Corría el año 1979, tal día como hoy en un pequeño bar de la Nogalera cuyo nombre hacía referencia a una extraña flor de origen Austriaco; el Edelveiss, dos jóvenes ponían las bases de lo que sería una ruptura dolorosa e irreparable. Recuerdo el tono plomizo de aquel cielo de febrero de hace treinta y ocho años y las pupilas de unos ojos con los que crucé largas miradas de verde avellana.
Dos batidos de frutas se aburrían somnolientes sobre la minúscula mesa de gruesa madera, que apenas si conseguía separar nuestros cuerpos. El calor de nuestros alientos se entrecruzaba, como tratando de anudar el aire que expelíamos para sellar una unión que ya era imposible. Los minutos se caían de nuestros relojes, y Chronos se hizo tan imperceptible, que su efecto sobre nosotros se congeló en un eterno lapso que durará hasta el fin de mis días.
Éramos apenas unos niños atesorando un sentimiento adulto; quizá por eso ambos pudimos sentir cómo se desgarraba el espacio en torno a nosotros, quizá por eso ambos fuimos conscientes de cómo se desmoronaba nuestro mundo construido de papel. Yo sentía que no iba a haber un mañana. Aquél mundo ideal, de ilusiones juveniles; de castillos y altas almenas que la lluvia de aquel mismo día, indolente y apática, se llevó por delante sin apenas dejar de bostezar de indiferencia. Qué solos estábamos ante el mundo hostil. Hoy aún puedo sentir el frío de aquella tarde perlada, oír la furiosa lluvia y los roncos truenos que sonaban sobre nuestras cabezas como profecías de lo que sería el futuro de nuestra relación.
Pero sobre todo, jamás olvidaré aquella vieja canción que sonaba pugnando con el sonido de la lluvia al estrellarse con el suelo. La voz rasgada y lejana de Murray Head se quedaría grabada para siempre en mi inventario virtual y, su canción Say It Ain’t So Joe, que aún perdura en mi memoria como intangible conexión con aquél lejano pasado.
Hoy deseo compartir aquella vieja canción con quien quiera oírla.
Demeli Rohu 19 de febrero de 2017

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