fuiste?
—A la Paz, pero terminé pronto, en séptimo, a los doce o trece años, me salí para trabajar en una tapicería. Luego mi hermano Juan, el mayor, se fue a la mili y yo me fui a trabajar al bar con mi padre; al Miguel Díaz, en la Falange— puntualiza. —Luego me tocó irme a mí a la mili, aquí en aviación.

—Pero eso ni es mili ni na— bromeo
—Ya, pero es que yo no quería salir de aquí, eso de irme lejos no me molaba.
—Bueno, al menos lo pasarías bien.
—Teníamos muchos permisos, eso sí, pero yo provechaba y seguía ayudando a mi padre en el bar, y cuando no tenía que ir al cuartel lo abría yo, aunque—y ahora me mira con cierto pesar— también le fallé algunas veces, ya sabes, la juventud y la priva— me explica mientras se lleva el pulgar a los labios como si bebiera y sonríe.
—Entonces no parabas, no?
—Que va. Mira, también estuve con mi hermano Miguel y el Cordobés de peón, cargando piedras en un carro con mulo para levantar un muro, a la antigua usanza. Eso fue allá por el Pinar— entonces se para y piensa un instante— y ma dao pena de no haberme hecho una foto cargando piedras con el carro y el mulo, porque con el cariño que yo le tengo a esos trabajos… también trabajé haciendo tortas de Torremolinos,
—¿Sabes hacer tortas?
—Bueno— se corrige él mismo mientras no deja de reír— Yo las liaba con el Tobi, que luego las repartía. Recuerdo que a veces venía el Cachorreña, el Tabarro, mi primo Antonio, mi hermano Juan… pero yo procuraba ir siempre, porque cuando iba nos daban dos o tres mil pesetas, que estando en la mili me venían mu bien.
—¿Y eso dónde era?
—En calle Hoyos
—Ah, ¿En el local de las antiguas tortas originales de Torremolinos?
—Claro. Allí la mujer nos ponía de comer en el patio. Que buenos recuerdos tengo de aquella época.
—Bueno y ¿después de la mili, qué?
—Cuando volví ya me dediqué a la pintura, estuve varios años y trabajé en varios sitios.
—¿Tienes algún recuerdo especial de aquella época?
—Sí, de los apartamentos Jupiter y Minerva. Allí había un hombre mayor, se llamaba Antonio, debía tener más de ochenta tacos. Y aunque yo solo iba para pintar, acabé haciendo de tó. Y es que el tal Antonio había estado trabajando buscándose la vida en los barcos, y yo aprendí mucho de él. El tío lo mismo te arreglaba un mueble que te ensolaba o le metía mano a la fontanería o a la electricidad, así que yo me pegué a él y aprendí un montón. Es que ese hombre era un fenómeno. Y así seguí hasta que tuve un accidente con la moto y me fastidié los ligamentos. No veas la faena. Y cuando creí que ya estaba recuperado, se me ocurre irme a jugar un partido de fútbol sala. No veas— me mira mientras niega con la cabeza— sentí en la rodilla un «crack» y un dolor terrible y pensé: otra vez— me apunta con resignación— entonces me tuvieron que operar y me mandaron estar seis meses de reposo, sin poder trabajar. Y eso era un fastidio— añade mostrando cierta contrariedad— porque yo solía ayudar en mi casa y ahora me tenían que dar dinero a mi. Entonces eché los papeles para un trabajo de seis meses en al Ayuntamiento, pintando y arreglando el San Francisco de Asís. Aquello estaba hecho un desastre pero yo me empleé a fondo, de manera que cuando se cumplieron los seis meses me pidieron que me quedara otros seis, y ahí sigo— me dice riendo.

—¿Y cuándo salías de copas qué bares recuerdas que frecuentaras?
—Ojú. Yo iba a to´s laos. Mira, yo tenía mu mala cabeza, era mu peleón, pero eso sí, me juntaba con to el mundo. Lo mismo me iba a los Sorolla con los Lanceta y el Aguilar que jugaba con ellos, que bajaba a la Carihuela, a la Campanita o me movía por el Calvario. Pero para decir la verdad, el sitio que más frecuentaba era el bar de mi tío Antonio, La Tabernilla, que era nuestra referencia.
—Yo pensaba que la Tabernilla era de tu padre.
—No que va, allí trabajaba él al principio, pero como aquello no daba para dos familias entonces montó el Miguel Díaz de la Falange, y en la Tabernilla se quedó el Lalín, mi primo Antonio y el José, porque mi tío Antonio, el Zoquete, se jubiló
—¿Y por la zona centro, qué sitio frecuentabas?
—Pues el Dorado, el Lugá, el Bierkeller… —entonces se interrumpe sonriendo y levanta el dedo índice —En el Bierkeller me pasó una cosa graciosa con mi primo Antonio. Era la época de los Rockers, los Mods… ya sabes esas bandas que se peleaban por la música. Ya ve tú, que a mi me daba igual una que otra, porque lo mío es el flamenco. Pero ese día nos dejaron unas gabardinas de esas que usaban los Mods y se nos ocurrió ir al Bierkeller con ellas puestas, y mira que nos advirtieron que estaba lleno de Rockers o de Heavys, no sé, los que se peleaban con los Mods. Pero como nosotros no éramos nada de eso, pues allá que fuimos confiados en que aquello no iba con nosotros. Anda que no— me dice llevándose la mano a la cabeza— Mira Juanlu, ni nos dio tiempo de bajar las escaleras, de pronto empezaron a llovernos botellas, vasos y de tó— dice entre carcajadas mientras imita los sonidos de los vasos volando.— Y los tíos, encima, se levantaron a por nosotros. Anda que nos iban a coger, salimos lanzaos y ni la caló que pegaban las gabardinas nos frenó, porque no paramos de correr hasta llegar al Calvario. Joer con las chalauras de esta gente.— me dice sin dejar de reír aunque, para ser sinceros, el que más se ríe ahora soy yo.

—¿Y cómo es que te da por coleccionar fotos y cacharros antiguos?
—Pues resulta que haciendo un chapú en un bar de la Carihuela vi una foto grande colgada, de esas antiguas, y se me ocurrió echarle una foto con mi cámara. Pero cuando la revelé en la tienda de Horacio (DEP), vi que me salió un churro. Entonces, allí cerca trabajaba Fernando Torrente, (DEP) en el Comodoro y cuando se la enseñé me dijo que si quería me daba una copia que tenía él de una vista de la Carihuela desde el Castillo del Inglés— ahora se interrumpe y hace una puntualización: —que buena gente era Fernando, coño.— Yo tenía ilusión por enseñársela a mi padre, y cuando la vio se alegró mucho y me contó un montón de cosas de esa zona. Mas tarde Horacio necesitó hacer unas obras en su estudio, y llegamos a un acuerdo a la hora de pagarme, porque tenía un montón de fotos antiguas, pero oye, un montón así —me dice mientras me muestra el tamaño con las manos— De modo que me las quedé todas. No veas cuando se las llevé a mi padre la ilusión que le hizo,— Yo creo que Joseillo disfrutó más al llevárselas, a juzgar por el énfasis que pone mientras me lo cuenta— luego mi padre, de su puño y letra, me apuntó fechas y lugares detrás de cada foto. Pero además —continúa— un día fui a un rastrillo en la plaza de la Constitución y allí compré un montón de postales de Torremolinos, vamos, que compré todas las que tenía el del puesto. Y para colmo, en otra ocasión, me encontré una carpeta llena de fotos en la basura, creo que de alguien que había fallecido de aquí del pueblo. Se las llevé a mi padre y me fue diciendo quienes eran cada uno de los que aparecían en las fotos. Y oye, a partir de ahí me fue creciendo el gusanillo y seguí juntando fotos y ahora tengo una pila. Incluso un día un concejal me propuso organizar una exposición.— entonces me mira poniendo cara de sorprendido— y le dije: ¿organizar una exposición? Pero si no tengo ni el Graduado tío. Yo no hago ni la “O” con un canuto— continúa mientras acompaña sus argumentos entre risas sin abandonar su cara de sorprendido y su asombrosa sencillez.— ¿yo como voy a hacer una exposición chiquillo?

—Pero la hiciste
—Sí, tuve mucha suerte. El Guiri (el Tapicero) y el Vaca, ellos son los que se lo curraron con la decoración. Vamos que ellos hicieron el diseño. Tapizamos la madera con tela negra y empezamos a poner fotos. Y ya puestos, también colocamos algunas cosillas antiguas para decorar. Pero oye— me dice sorprendido— me di cuenta de que la gente se fijaba más en las cosas antiguas que en las fotos. Bueno en las de familia sí, pero se paraban más tiempo delante de los cuatro juguetes antiguos que pusimos y las cuatro cosillas que traje. Y no dejaban de hacer comentarios de cuando eran chicos, de los juegos a que jugaban. Entonces me dí cuenta de que no había que exponer solo fotos, sino también cosas antiguas, con objetos que la gente reconoce, porque les trae buenos recuerdos.
—¿Cuando hiciste la primera exposición?
—En 2014, con Pedro Fernández Montes. En aquella, la Pepi Lara, me dejó una muñeca antigua y yo puse cuatro juguetes que iban a tirar de un derribo que hubo en el Calvario. La exposición gustó mucho y el alcalde me pidió que hiciera otra, pero esta comparativa, con fotos actuales de los mismos sitios. Eso era mucho trabajo, Juanlu, y yo no tenía tiempo para eso, así que me junté con la peña La Jarana y le propuse que hicieran ellos las fotos nuevas, y así lo hicimos. En esa exposición sí puse más cosas antiguas. Me traje una romana que había en la parcela de mi padre, unas palas de ventear, unos biergos y otras cosillas, hasta un ánfora con 2600 años. A partir de aquella exposición la gente empezó a darme todos los objetos antiguos que no podían tener y que les daba pena tirar, vamos que ahora no sé donde meter tantas cosas.
—¿Qué piezas destacarías de tu colección?— Entonces se para un momento para pensar.
—Puf, no sabría decirte, Juanlu. Por ejemplo la bicicleta del Cáncano, el Cabrero, con la que repartía la leche, esa la puse en la última exposición. O el primer grifo de cerveza que llegó a Torremolinos, que era del Falso, estaba en Casa Paco, frente al bar la Fuente de toa la vida. Es un grifo enterito de cobre. En aquella época solo se instaló otro grifo en la Higuera. Vamos, que se pusieron en las dos casas de comida que había en el Calvario.
—¿Algo más que sea especial?
—Es que hay tantas cosas… también tengo un peso de madera que me dio el Pollón, uno de esos que usaban los carboneros con la romana arriba, una pasada. Yo no me creí que me lo fuera a regalar. Ah, y dos arados de hierro, de los grandes, que me dio Cristóbal del Cid, que para mí no tienen precio.
—¿Y qué me cuentas de la romana que trajiste para la foto?
—Esa me la regaló Pepe Mateo— dice cambiando el tono— de la Cañá Los Cardos, una de las mejores personas que he conocido. Pepe era fabuloso, todo el que lo conocía lo quería y yo le tenía mucho aprecio, y sentí mucho su muerte.— veo que su expresión se torna más grave cuando lo recuerda y dejamos que transcurran unos segundos antes de continuar— Aunque yo ya lo conocía de antes, empecé a tratarlo mucho más a resultas de que Pedro Fernández. Montes quería la rotonda de la feria maqueada y se la encargó a él. Yo le aconsejé cómo poner el césped, porque Pepe sabía mucho de huertos y de herramientas, pero lo del césped a mi se me daba mejor y le dije: Si quieres vamos a hacer la rotonda más molona de Torremolinos, y el hombre me hizo caso a pesar de que algunos lo criticaban. Tuvo que levantarlo todo para poner las lamas que le llevé. Los conocidos cuando veían como había desmantelado la rotonda le arreaban: que si no iba a poder recuperar el césped, que si no veas lo que había hecho… en fin. Pero al final, a los quince días el césped creció y se acabó poniendo precioso. Vamos que el alcalde quiso poner igual todas las rotondas del pueblo. —Se ríe recordándolo— a partir de ahí nos cogimos mucho cariño, y solíamos hablar de cosas antiguas, de las que me gustaban a mí, ya sabes. Y un día, cuando se jubiló, lo vi venir con una bolsa negra y una pesa en la mano, yo sabía que tenía que ser una romana, y va me dice: “tengo una cosa para ti, mira”, y me la enseñó. Se la he pedido a mi primo el Boliche, y esta es pa ti. Fue de mi abuelo, de mi padre y luego mía, y ahora es tuya. —Joseillo no puede evitar emocionarse al recordarlo— Mira, con la amistad que yo tenía con él, esa romana no la pierdo yo por ná de mundo Juanlu, por ná.
—¿Y recuerdas alguna anécdota relacionada con tu colección de trastos?— le digo sonriendo y cambiando de tema
—Un día me llamó un compañero de Samset para coger algunas cosillas del chalet que iban a demoler, creo que de su suegro. Y entre otras cosas había dos lebrillos, de esos de barro macizo, uno de ellos era así Juanlu— y abre los brazos para mostrarme el tamaño— no veas como pesaba, más que un muerto. Pues me lo traje en el quark.
—¿Lo subiste al quark?
—Digo, no lo iba a traer a hombros— dice lleno de razón— el quark iba que no podía ni coger las curvas, porque la rueda d´alante se me levantaba y yo tenía que ir frenando. No se me olvida, no veas, es que llevaba mucho miedo. Escucha, pero no de caerme yo, sino de que se me cayera el lebrillo que llevaba atrás —yo no paro de reír ante la expresividad y la cara de asombro que pone mientras me explica como se llevaba el lebrillo. Sí, tú ríete mamón, pero no veas que mal lo pasé.

—¿Puedes tener más de trescientas piezas en tu colección?— pregunto ignorante de mí. Entonces sonríe mostrándome con su mirada que no tengo ni idea de lo que le pregunto.
—¿Más de trescientas dices? ¡Y más de tres mil, digo!
Este ha sido Joseillo, un personaje de Hijos de Nuestro Pueblo, por méritos propios. Porque está empeñado en conservar la Historia Chica de Torremolinos, esa que se esconde en viejos objetos que otros desechan y viejas fotos con historia olvidadas en los cajones de las casas.
Yo ya sabía que Joseillo es un tipo desprendido y cordial, aspectos estos de su personalidad que se agazapan tras una sincera humildad. Pero lo que me ha sorprendido de él ha sido descubrir su enorme sensibilidad, capaz de emocionarse con un recuerdo y valorar cualquier objeto del pasado que venga hipotecado con una historia o con los recuerdos de aquellas personas a las que pertenecieron.
Por mi parte, me enorgullece la confianza que ha depositado en mi. De hecho, cuando lo llamé para preguntarle si podía venir al estudio, sin dudarlo me respondió que sí. Entonces le dije: —pero si no sabes para qué es.— A lo que respondió con rapidez: Si tú me llamas, yo voy donde sea.
Joseillo, un Hijo de Nuestro Pueblo y, lo más importante, una buena persona que esconde una impresionante alma bondadosa.

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