El adiós de Benita

Recuerdo que el último día que la vi, sus ojos reflejaban la misma tristeza que venía arrastrando desde que la conocí aquella primera mañana que entró en mi tienda, siete o quizás ocho años atrás. Proyectaba una mirada serena, pero incapaz de disimular el dolor acumulado de años bien en su alma, bien en el enorme arcón donde debía amontonar todos sus recuerdos. Así y todo, nunca manifestó ni un ápice de odio por quienes se cruzaron en su vida para despeñarla por una ladera de espinos. Tampoco la oí jamás maldecir al destino por haberla reconducido por bifurcaciones de la vida que la obligaron a cruzar por los más dolorosos valles.
Digamos que se llamaba Benita. Nunca olvidaré el día que se paró en la puerta de mi tienda para decirme que había cumplido la mayoría de edad en lustros, por lo que me ofreció una milhojas que acababa de comprar en la confitería vecina.
—Toma, te invito que es mi —Dijo mostrándome un preciosa sonrisa— Hoy cumplo dieciocho lustros y no tengo con quien celebrarlo.
Me sorprendió gratamente que se acordarse de mí, pero también me conmovió su soledad. Benita era un mujer dulce como la milhojas que traía, y sencilla como un vaso de agua cristalina al trasluz de una ventana y, a pesar de ello, se veía sola el día de su cumpleaños.
—La verdad es que hace mucho que no lo celebro, pero hoy pasé por la Polichinela y me acordé de ti.— Me dijo quitando importancia a lo de la milhojas.
Sí, Benita era muy mayor, pero su lucidez la conservaba intacta y eso yo sé que la hacía sufrir, pues le permitía ver la cruda realidad que, sin paliativos, la rodeaba.
Su voz apagada, sus ojos tristes y su lentitud de movimientos, sobretodo al caminar, mostraban una imagen errónea de ella, porque jamás esquivó al sentido del humor y era capaz de captar las bromas al vuelo, del mismo modo que te las devolvía llegado el caso, y con sobrada agilidad mental. Decía no creer en Dios, pero llevaba colgada del cuello una medalla de su Cautivo, al que acudía en momentos de debilidad, convencida de que le ayudaba.
Una de las veces que vino con viejas fotos para restaurar, me contó algunos pasajes de su historia que me sorprendieron.
—Mira Juan— Me llamaba Juan a pesar de mi insistencia a me llamase Juanlu— yo he trabajado desde muy niña. En el pueblo, ya con siete u ocho años, ayudaba a mi madre en la faena de la casa y a mi padre con los animales. Porque cuando mi madre murió, teniendo yo once años, las labores de la casa las tuve que sacar adelante, además de cuidar a mis hermanas. Yo no he tenido niñez, Juan, nunca jugué a las casitas como hacían mis dos hermanas, yo tenía una casa que sacar adelante.
Ésta, y otras historias parecidas que me contaba con cada una de sus visitas, me ayudaron a que le diera forma a lo que debió haber sido su vida. Nada fácil, por cierto.

Aquél día volvió para encargarme otro de su trabajillos. Esta vez me trajo un viejo retrato de su marido vestido con uniforme militar. La foto, de bordes dentados, presentaba el color sepia característico de las fotografías antiguas. Estaba muy agrietada y desgastada, probablemente por habitar durante años en el angosto espacio de una cartera. Su intención era jubilarla y sustituirla por la copia restaurada para colocarla junto a las dos de sus hijos, fallecidos también: uno en un accidente de trabajo a la edad de cuarenta años y el otro por una enfermedad que se lo llevó siendo aún adolescente.
—El dolor de perder a un hijo no se va nunca, por mucho tiempo que pase.— Me repitió en más de una ocasión.
Según me contó, las fotos de ellos, junto a la del Cautivo, las tenía colocadas sobre una pequeña cómoda de su dormitorio a modo de santuario, con una mariposa encendida por cada uno de sus seres queridos, entre los que se encuentra una tal Leonor, a la que ha mencionado varias veces pero sin llegarme a explicar quien había sido aquella mujer para merecer ocupar un espacio tan especial entre su familia.
Sus hijos fallecieron antes que su marido, y más de una vez me contaba el consuelo que encontraba al tenerlo cerca, por eso, cuando murió diez años atrás, la soledad se le hizo más patente que nunca cayéndole encima como una pesada losa.
—Mira, el dolor por la muerte de un hijo es insuperable, y cuando se te van los dos que tienes, te quieres morir. Pero al menos tenía a mi Paco, que me ayudaba muchísimo. Yo sabía que él sufría lo mismo que yo, pero era el salvavidas al que yo me agarraba, porque siempre parecía tener más presencia de ánimo que una. Pero el dolor lo acabó devorando por dentro, sin que me diese muestra de ello, y finalmente yo sé que no lo soportó más y se acabó dejando ir también. Ese día me di cuenta lo sola que estaba y mi vida entró en un túnel negro del que no veía la salida.
Benita tenía dos hermanas más pequeñas que, por lo que me contaba, ejercían de hermanastras con ella, tal y como lo harían las de la Cenicienta; con desprecio absoluto y miradas aviesas. La anciana me contó, supongo que a modo de desahogo, algunos pasajes de la relación fraternal con ellas, que estoy convencido que ensombrecerían la novela “Al este del Edén”, de John Steinbeck.
Sus hermanas jamás se preocuparon por ella, ni siquiera cuando estuvo hospitalizada más de dos meses por una infección de estómago, que la dejó a pique de un repique. Tampoco durante su convalecencia tuvieron la decencia de pasar a verla ni una sola vez, debiendo que ser los vecinos quienes se ocuparan de atenderla por pura misericordia, y esto a ella le dolía.
—Con lo que he hecho por ellas, Juan. Y mira el pago que me dan.
Yo ignoraba el motivo por el que su única familia le guardaba tanta inquina. Y el día que me trajo la foto agrietada de su marido, me lo contó.
—Todo es por culpa del puñetero dinero.
—No me diga que le robaste a tus hermanas— Bromeo para quitar un poco de hierro al asunto.
—Aquí el único que roba eres tú, bribón. Que te aprovechas de que soy una pobre vieja— Me dice también bromeando.
—¡Oiga! Que de aquí puede que salga estafada… pero contenta.—Continúo con la broma.
—Ah, eso sí.
—Pues no nos quejemos, Benita, no nos quejemos.—Me mira con sus ojos tristes de los que, a pesar de todo, escapa un destello de luz, y continua.
—Tú no sabes lo malo que es el dinero, hijo.
—Depende, no siempre es tan malo, mujer.—Ironizo
—Llevas razón, no se puede categorizar como un mal absoluto, pero sirve de medio para retorcer las relaciones humanas provocando consecuencias terribles.— Su forma de expresarse me sorprende.
—Supongo que será una herramienta como el cuchillo; que se puede usar tanto para cortar la carne como para matar al vecino.
—Sí, pero en el caso del cuchillo, éste no modifica la personalidad de quien lo posee, el dinero en cambio es capaz de retorcer nuestra forma de ver el mundo. Y no te hablo solo de quien lo tiene, sino también de quien carece de él pero lo desea.
—Me estoy perdiendo— Le confieso un tanto confundido sin saber qué me quiere decir.
—Pues la cosa es fácil. Ya te he hablado de Leonor ¿verdad?
—Sí, la ha mencionado alguna vez.
—Leonor era una tía de mi madre. Cuando aún vivía en el pueblo, siendo yo aún una niña, solía pasar a menudo por casa, porque siempre tuvieron muy buena relación, de modo que cuando mi madre falleció, no dejó de visitarnos. Pero las fuerzas le fueron fallando con el paso de los años, y yo me encargué de cuidarla. Incluso se quedó a vivir en casa cuando ya no pudo quedarse sola. No tuvo hijos ni marido, y los pocos familiares que tenía le dieron la espalda una vez enfermó. Nadie quiere viejos enfermos cerca, Juan, eso es una realidad.
Finalmente murió en mi casa, de hecho lo hizo en mis brazos. Y ahí quedó todo, hasta que un día me enteré que me había dejado todo lo que tenía: un dinero en el banco, la casa en el pueblo con sus tierras y una finca heredada de sus padres que no valían nada, hasta que se recalificaron y su precio se multiplicó.
—Vaya pelotazo.
—Más de lo que piensas. Pero yo de todo eso no sabía nada. Ni yo, ni nadie. Hasta que se hizo público. Mis hermanas entonces me reprocharon que no repartiese la herencia, que según ellas era de todas. Pero yo no lo veía así, darles ese dinero sería como traicionar a la tía Leonor, que no recibió de ellas más que desprecio, y ella se había tomado la molestia de hacer un testamento nombrándome como única beneficiaria. Así y todo yo ayudé con la universidad a mis sobrinas, les pagué matriculas, libros, viajes, etc. Pero mis hermanas les acabaron transmitiendo ese odio tanto a ellas como a mis cuñados, que desde hace años me han hecho el vacío y ni me miran. Antes de la muerte de mi Paco lo sobrellevaba más o menos bien, pero desde que él se fue soy consciente de lo sola que estoy.
—Uf, estos asuntos de familia suelen ser complicados.
—Ya lo creo. Pero a mí el dinero no me importa, te lo digo de verdad. Me llega de sobra con la pensión de mi Paco. Yo no necesito más, Juan. Pero no veo justo que lo tengan ellas.
—Bueno, al menos te da la tranquilidad de que, llegado el caso de necesitarlo, ahí lo tienes.
—¿Qué voy a necesitar, ni necesitar yo a mi edad? El piso donde vivo está pagado y la pensión me llega para vivir. Todo lo demás es superfluo.
La forma de expresarse, su fluidez y agilidad mental no dejaban de sorprenderme. Un día me enteré de que había sido maestra de escuela, y que ya de mayor había estudiado filosofía por el mero placer de aprender: aquella mujer, definitivamente, era como una caja de sorpresas.
Luego pasó el tiempo y no la volví a ver. Hasta que un día me llegó a la tienda una señora, mayor también. Traía un sobre de Benita que me entregó en mano. Cuando lo abrí me quedé tristemente sorprendido. Me decía que le entregase a la mujer las últimas fotos que dejó meses atrás para restaurar y, entre otras cosas, me pedía disculpas por no venir a recogerlas:

“… pero es que mi Paco ha venido a buscarme y me voy a tener que ir más pronto que tarde. Dale las fotos a Julia y recibe un fuerte abrazo de mi parte.

Gracias por todo Juanlu, con cariño Benita”


Julia me contó que la buena de Benita dejó rabiando a sus hermanas y sobrinas, que lo donó todo, aún en vida, a una asociación que investiga sobre el cáncer (enfermedad de la que fallecieron tanto su hijo adolescente como su marido) y que a las dos familias que la habían atendido les dejó un dinero de ayuda para seguir adelante.
—Benita era una buena mujer— Me dijo Julia mientras recogía las últimas fotos que me encargó.
—Pues sí.— Dije yo conmovido.
Me pregunto cómo qué cara se les quedaría a las hermanas cuando supieron que, después de tanto esperar la muerte de Benita para heredar, no iban a recibir nada.
Jodida vida esta.

3 respuestas

  1. Bonita, un poco triste, la soledad es triste, lo bueno es que tuvo fuerza para poner en su sitio a las q ponen primero al dinero q a la familia.

  2. Avatar de Jose Juan Ferrer Duque
    Jose Juan Ferrer Duque

    Colosal relato tan veraz como la misma vida. Hay muchas Benitas que viven y mueren sin que nadie se aperciba. Al menos está dejó huella gracias a ti por tu buen hacer y sensibilidad
    Gracias

  3. Me ha conmovido la historia Juanlu. Será que me ha tocado muy de cerca. Gracias por mandarme la historia para leerla

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