Del ratón a los huevos.

Trabajar de cara el público tiene sus inconvenientes, eso está claro, pero debo de reconocer que también tiene algunas recompensas con las que no dejo de sorprenderme cada día, y me explico:
No hace mucho, llegó un cliente para hacerse una foto de carnet, yo apenas tardo cinco minutos en editarla e imprimirla pero, a pesar de ello, el hombre me dijo que le apetecía tomarse un café, y que si me importaba que se acercase a la pastelería de al lado, al Polichinela, mientras yo preparaba su foto.
—Sin problema— le dije
—Gracias, entonces vuelvo en un ratito— respondió él mientras me mostraba una sonrisa amable.
Efectivamente, un rato más tarde, cuya duración no puedo precisar, regresó como había prometido, pero con un pastel envuelto en el papel de la confitería en la mano y una sonrisa de oreja a oreja.
—Son tan bonitos que no he podido evitar traerle uno— y me lo entregó como regalo mientras sonreía. Aclaro, por si existe alguna duda, que era la primera vez que nos veíamos.
Luego descubrí que el pastel en cuestión era un ratón de chocolate, cuya forma se veía acabada con esmero. Yo se lo agradecí sorprendido, sin mencionarle que no puedo comer dulces, lo consideré inapropiado y descortés, así que lo metí en la nevera para llevárselo más tarde a mi mujer quien, por cierto, me confesó que estaba exquisito. (Aplauso para los de Polichinela y agradecimiento al amable y educado cliente desconocido.)
Luego de eso, el pasado miércoles, estuve charlando con una clienta colombiana sobre las similitudes y diferencias gastronómicas entre su país y España. Ella había encargado un montón de fotocopias, y mientras se imprimían entablamos una amena conversación culinaria. Que si en Galicia se come tal cosa, que si en Andalucía esta otra, que si la Paella… y la clienta me respondía enumerando las peculiaridades de la cocina de su Colombia natal, que por cierto, y dicho sea de paso, tienen también un montón de platos interesantes que no descarto probar algún día. Me habló del Sancocho, el Ajiaco con sus tres tipos de papas, el Mondongo… El caso es que, el pasado viernes, la buena señora se me presentó con una especie tortillas de maíz, algo parecido a los tacos mexicanos, pero más grandes.
—Se llaman arepas— Me reveló mientras sonreía. Había dos, y ambas contenían distinto relleno. Las trajo guardadas con esmero en una fiambrera, entre servilletas de papel. Venía ilusionada con que las probara, que ya vería como me iban a gustar. Y no se equivocó, lo cierto es que estaban riquísimas, y la tienda se me quedó con más olor a cocina que la de mi vecina de la pollería, Akí Mismo, que la tengo a veinte metros. Por mi parte sé que fui poco profesional al comérmelas en el lugar de trabajo, pero no pude resistirme. Y que ricas estaban.
Pues resulta que el lunes se presentó una clienta de avanzada edad, que suele traerme viejas fotos familiares para restaurar. Acostumbra a contarme anécdotas de su juventud, de una España diferente y de las carencias que sufrió en su mocedad, mucho más básicas que las que padecemos actualmente. La señora, a pesar de su avanzada edad y a la que llamaré Remedios, goza de una agilidad mental envidiable y sabe narrar sus recuerdos como si de cuentos se tratasen. El caso es que yo le correspondí contándole la anécdota de días antes con la clienta colombiana, a la que llamaré María. La cosa quedó ahí, pero heme aquí que el miércoles, la buena señora se me presentó con una docena de croquetas aún calientes.
—Pero Remedios, ¿que me trae aquí?— le dije cuando me ofreció el táper poniéndolo en el mostrador.
—Toma, no sea que me muera y te quedes sin probarlas.— me dijo mostrando un gesto de falsa gravedad.
Cuando abrí la fiambrera y vi las croquetas, me quedé más sorprendido que un vampiro ante una morcilla. El olor me transportó a otra época. Me trajo, súbitamente, imágenes de un pasado añejo, casi en blanco y negro y recuerdos de gruesos lazos familiares y de seres queridos que ya no están. Aquellas croquetas escalaron a la altura de las de mi abuela, que para mí son el cum laude de las croquetas y a mí, la forma y aroma de tales delicias culinarias, me conmovieron sobremanera. Decir que estaban ricas sería quedarme corto, porque lo cierto es que agitaron todos mis sentidos y empañaron mis ojos que se mojaron de nostalgia..
Y hoy, el marido de otra clienta, que tiene gallinas, se me presentó con una docena de huevos de corral. Y es que, un par de semanas antes, mantuve una conversación con su esposa sobre las comidas de antes, de la calidad de los productos de antaño respecto a los empaquetados de los supermercados actuales. Una cosa trajo a la otra y yo le comenté lo buenos que estaban los huevos del pueblo. Así que ella, sin decirme nada, le pidió al marido que recolectase huevos de sus gallinas hasta juntar una docena.
Los huevos son heterogéneos, distintos en tamaño y en color, porque provienen de gallinas diferentes, pero la densidad de la clara y el sabor de las yemas… en fin que entre un huevo de esos y los habituales del super, sobran las comparaciones. Y como hacía tiempo que deseaba hacer algo así, llegando a casa me preparé un bocata de huevos fritos y pimientos que me supo a gloria.
Pero ahora se me presenta un dilema: no sé si seguir hablando de gastronomía con mis clientes, y dejar que me ceben, o continuar haciendo fotos calladito y tratar de mantener el tipo, dentro de lo posible.
Nota: La gente es la leche.

Demeli Rohu, 25 de mayo de 2025

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