La fotografía y el tiempo

Mientras reviso los gruesos álbumes de negativos, testigos gráficos de la memoria de tiempos pasados, de instantes que presencié a través del objetivo de mi cámara, pero que no viví por estar centrado en capturar las escenas en el celuloide; me conmuevo al evocar momentos que, en mi afán por atrapar una fracción de tiempo, me fueron ajenos y distantes, por pretender proyectar un instante a un futuro lejano.
Me siento como el niño que ve nadar peces en un estanque y apenas moja sus dedos en el agua que los cubre, de manera que la ausencia de experiencia se evidencia como infinita. Y de repente, entre las tiras de celuloides, encuentro una vieja fotografía, desteñida y mancillada por el correr de Cronos. La foto muestra el instante de un acto que un día fue relevante, revestido de aplausos, gritos y luces de colores, pero que hoy nadie recuerda. Los protagonistas muestran, sin pudor y con orgullo manifiesto, la felicidad que su logro les provoca. Visten de gala, y el más sonriente, muestra un trofeo dorado que brilla por los focos que lo iluminan.
Los flashes centellearon y mi obturador parpadeó con manifiesta rapidez, capturando aquél fugaz instante que robé a despecho del tiempo entre aromas de perfume y gritos de victoria.
Hoy, los huesos de aquellos protagonistas, yacen confundidos con la tierra que los acoge, y el trofeo permanece olvidado en el desván de alguna casa vacía envuelto en un silencio sepulcral y en olores a moho y naftalina.
Solo la imagen impresa en la vieja película, de la mano de esa alquimia que es la fotografía, me revive aquella realidad efímera cuya realidad se fugó con el tiempo.

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